Hielo en Llamas

28. Lo que no puedes controlar

Intentarlo siempre suena mucho más fácil de lo que realmente es. Zoé lo comprende desde el primer instante. Ya no existe el impulso ciego de antes; no hay espacio para los arrebatos sin medir las consecuencias. Ahora, todo el panorama arrastra un peso redoblado. Cada mirada furtiva en los pasillos, cada decisión táctica, cada zancada sobre el hielo. Y, a pesar de la fricción, continúan avanzando porque así lo eligieron. Pero la elección no elimina la dificultad.

El entrenamiento vespertino arranca con una intensidad salvaje, más exigente que de costumbre. El entrenador no pronuncia discursos de advertencia, pero el silencio gélido de la pista lo deja cristalino: Zoé tiene que revalidar su derecho a estar allí. Otra vez. Desde cero.

—¡Concéntrate, Ríos! —el grito de Daniel resuena desde el otro extremo de la pista, rebotando en el plexiglás.

Zoé asiente, aprieta los dientes y lo intenta. De verdad lo intenta. Sin embargo, la voluntad no es suficiente cuando el entorno juega en tu contra. Siente la presión como un bloque de plomo sobre los hombros; la mirada escrutadora de sus compañeros, la sospecha latente en el aire, esa paranoia constante de que el más mínimo pestañeo será la excusa perfecta para dejarla fuera definitivamente.

Y el error, inevitablemente, se materializa.

Un pase milimétricamente mal calculado, un parpadeo de distracción, una milésima de segundo donde su mente vuela lejos del disco. Un fallo minúsculo, pero letal. El puck rebota con el ángulo equivocado en la valla, la defensa se descoloca y el delantero rival fusila la red. Gol en contra.

Un silencio sepulcral, espeso, cae sobre el equipo. El entrenador se desliza hasta quedar frente a ella, con los ojos fijos en sus costuras.

—¿Eso es verdaderamente todo lo que tienes para ofrecer hoy? —la pregunta de Daniel es un dardo helado.

Zoé aprieta la mandíbula con tanta fuerza que le duelen los músculos de la cara.

—No.

—Entonces haz el maldito favor de demostrarlo.

El impacto no es físico, pero le deja un hematoma invisible en el orgullo. El entrenamiento se reanuda, volviéndose un calvario de velocidad y desgaste. Zoé se exige más allá del límite, forzando las rodillas, castigando el cuerpo. Porque a estas alturas ya no solo patina por un puesto; patina para ganarle la batalla al murmullo de fondo.

Al concluir, la atmósfera en el vestidor es de una hostilidad contenida. Nadie le dirige la palabra, pero los reproches mudos flotan en el vapor de las duchas. Cuando sale al pasillo con la bolsa al hombro, Daniel la intercepta.

—Esto no está funcionando, Zoé.

Ella lo encara, negándose a bajar la cabeza.

—Sí está funcionando. Solo ha sido un mal pase.

—No —la frena el entrenador—. Estás forzando cada movimiento. Estás jugando agarrotada.

El diagnóstico la irrita profundamente.

—Estoy intentando corregir mis errores. Mejorar.

—No te equivoques —sentencia Daniel, cruzándose de brazos—. No estás buscando mejorar tu juego. Estás buscando demostrarle algo a todo el mundo. —Hizo una pausa para dejar que sus siguientes palabras calaran—. Y esa maldita necesidad de validación es la que te está haciendo fallar en lo básico.

Las palabras se le clavan como astillas. Duele porque la verdad que encierran es absoluta, y no hay nada peor que un golpe certero del que no puedes defenderte.

Fuera del complejo deportivo, el atardecer se siente plomizo. Zoé apura el paso por el estacionamiento, buscando la inmunidad de su vehículo. Necesita con urgencia dejar atrás ese mal trago, pero una figura bloquea su trayectoria.

—Zoé.

Se gira, con la fatiga a flor de piel. Mateo. Otra vez él. Sin embargo, su expresión ha mutado; ya no queda rastro de la furia de la mañana. Solo se percibe un cansancio idéntico al de ella.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —la pregunta es llana, pero arrastra un trasfondo denso.

Zoé exhala un suspiro ahogado, desviando la vista.

—Nada que deba importarte.

Mateo da un paso al frente, obligándola a sostener el contacto visual.

—No me vendas ese cuento. A mí no.

Un silencio tenso se instala en el asfalto.

—He fallado el pase clave —admite ella en un susurro frustrado.

Él asiente despacio, sin una pizca de regocijo en el rostro.

—Sí, lo he visto. Pero el problema real no es el disco, Zoé.

Ella frunce el ceño, poniéndose a la defensiva de inmediato.

—¿A qué juegas, Mateo? ¿Qué pretendes decir?

He vacilado un instante antes de soltarlo.

—Estás diferente. Tu juego está apagado.

—La gente cambia bajo presión. Es normal.

—No de este modo —rebate él, implacable—. Nadie se desmorona de esta manera cuando supuestamente ha conseguido lo que quería y está bien.

El comentario le resulta sumamente incómodo, desnudando sus costuras.

—Estoy perfectamente.

—No, no lo estás —sentencia Mateo—. Y ambos conocemos perfectamente el motivo del cortocircuito.

La ausencia de réplica por parte de ella opera como una confirmación silenciosa.

—Esto no tiene absolutamente nada que ver con él —miente Zoé, con la voz trémula.

—Tiene todo que ver con él, Zoé. Ahora mismo, tu mundo entero orbita en torno a ese tipo.

Ella aprieta los puños, al límite de su resistencia emocional.

—Te lo advierto, Mateo, no voy a tolerar este interrogatorio otra vez.

—Entonces continúa metiendo la cabeza bajo tierra —le espeta él, con una mezcla de lástima y rabia—. Sigue ignorando la grieta a ver cuánto tiempo más logras sostener la fachada antes de que el techo se te caiga encima.

La provocación enciende su ira.

—¡No estoy sosteniendo ninguna fachada!

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué tengo la ligera impresión de que te estás rompiendo en pedazos a cada paso que das?

El contraataque da en el blanco, limpio y demoledor. Zoé se queda sin aliento, desarmada, sin una sola palabra para defenderse. El silencio que se traga sus palabras es la respuesta más nítida que Mateo podría recibir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.