Hielo en Llamas

27. Si volvemos...no es igual

El aire entre ellos no cambia; se condensa, volviéndose más espeso, más real. Zoé no da un paso atrás, pero tampoco se permite acortar la distancia. Se queda estática justo ahí, en esa delgada línea donde todo puede comenzar de nuevo o fragmentarse de forma definitiva.

—No puedo hacerlo de la misma manera que antes —sentencia ella al fin, rompiendo la tensión.

Adrián no aparta sus ojos de los suyos.

—No quiero que sea como antes.

Aquella respuesta la frena en seco por un segundo.

—Entonces no lo hagamos.

—O lo hacemos diferente —propuso él.

La frase quedó suspendida entre ambos, flotando como una promesa peligrosa.

—¿Diferente cómo?

Adrián exhaló el aire con lentitud, liberando parte de la rigidez de sus hombros.

—Sin mentiras piadosas. Sin salir huyendo cuando las cosas se pongan difíciles. Sin tomar decisiones a medias.

Zoé lo estudió meticulosamente, buscando alguna grieta en su discurso.

—Eso suena jodidamente bien en teoría… pero no es suficiente.

—Entonces dime qué necesitas de mí. —La demanda fue directa, despojada de orgullo.

Ella dudó. Porque ahora, por primera vez en mucho tiempo, la sartén por el mango también le pertenecía a ella.

—Necesito la certeza de que no vas a evaporarte otra vez a la primera de cambio.

—No lo haré.

—No me lo prometas, Adrián. Las promesas se rompen.

Él asintió levemente, asimilando sus palabras.

—Entonces… deja que te lo demuestre día a día.

Una quietud cargada de condiciones se instaló en el espacio.

—No vas a vivir conmigo —añadió Zoé. Su tono fue firme, una línea roja innegociable.

Adrián aceptó sin rechistar.

—Lo sé.

—Y no vas a interferir en absoluto con el equipo ni con mis entrenamientos.

—Tampoco lo haré.

—Y si esta situación empieza a salpicar mi vida otra vez… —Se detuvo en seco, pero no le hizo falta articular el resto.

—Me largo —completó él por ella.

Zoé lo sostuvo la mirada.

—Sí.

Una pausa densa cayó entre los dos.

—No quiero volver a perderlo todo por una mala cabeza —admitió ella en un hilo de voz, dejando entrever la vulnerabilidad que tanto intentaba ocultar.

Adrián la observó con una fijeza que casi quemaba.

—No vas a tener que hacerlo.

—Pero existe el riesgo. Podría pasar.

—También podría salir bien, Zoé.

La réplica fue simple, pero cargada de una lógica aplastante. Ella tragó saliva, obligando a su corazón a calmarse.

—No te confundas. Esto no es una segunda oportunidad.

—¿Entonces qué es?

Ella lo miró fijamente y, por primera vez en semanas, no hubo un solo rastro de vacilación en sus ojos.

—Es la última.

El ambiente sufrió una metamorfosis instantánea. Porque ponerle ese límite lo volvía todo mucho más real, más serio, más propenso a un desastre absoluto. Adrián asintió despacio, sellando el pacto implícito.

—Entonces no pienso desperdiciarla.

La quietud que siguió no fue incómoda; fue distinta. Una suerte de tregua antes de saltar al vacío hacia algo completamente desconocido. Y ese nuevo comienzo daba muchísimo más miedo que todo el dolor pasado.

El entrenamiento del día siguiente arrancó con una vibración diferente. Zoé lo percibió desde el primer segundo en que sus cuchillas tocaron la pista de hielo. No era por la actitud del equipo, sino por ella misma. Había un nuevo peso en su pecho; algo que creía enterrado había regresado, descolocando sus esquemas.

Mateo lo detectó antes que nadie. Él siempre poseía ese radar afilado para notar cuándo Zoé se quedaba enganchada un segundo más de la cuenta en el limbo de sus pensamientos, o cómo sus ojos escaneaban las gradas buscando una silueta específica, a pesar de que intentara evitarlo con todas sus fuerzas.

—¿Qué ha pasado? —le soltó a bocajarro en mitad de una pausa técnica, bloqueándole el paso hacia la banca.

Zoé no respondió de inmediato; se limitó a ajustar las correas de sus guantes.

—Nada.

Mateo soltó una carcajada seca, totalmente desprovista de gracia.

—No me vengas con esas. Te conozco, Zoé. No me mientas.

Ella levantó la barbilla, poniéndose a la defensiva.

—No te estoy mintiendo.

—Entonces mírame a la cara y dime la verdad.

Un muro de tensión se levantó entre los dos. Zoé suspiró, sabiendo que no se libraría tan fácil.

—Hablamos. Eso es todo.

La revelación congeló a Mateo en su sitio. Sus ojos se entrecerraron.

—¿Hablamos… en qué sentido?

Zoé tragó saliva, sintiendo que la pista se volvía demasiado estrecha.

—Estamos intentando arreglar las cosas.

La atmósfera se cortó de golpe, volviéndose hostil.

—No —soltó Mateo, rotundo. Sin el más mínimo rastro de duda en su voz.

Zoé frunció el ceño, sintiendo cómo la indignación le encendía las mejillas.

—No es tu puta decisión, Mateo.

—No, no lo es —coincidió él, dando un paso hacia ella, acortando la distancia de forma intimidante—. Pero sí es mi problema si eso te vuelve a destruir. El equipo entero lo va a pagar.

—Esta vez no tiene nada que ver con el equipo.

—Claro que sí —insistió, con una amargura creciente—. Porque yo ya he visto esta película antes, Zoé. Sé perfectamente cómo termina el guion.

Ella negó con la cabeza, aferrándose a su postura.

—No es la misma situación.

—Siempre recurres a esa misma maldita excusa. —El reproche de Mateo dolió porque portaba una parte de verdad que ella no quería admitir.

—Porque esta vez es diferente, Mateo. Él ha cambiado.

—No lo es —sentenció él, implacable—. Solo tiene la novedad de un nuevo comienzo, hasta que la realidad los golpee y vuelva a convertirse en el mismo desastre de siempre.

Un silencio plomizo se interpuso entre ambos patinadores.

—No voy a ponerme a discutir mi vida privada contigo en mitad de la pista.

—Pues yo sí voy a hablarlo —le plantó cara él—. Porque me niego a quedarme de brazos cruzados viendo cómo te pegas el mismo tiro en el pie por segunda vez.




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