Hielo en Llamas

25. Lo que queda cuando te vas

El tiempo no lo arregla todo; solo lo desgasta, lo transforma.

Tres semanas. Ese es el abismo que ha cruzado. Veintiún días desde que Adrián se marchó y desde que Zoé tomó una decisión de la que todavía no logra descifrar el saldo. El rink ha vuelto a devorar sus horas. Los entrenamientos rígidos, el sudor, la exigencia ciega. Todo el engranaje funciona a la perfección, pero el motor se siente hueco. Falta una pieza fundamental y ella lo sabe perfectamente. No lo verbaliza, no lo demuestra en la pista, pero la ausencia la asalta en cada pausa, en cada milisegundo en que su mente se desvía más de lo permitido.

—¡Más rápido, Ríos!

La orden del entrenador la arranca de su propio bucle. Zoé asiente, muerde el laberinto de sus pensamientos y acelera. Se enfoca porque eso fue lo que eligió: avanzar. Aunque escueza, aunque la victoria esté incompleta.

Y, contra todo pronóstico, mejora. Su rendimiento en el hielo es superior al de antes; es más preciso, más milimétrico, más frío. Pero esa frialdad no es del todo una buena señal; es un escudo.

—Bien —dictamina Daniel al término de la sesión, guardando el cronómetro—. Eso es exactamente lo que necesitamos de ti.

Zoé apenas inclina la cabeza. No hay una sonrisa, no hay alivio. Solo aceptación. No sabe a qué sabe ganar, pero esto se parece demasiado a una derrota.

Mateo sigue orbitando a su alrededor. No con la insistencia de antes, pero tampoco desde la distancia. Se ha instalado en un punto medio sumamente incómodo.

—Estás patinando mejor —le dice una tarde, mientras se desatan los patines en el banquillo.

Zoé se limita a encogerse de hombros.

—Estoy enfocada.

—No es lo mismo.

Ella le sostiene la mirada, blindada.

—Es lo que me mantiene en pie ahora mismo.

Mateo asiente, aunque sus ojos reflejan que no se traga el simulacro.

—¿Y fuera de la pista?

La pregunta queda suspendida en el aire, flotando entre el olor a hielo y desinfectante. Zoé tarda en responder.

—Estoy bien.

Él la estudia durante unos segundos que se vuelven eternos.

—No tienes que fingir conmigo, Zoé.

—No lo hago.

Pero es una mentira tan transparente que ambos prefieren dejarla pasar. Una incómoda estática se interpone entre ellos.

—No has vuelto a saber de él, ¿verdad? —suelta Mateo. No hace falta que pronuncie el nombre; el fantasma de Adrián siempre llena los espacios vacíos.

Zoé niega con la cabeza.

—No.

—¿Y te gustaría?

La interrogante la pilla con la guardia baja. Zoé titubea un solo instante antes de recuperar el control.

—No importa lo que yo quiera.

Mateo exhala un suspiro pesado.

—Siempre importa, Zoé.

Esta vez, sin embargo, no insiste. No presiona el dedo en la llaga, y esa tregua casi le resulta extraña.

Adrián no regresó a su antigua casa, ni al equipo, ni a nada que tuviera el más mínimo vínculo con su pasado inmediato. El apartamento donde se refugia ahora carece de alma. Es un espacio gélido, despojado de adornos, temporal. Un reflejo exacto de sí mismo.

El hockey ha quedado en pausa, no tanto por una elección consciente, sino porque no encuentra el camino de vuelta. No después del desastre. No después de ella.

La carta de Alina permanece sobre la mesa auxiliar, siempre al alcance de la mano. Es un recordatorio constante, un ancla de reproches que no puede ignorar y que todavía no termina de descifrar del todo.

—Sigues teniendo un aspecto miserable.

La voz rompe la monotonía del encierro. Adrián levanta la vista hacia el umbral de la puerta. Viktor está allí, apoyado contra el marco con los brazos cruzados, como si el tiempo no hubiera pasado por él.

—¿Qué quieres, Viktor?

Él entra en el apartamento sin esperar a que lo inviten.

—Asegurarme de que no vas a terminar de destruirte.

Adrián suelta una carcajada seca, carente por completo de humor.

—Llegas tarde para eso.

Viktor pasea la mirada por la habitación desolada.

—No me lo parece.

—Entonces es que no estás mirando bien.

Un peso denso se instala entre los dos hombres.

—La dejaste —suelta Viktor a bocajarro.

Adrián aprieta la mandíbula, sintiendo cómo se le tensa el cuello.

—No he venido a justificarme contigo.

—Claro que sí —rebate Viktor, implacable—. Porque estás repitiendo el mismo maldito patrón.

El comentario lo hace ponerse en guardia.

—Tú no sabes una mierda de esto.

—Sé lo suficiente —sentencia Viktor, dando un paso al frente—. Sé que en cuanto algo se vuelve demasiado real para ti… sales huyendo.

El veredicto le da de lleno. Adrián guarda silencio, incapaz de formular una defensa.

—¿Te hace mejor persona actuar así? —insiste Viktor—. ¿O es solo tu forma cobarde de sentirte menos culpable?

La quietud en la sala se vuelve asfixiante, cargada de una verdad incómoda.

—No lo entiendes —murmura Adrián, con la voz ronca.

—No, no lo entiendo —admite Viktor—. Pero hay algo que sí tengo claro. —Esperó a que Adrián lo mirara a los ojos—. Ella no es Alina.

El nombre de la muerta queda flotando como una advertencia.

—No intentes camuflar esto bajo el mismo pretexto.

Adrián se traga las palabras. Una parte de su mente sabe que Viktor tiene toda la razón, y eso es lo que más escuece.

—Entonces, ¿por qué te largaste? —La pregunta final cae con el peso de una losa.

Adrián no tiene una respuesta fácil, ni para su amigo ni para sí mismo.

—Porque no quería que se repitiera la misma tragedia.

Viktor niega levemente con la cabeza, con una mezcla de lástima y frustración.

—Y en lugar de evitarlo… lo estás repitiendo de una forma mucho más lenta.

Ese golpe impacta de manera diferente. Le dolió más, porque la lógica de Viktor es aplastante. Y saberse el causante de su propio infierno es lo peor de todo.

La noche cae y, con ella, se desata la parte del día que Zoé más aborrece. Es el momento en que el ruido cesa y los recuerdos se abren paso sin pedir permiso. Las dudas, las preguntas que no tienen respuesta, el eco de lo que pudo ser.




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