Hielo en Llamas

20. Lo que empieza a doler de verdad

La rutina se vuelve extraña demasiado rápido. No hay reglas escritas, pero ambos los sienten. Evitar estar demasiado cerca. No hablar de lo que pasó. No cruzar ciertas líneas… aunque ya lo hayan hecho.Zoé baja las escaleras y lo encuentra en la cocina. Adrián está apoyado contra la encimera, con una taza en la mano, como si hubiera estado ahí desde hace rato.

—No sabía si hacías café tan temprano —cometa él, sin mirarla directamente.

—No siempre. —el ambiente cambia a uno incómodo ,cargado. Zoé se acerca, intentando parecer normal. Como si nada hubiera cambiado. Pero todo cambió.

—Dormiste bien —pregunta, más por llenar el espacio que por otra cosa. Adrián suelta una risa baja.

—Lo intenté.

Eso es suficiente para entender. Zoé asiente, tomando una taza. Sus manos se rozan apenas. Porque incluso ese mínimo contacto… se siente demasiado. Ambos se separan al instante.

—Esto no está funcionando —dice Adrián, más bajo. Zoé no lo mira.

—¿Qué parte?

—Toda.

—Entonces vete.

Las palabras salen más frías de lo que ella esperaba. Adrián levanta la mirada.

—¿Eso quieres? —Zoé duda. Solo un segundo.

—No.

—Pero tampoco puedo seguir así —añade , luego—. Fingiendo que no pasa nada. —Adrián deja la taza sobre la mesa.

—Nunca dijimos que iba a ser fácil.

—No, pero tampoco imposible.

—No sé cómo hacer esto bien —dice él finalmente. La honestidad la desarma un poco.

—Tal vez no hay forma de hacerlo bien. Adrián la mira.

—Entonces estamos condenados. —Zoé intenta sonreír. No lo logra del todo.

—Tal vez.

Pero ninguno se mueve. Ninguno se aleja. Es algo que no puede detener. Los sentimientos corren demasiado rápido, que no supieron cuando o como fluyó.

La calma dura poco. Demasiado poco. El sonido de la puerta principal rompe el momento. Sin embargo cada uno carga con sus emociones.

Zoé se gira de inmediato. Su padre no está en casa. No debería haber nadie más. Pero sí lo hay. Adrián se tensa antes de siquiera verlo. No necesita hacerlo. Ya sabe quién es.

—Sabía que te encontraría aquí. —la voz es fría ,precisa. Su padre. Zoé se queda quieta.

—¿Quién es él? — pregunta Zoé en un susurro silencio hacia Adrián . El hombre no apartar la mirada de Adrián. Adrián da un paso al frente.

—Ella nada , tiene que ver con esto. — le dijo para que no implique en Zoé.

—Claro que tiene que ver —responde el hombre—. Estás en su casa. Eso ya la involucra.— el aire se vuelve pesado.

—¿Qué quiere? —pregunta Zoé, firme. Él la mira apenas.

—Llevarme a mi hijo. —Silencio.

—No soy un objeto —responde Adrián.

—Te comportas como uno —replica su padre—. Moviéndote sin pensar, sin dirección. —Adrián aprieta la mandíbula.

—No voy a volver.

—No te estoy dando una opción.

Zoé interviene al ver que el señor Volkov no se dará por vencido. —Él decidió quedarse, Señor...

—No te metas —dice el hombre, sin mirarla siquiera. Eso es suficiente para que Zoé se tense.

—Está en mi casa. Sí puedo. — arremete, ya enojada . Adrián la mira, sorprendido. Su padre también. Pero no con agrado.

—No sabes en lo que te estás metiendo —dice él, ahora sí mirándola.

—Tal vez sí.

—No —responde—. No lo sabes. Porque si lo supieras… no lo estarías defendiendo.

El comentario tiene doble filo. Zoé no retrocede.

—No necesito saber todo para saber que no tiene a dónde ir. —el hombre suelta una risa seca.

—Siempre encuentra a alguien que lo salve.—Adrián reacciona.

—No metas a otras personas en esto.

—¿Por qué no? —responde su padre—. Parece que es lo único que sabes hacer.

El silencio es incómodo.

—Nos vamos —dice finalmente el hombre.

—No —responde Adrián. Firme. Sin dudar. El aire se rompe.

—No voy a repetirlo.

—Entonces no lo hagas.—Su padre lo observa unos segundos más. Luego a Zoé.

—Esto no va a terminar bien. —y se gira. Se va. Sin mirar atrás. La puerta se cierra. Y el silencio que queda… pesa más que cualquier grito.

Zoé no se mueve de inmediato. Adrián tampoco. El aire está cargado. Demasiado.

—Lo siento —dice él finalmente. Zoé frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Por esto —responde—. Por meterte en algo que no te corresponde. —Zoé niega.

—No decidiste eso tú.

—Pero lo provoqué...

—No —lo corta —. Yo elegí quedarme.

—Eso es lo que me preocupa. —Adrián baja la mirada un segundo. —No quiero que te arrepientas. —Zoé lo observa.

—No me arrepiento.

—Todavía no. —el comentario queda suspendido.

—¿Y tú? —pregunta ella—. ¿Te arrepientes?.— Adrián la mira. Y la respuesta está en sus ojos antes de decirla.

—No.

Ese “no" hace que el ambiente sea más íntimo. Más peligroso.

—Entonces deja de actuar como si esto fuera un error —dice Zoé. Adrián da un paso más cerca. —Porque no sé cuánto puedo sostenerlo sin romperlo. —Zoé traga saliva.

—Entonces no lo sostengas solo.

Esa noche, Zoé no puede dormir. Demasiadas cosas. Demasiadas emociones. Se levanta, camina por la casa en silencio. Y entonces lo ve. La mochila de Adrián. Abierta. No debería mirar. Lo sabe. Pero lo hace. Dentro hay pocas cosas. Ropa. Un par de objetos personales. Y algo más. Un sobre. Zoé duda un segundo. Luego lo toma. Lo abre. Y lo que encuentra… le corta la respiración. Una carta. Escrita a mano. “Si estás leyendo esto, es porque no tuve el valor de decírtelo en persona…” Zoé siente el pulso acelerarse. La firma al final lo confirma todo. Alina. El mundo parece detenerse.

Regreso con otro dos capítulos más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.