Hielo en Llamas

29. Lo que rompe incluso lo que un intentas salvar

La distancia que se ha instalado entre ellos no se disuelve; se echa raíces. Se vuelve más aplastante con cada segundo que expira en el reloj. Zoé permanece estática en el mismo punto de la sala. Adrián copia su postura. Sin embargo, algo crucial acaba de fracturarse. No ha sido un quiebre limpio, ni ha venido acompañado de gritos; ha sido un derrumbe provocado por el peso muerto de la verdad. Y esa lucidez escuece el doble.

—No podemos continuar así.—sentencia Zoé al fin, con un hilo de voz que, pese a la fragilidad, suena inquebrantable.

Adrián la clava con la mirada.

—Entiendo tu postura.

Una pausa helada vuelve a devorarlos.

—Entonces di algo.

—No hay un solo argumento que pueda poner sobre la mesa que no termine por dinamitar esto aún más.

La respuesta enciende la chispa de su frustración.

—Siempre recurres al mismo maldito truco.

—¿A qué truco te refieres?

—A levantar un muro de piedra y callarte en cuanto el panorama se complica.

El reproche tensa los músculos de Adrián en un acto reflejo.

—No me estoy escondiendo detrás de las palabras.

—Claro que lo haces —insiste Zoé, dando un paso al frente—. Te resulta infinitamente más sencillo blindarte que encarar la realidad de lo que nos está pasando.

La atmósfera de la estancia se vuelve casi sólida, asfixiante.

—Estoy asumiendo las consecuencias —la rebate él, con una gravedad sombría—. Solo que no de la manera en que tú esperas que lo haga.

—¿Ah, no? ¿Y cuál es tu forma, Adrián?

—Me niego a sentarme en primera fila a contemplar cómo te haces pedazos por empeñarte en salvarme.

El contraataque va directo al núcleo.

—No me estoy haciendo pedazos.

—Zoé…

—¡Que no lo estoy haciendo! —su voz se quiebra en la última sílaba, pero se niega en redondo a batirse en retirada—. Solo estoy… intentándolo.

La quietud regresa, más punzante que antes.

—¿Intentando qué, exactamente? —inquiere él, desarmado.

Ella demora la respuesta, buscando las palabras entre las ruinas de su orgullo.

—Hacer que esta locura funcione.

Esa confesión altera por completo el eje de la balanza. Adrián desvía los ojos hacia el suelo, incapaz de sostenerle el pulso visual.

—A veces… el voluntarismo no basta. Hay cosas que no tienen arreglo.

—Eso no implica que la única salida sea arrojar la toalla al primer golpe.

—No se trata de cobardía ni de rendirse —argumenta él, con voz ronca—. Se trata de tener la lucidez necesaria para saber cuándo algo te está cobrando un precio que no puedes pagar.

Zoé lo contempla, sintiendo el aguijonazo del desengaño en el pecho.

—¿Y te has autoproclamado el juez que decide cuál es mi límite?

—En absoluto —replica—. Pero soy el único que está viendo el desastre desde fuera.

—Entonces estás proyectando únicamente tus propios fantasmas.

Sus palabras , que tiene verdad , queda flotando en la penumbra.

—¿De verdad tienes esa imagen de mí? —pregunta Adrián.

Zoé vacila un instante antes de contestar, y esa micra de segundo de duda lo desvela todo.

—Creo que estás muerto de miedo.

Él no lo niega; simplemente asimila la acusación.

—Por supuesto que lo tengo —admite, con una honestidad descarnada—. Porque conozco que pasa luego.

—No tienes ni la menor idea —le planta cara ella—. Solo te limitas a construir teorías basadas en tus traumas.

—Me limito a recordar.

El nombre de la muerta no llega a materializarse en el aire, pero no hace falta. Alina está allí, una presencia invisible que siempre ocupa el espacio entre sus cuerpos.

—Yo no soy ella, Adrián —articula Zoé en un susurro herido.

—Jamás he osado compararte con ella.

—Pero actúas como si estuviéramos condenados a repetir la misma tragedia.

Adrián aprieta la mandíbula con tanta fuerza que se le marcan las facciones.

—Porque el dolor del impacto final sería idéntico.

—Entonces cambia el rumbo —le exige ella—. No te dejes arrastrar por la inercia de tu pasado. No lo repitas.

Una tensa pausa se interpone.

—Precisamente eso es lo que intento evitar —confiesa él.

—No —lo contradice Zoé, tajante—. No lo estás evitando; lo estás provocando tú mismo.

La acusación impacta de lleno en la línea de flotación de Adrián.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Te estás marchando antes de que la realidad te golpee —le recrimina, con los ojos empañados—. Exactamente igual que hiciste la otra vez. Solo que ahora lo maquillas bajo el pretexto de "hacer lo correcto".

La estática en el salón se vuelve insoportable. Porque en el fondo de su mente, Adrián es plenamente consciente de que ella ha dado en el clavo.

—No quiero perderte, Zoé —pronuncia al fin, desnudando su vulnerabilidad.

—Entonces deja de comportarte como si ya fuera un caso perdido.

La réplica lo frena en seco, pero sus engranajes de defensa interna son demasiado rígidos.

—No puedo hacer la vista gorda con la factura que te está pasando el equipo.

—Yo tampoco la ignoro —zanja Zoé—. Pero, a diferencia de ti, no busco la primera salida de emergencia.

Él sostiene el aire en los pulmones antes de soltar la sentencia definitiva.

—Tal vez deberías empezar a buscarla.

El golpe es seco, sin anestesia.

—¿Qué estás diciendo?

—Que deberías marcharte antes de que el daño sea irreversible.

Zoé retrocede un paso, como si las palabras de Adrián poseyeran una fuerza física.

—No.

—Zoé, escúchame…

—No —repite, blindándose—. No voy a emprender la huida solo porque tú seas incapaz de lidiar con tus propios demonios.

El ambiente se vuelve gélido.

—Esto va mucho más allá del simple temor.

—¿Entonces qué es? Ponle un nombre.

Adrián demora la respuesta, midiendo el abismo que está a punto de cavar.

—Realidad.

Y esa palabra termina por fracturar las últimas defensas de ella.




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