Hielo en Llamas

24. Lo que eliges...te define

La noche se vuelve eterna. Zoé no duerme; es imposible. Cada vez que entorna los ojos, la misma pregunta regresa a golpearle la sien, una y otra vez. El equipo o él. Su lugar en el mundo o lo que dictaba su corazón. Lo peor de todo es que no existe una opción correcta. Solo consecuencias.

Se levanta mucho antes de que despunte el alba. La casa permanece sumergida en una quietud sepulcral. Adrián sigue en el sofá, con los ojos cerrados, fingiendo dormir… o tal vez intentándolo. Zoé se queda estática, observándolo durante unos segundos en la penumbra. Intenta descifrar en qué preciso instante todo se volvió tan jodidamente caótico. Tan real. Tan imposible de esquivar.

—¿Ya lo decidiste?

La voz la sobresalta. Adrián no se ha movido ni ha abierto los ojos, pero está despierto. Siempre lo está. Zoé contiene el aire antes de responder.

—Sí.

Él se incorpora con lentitud, arrastrando el peso del cansancio. La mira de frente, sin filtros.

—¿Y bien?

La tensión en el ambiente es casi sólida. Zoé traga saliva, obligándose a mantener la postura.

—Voy a volver al equipo.

Las palabras brotan firmes, pero cargadas de un dolor invisible. Adrián no reacciona de inmediato; se limita a estudiarle el rostro.

—Bien.

Una respuesta simple. Demasiado escueta. A Zoé se le clava el desapego directo en el pecho.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—¿Qué quieres que diga, Zoé?

—No lo sé… algo. Lo que sea.

Adrián desvía la mirada un milisegundo antes de sostenerle el pulso visual.

—Es lo correcto.

—No lo siento así.

—Pero lo es —insistió él.

El aire en la sala se vuelve irrespirable.

—No quiero perder esto —admite ella, reduciendo la voz a un hilo.

—No lo estás perdiendo.

Aquello la hace tensarse por completo.

—¿Entonces qué es esto, Adrián?

Un vacío denso se interpone entre los dos.

—Un momento —responde él al fin.

El impacto es inmediato.

—No —lo rebate Zoé—. No minimices esto. No es solo un momento.

—Para ti no —concede él, con una frialdad que asusta—. Pero para mí…

La frase se queda flotando en el aire, inacabada, y esa omisión duele más que cualquier reproche.

—No puedes hacerme esto —murmura ella de dar un paso atrás.

—Sí puedo. Porque no voy a tropezar con la misma piedra otra vez.

Las palabras la atraviesan como dagas.

—No soy ella.

—Nunca he dicho que lo fueras.

—Pero actúas como si esta historia fuera a terminar igual.

Adrián aprieta la mandíbula, conteniendo la rabia o el dolor; a esas alturas ya da lo mismo.

—Porque el final puede ser idéntico.

—Entonces cámbialo —le exige Zoé, desafiante.

Él la clava con una mirada desoladora.

—Eso estoy haciendo.

Y esa confesión termina por romperla un poco por dentro. Porque su forma de cambiar las cosas consiste, precisamente, en apartarse.

—¿Esto es lo que de verdad quieres? —pregunta ella, con la voz quebrada.

Adrián vacila un instante.

—No.

—Entonces no lo hagas. No te vayas.

—Pero lo necesito.

La atmósfera se vuelve insoportable, cargada de reproches mudos.

—¿And qué pasa conmigo? —susurra Zoé.

La pregunta lo frena en seco, desarmándolo por un segundo. Pero no es suficiente para doblegar su voluntad.

—Tú necesitas algo mucho mejor que esto.

El golpe es suave, sutil, pero cala hasta los huesos.

—Tú no decides lo que es mejor para mí.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No tú.

La distancia entre ambos se ensancha en un doloroso desierto de palabras no dichas.

—Si te quedas a mi lado —advierte él, sentenciando el futuro—, lo vas a dejar todo atrás.

—Tal vez valga la pena correr el riesgo.

Eso lo desarma por completo. Sus ojos reflejan una debilidad momentánea, pero no da el brazo a torcer.

—No debería valerlo.

Y ahí está. Esa es la grieta definitiva. Lo que los separa. Lo que termina por romperlos. Zoé retrocede un paso más, rompiendo el vínculo.

—Entonces esto sí es el final.

Adrián no articula palabra, pero su rechazo mudo lo confirma. Y ese mutismo escuece más que cualquier despedida a gritos.

El rink se siente ajeno cuando Zoé regresa. Ya no es el refugio de antes y sabe que jamás volverá a serlo, pero al menos es un terreno que domina. Las miradas vuelven a converger sobre ella; ya no son dagas afiladas, pero siguen quemando.

Daniel la observa desde el centro de la pista de hielo, con los brazos cruzados.

—¿Decidiste?

Zoé asiente con la cabeza.

—Sí.

Él sostiene el contacto visual, calibrando su determinación.

—Entonces demuéstralo en el hielo.

No hay palabras de bienvenida ni concesiones emocionales. Solo una exigencia brutal. Y Zoé la abraza de buena gana, porque sabe que tiene que ganarse el derecho a estar allí.

El entrenamiento arranca. Esta vez, Zoé se desliga del mundo exterior y se enfoca. Cada zancada, cada pase, cada giro es pura precisión, un despliegue de esfuerzo absoluto. Todo lo que no pudo dar en los últimos días lo vuelca sobre la pista. Y funciona. Poco a poco, el engranaje del equipo empieza a acoplarse a su ritmo. No es perfecto, pero la dinámica cambia. Mejora.

Hasta que una voz disuelve el espejismo.

—No creí que tu regreso fuera tan sencillo.

Zoé frena y se gira. Mateo. El aire recupera esa densidad incómoda.

—No ha tenido nada de sencillo.

Él se desliza un poco más cerca.

—No es lo que parece desde fuera. —El tono de Mateo no es hostil, pero arrastra un deje de amargura.

—Tomé una decisión, Mateo.

—Sí —replica él—. Ya veo que lo hiciste.

Una pausa tensa se instala entre los dos.

—¿Estás bien? —pregunta él de repente.

La interrogante la pilla completamente desprevenida. Zoé titubea antes de mentir:

—Sí.

Mateo la escanea, buscando las costuras rotas tras su fachada de seguridad.




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