Hielo en Llamas

23. Lo que empieza a romperse de verdad

El silencio entre Zoé y Mateo no es normal. No es de esos que el tiempo termina por llenar; es distinto. Más frío. Más distante. Y eso… pesa.

Zoé lo siente a lo largo del día: en el teléfono que no vibra, en los mensajes que jamás llegan, en esa ausencia que antes no existía. Mateo no aparece. No escribe. No insiste. Y ese vacío duele más de lo que debería, porque es un síntoma. Significa que esta vez va en serio.

Ella intenta ignorarlo. De verdad lo intenta. Pero es imposible cuando, además de eso, todo lo demás se desmorona a su alrededor. El equipo. Adrián. Su propia casa. Su vida entera parece moverse en direcciones opuestas y ella se encuentra atrapada justo en el centro.

Cuando llega al rink, no espera nada, no después de lo que pasó. Pero entra de todos modos; una parte de ella se niega a soltar el hilo. No todavía.

El ambiente vuelve a sentirse diferente, aunque no como antes. Esta vez no hay murmullos ni una tensión evidente. Hay algo peor: indiferencia. Nadie la saluda, nadie la mira a los ojos. Es como si ya no formara parte de ese lugar. Como si nunca lo hubiera hecho. El impacto es silencioso, pero demoledor.

Aun así, Zoé avanza, hasta que una voz la frena en seco.

—No deberías estar aquí.

Daniel Torres. Firme y directo. Zoé lo encaró.

—Solo vine a hablar con el entrenador.

Daniel negó levemente con la cabeza.

—No va a cambiar nada.

—Eso no lo decides tú.

Él la observó durante unos segundos, midiendo sus palabras.

—No. Pero sí veo lo que está pasando. —Hizo una pausa antes de añadir—: Esto ya no es solo un problema personal. Está afectando a todos.

Zoé apretó la mandíbula, conteniendo la frustración.

—No era mi intención.

—Nunca lo es —replicó él. El comentario fue seco, desprovisto de crueldad, pero cargado de una cruda realidad—. Pero pasa igual.

Un peso denso se instaló entre los dos.

—No quiero perder esto —admitió Zoé en un hilo de voz.

Daniel la miró y, por un instante, su coraza pareció ceder un poco.

—Entonces debiste pensar en eso antes.

Las palabras calaron hondo porque eran ciertas. Antes de que Zoé pudiera replicar, el entrenador apareció al final del pasillo.

—Ríos.

Su voz sonó grave, severa. Zoé se giró de inmediato.

—Quería hablar con usted.

Él asintió, manteniendo una expresión imperturbable.

—Yo también.

El aire se volvió aún más denso cuando entraron en el despacho.

—He estado revisando la situación —comenzó el entrenador—. Y no voy a mantenerte fuera del equipo permanentemente.

El corazón de Zoé dio un vuelco.

—¿Entonces…?

—Pero —interrumpió él— hay condiciones.

El jarro de agua fría llegó antes de que la esperanza pudiera asentarse.

—¿Qué tipo de condiciones?

—Distancia —la palabra cayó con la fuerza de un veredicto—. No puedes entrenar ni jugar con Volkov.

Una quietud absoluta inundó la habitación.

—¿Qué?

—Si quieres volver, lo haces sola —añadió el entrenador—. Sin distracciones. Sin problemas externos. Sin él.

A Zoé se le cortó la respiración por un segundo.

—Eso no es justo.

—No es una negociación —el tono del hombre fue definitivo—. Es eso… o nada.

Zoé se quedó inmóvil, procesando el ultimátum, sintiendo cómo el mundo se le venía encima.

—Piénsalo —concluyó el entrenador—. Tienes hasta mañana.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándola sola con una decisión imposible entre las manos.

Zoé no regresó a casa de inmediato. No podía. Necesitaba despejar la mente, así que caminó sin un rumbo fijo, intentando ordenar el caos de sus pensamientos. Sin embargo, no había una salida fácil. Todo apuntaba al mismo destino, a la misma elección. A él.

Cuando finalmente entró en la casa, el ambiente era sepulcral. Adrián estaba en la sala, sentado, con la mirada perdida en la nada. Levantó los ojos en cuanto la escuchó llegar.

—¿Dónde estabas?

Zoé dejó su bolso sobre la mesa, agotada.

—En el rink.

Aquello provocó un sutil cambio en el rostro de él.

—¿Para qué?

Ella dudó un instante antes de soltarlo.

—Me ofrecieron volver.

Adrián se tensó.

—¿And?

Zoé tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—Con una condición.

La atmósfera se volvió asfixiante.

—¿Cuál?

Ella lo miró fijamente. Verbalizarlo dolía más de lo que había imaginado.

—Que me aleje de ti.

Un silencio rotundo cayó sobre la sala. Adrián no respondió de inmediato, pero la fijeza de su mirada lo dijo todo.

—Tiene sentido —pronunció al fin.

La respuesta la descolocó por completo.

—¿Qué?

—Que te lo pidan —insistió él, con una calma que resultaba aterradora—. Yo soy el problema.

—No digas eso.

—Es la verdad, Zoé —el tono de Adrián era extrañamente pausado—. Te están dando una salida.

—No lo siento como una salida.

—Pero lo es —reiteró él, dándole un paso al frente—. Puedes recuperar lo que perdiste. El equipo, tu lugar… todo.

—¿Y qué pasa contigo?

La pregunta lo frenó en seco. Adrián desvió la mirada por un instante.

—Yo no soy algo que debas recuperar.

La crudeza del comentario la golpeó en el pecho.

—Tampoco eres algo que quiera perder.

La tensión entre los dos se volvió casi tangible.

—Zoé…

—No —lo interrumpió ella, dando un paso hacia él—. No hagas esto fácil.

—No es fácil —replicó él, sosteniéndole la mirada—. Pero es lo correcto.

Aquello terminó por encender la rabia en Zoé.

—¿Correcto para quién?

—Para ti.

—Tú no decides eso.

—Alguien tiene que hacerlo —soltó Adrián—. Porque tú no lo estás haciendo.

El reproche fue directo al blanco. Zoé retrocedió un paso, herida.

—No puedes decidir por mí otra vez.

Adrián la observó y, de repente, el peso del pasado se materializó entre ellos. La misma historia repitiéndose.




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