El día comienza normal. Demasiado normal, y en su mundo, eso ya es una mala señal.
Zoé intenta sepultar sus pensamientos en el entrenamiento. Pases, velocidad, transiciones, precisión. Todo bajo un control milimétrico, todo medido. Sin embargo, hay una vibración extraña en el ambiente que se niega a desaparecer; una densa estática, como si el aire estuviera cargado de una tormenta que todavía no rompe a llover.
—Otra vez, Ríos.
La voz de Daniel la arranca de su propio eje. Zoé asiente, asimila el golpe y repite la jugada. Perfecta. Fría. Sin un solo margen de error.
—Bien —dictamina el entrenador al final—. Así es exactamente como debes jugar.
Ella inclina la cabeza, pero se guarda la respuesta. No se siente bien; se siente extrañamente vacía, como si estuviera ejecutando movimientos en el cuerpo de alguien más.
El entrenamiento concluye y el equipo se dispersa entre murmullos en los vestidores. Zoé recoge su equipo sin ninguna prisa; no quiere marcharse, no quiere cruzar la puerta de su casa y verse obligada a encarar el silencio de las paredes otra vez. Por eso, sale del rink mucho más tarde que los demás.
Y ahí es cuando lo ve.
Está apoyado contra la pared exterior, con las manos hundidas en los bolsillos, como si siempre hubiera pertenecido a ese rincón. Como si nunca se hubiese largado.
Adrián.
El mundo se detiene en seco. No hay ruido de la calle, no hay viento, no hay aire. Solo él. Zoé se queda petrificada a unos metros de distancia. No avanza, pero tampoco retrocede.
—No creí que te atrevieras a venir. —Su voz es la encargada de romper el hechizo.
Adrián levanta la mirada, arrastrando unos ojos cansados.
—Yo tampoco.
La pausa que se instala entre los dos es distinta a todas las anteriores. Es más densa, más real, despojada de orgullo. Zoé da un paso al frente. Luego otro, hasta recortar la distancia, deteniéndose justo antes de entrar en su espacio personal.
—¿Qué estás haciendo aquí, Adrián?
Él se incorpora con lentitud, abandonando el apoyo de la pared.
—Quería verte.
A Zoé se le desboca el corazón en el pecho, y odia con todas sus fuerzas la falta de control sobre su propio cuerpo.
—No es una buena idea.
—Lo sé.
—¿Entonces?
Adrián clava sus ojos en ella, sin desvíos.
—Porque no puedo seguir fingiendo que esto no me está destrozando.
La confesión la golpea directo en el estómago, pero ella se blinda de inmediato.
—Ya es un poco tarde para que te importe.
—Tal vez —concede él, con la voz ronca—. Pero no para decírtelo.
Zoé aprieta los labios, conteniendo la rabia que empieza a mezclarse con la pena.
—No he venido hasta aquí para escuchar tus lamentos de última hora.
—¿Entonces para qué te has quedado parada?
Un vacío incómodo se interpone. Porque, si es completamente honesta, ella tampoco tiene una respuesta.
—No lo sé.
La cruda verdad flota entre los dos, peligrosa, afilada. Adrián da un paso más, acortando el espacio.
—Yo sí sé perfectamente a qué he venido, Zoé.
Ella no se mueve. No puede. Sus pies parecen congelados sobre el asfalto.
—¿A qué?
Él la observa, directo, sin escudarse en el cinismo de antes.
—A decirte que me equivoqué.
La atmósfera cambia de golpe, volviéndose asfixiante.
—Eso no es suficiente —replica ella, con la voz quebrada.
—Lo sé.
—Entonces no lo sueltes como si fuera a arreglarlo todo.
Adrián niega levemente.
—No he venido a arreglar nada. Vine a ser honesto contigo. Por primera vez.
Aquello la hace tensarse por completo, clavándole una mirada llena de reproche.
—Vaya, ahora decides que es un buen momento para la honestidad.
—Siempre lo fui, Zoé… solo que no tuve el valor de ponerlo en palabras.
El comentario se queda suspendido, calando hondo.
—No puedes reaparecer de la nada y pretender que todo vuelva a ser como antes —le advierte ella, dando un paso atrás.
—No pretendo eso.
—¿Entonces qué demonios quieres de mí? —La pregunta es un grito ahogado, una necesidad desesperada de certezas.
Adrián contiene la respiración un segundo antes de soltar la bomba.
—Otra oportunidad.
El universo entero parece contener el aliento. Zoé lo mira y siente cómo se le abre la herida en el pecho. Le duele, porque una parte maldita de su ser se muere por arrojar las armas y decirle que sí.
—No puedo —las palabras escapan de su boca antes de que su corazón la traicione y cambie de opinión.
El rostro de Adrián se endurece apenas, acusando el impacto del rechazo.
—¿Por qué?
Zoé traga saliva, intentando deshacer el nudo de su garganta.
—Porque ya crucé ese camino, Adrián. Ya sé perfectamente cómo termina la historia.
—No tiene por qué terminar de la misma manera.
—Eso mismo me dijiste la última vez —le recuerda ella, implacable—. Y mira dónde estamos ahora.
El reproche da en el blanco, directo y certero.
—No me marché porque no me importaras —murmura él, con la voz más baja, casi suplicante.
—Pero te marchaste igual. Y, al final del día, eso es lo único que cuenta.
Un silencio pesado y doloroso vuelve a interponerse entre los dos.
—No quiero volver a pasar por lo mismo —añade Zoé, blindándose con las últimas fuerzas que le quedan—. No voy a quedarme sentada esperando algo que ni siquiera sé si tienes la capacidad de darme.
Adrián la escanea, buscando una fisura en su armadura.
—Ahora sí puedo dártelo.
—No te creo.
—Entonces déjame demostrártelo.
Zoé niega con la cabeza, exhausta de la misma discusión.
—Esto no funciona así.
—¿Y cómo funciona entonces?
La pregunta se queda flotando en el aire del estacionamiento abandonado. Zoé no tiene una fórmula matemática para esto.
—No lo sé —admite al fin, con la defensa rota—. Pero sé que no puedo volver a jugarme el corazón contigo. No voy a arriesgarme otra vez.
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Editado: 22.05.2026