Hielo en Llamas

32. Cuando la verdad empieza a romperlo todo

La ciudad continúa su curso, indiferente, moviéndose con esa inercia automática como si absolutamente nada hubiera sucedido. Como si el tejido de la realidad no acabara de desgarrarse por completo sobre la superficie gastada de una pequeña mesa de cafetería.

Pero para Adrián, las coordenadas del mundo han mutado.

Abandona el establecimiento sin mediar palabra, desprovisto de cortesía y sin volver la vista atrás. Camina sin un destino nítido, con las suelas castigando el asfalto mojado, impulsado únicamente por una obsesión que le quema las entrañas. Un nombre que retumba en sus sienes en un eco hostil, constante, despiadado.

Mateo.

Cada zancada se vuelve más plomiza que la anterior, como si sus propios músculos intentaran sabotearlo. Como si su instinto animal le advirtiera que cruzar esa línea de fuego va a demoler los escasos escombros que aún mantiene en pie. Sin embargo, no hay tregua ni marcha atrás. No esta noche.

El complejo deportivo emerge entre la penumbra, sumido en una semioscuridad sepulcral cuando él cruza el acceso secundario. La gran mayoría de los focos permanecen extinguidos; solo unas pocas luminarias cenitales proyectan su reflejo sobre la pista, haciendo que la superficie congelada luzca más inhóspita y cortante que nunca.

De pronto, el siseo estridente de una cuchilla rasgando el hielo quiebra la monotonía del lugar.

Mateo está allí, en el centro del óvalo. Solo. Entrenando en mitad de la noche, encadenando giros con una precisión maquinal. Como si en su universo no existiera ninguna variable más relevante que perfeccionar su técnica.

Adrián se petrifica junto a la valla de protección durante unos segundos eternos. Lo escruta desde las sombras, midiendo cada transición, memorizando la cadencia de sus movimientos mientras las acusaciones de Irina se repiten en su mente como una cinta maldita. Busca de forma desesperada un indicio, un destello de culpabilidad en su lenguaje corporal que le confirme que esto no es producto de una demencia colectiva.

Pero no halla anomalías. Frente a él solo está el Mateo de siempre: metódico, sereno, familiar. Y esa aparente normalidad es, precisamente, lo que desata el incendio en su pecho.

Da un paso al frente y las costuras de sus botas de cuero chirrían contra la goma del pasillo. El sonido lo delata.

Mateo frena en seco, clavando los cantos de los patines en el hielo, levantando una estela de escarcha. Se gira despacio. Al enfocar la silueta de Adrián, su rostro experimenta una sutil pero evidente mutación. No es el desconcierto habitual de una visita inesperada; es una rigidez defensiva, un estado de alerta absoluto.

—Nunca imagine que volvieses a pisar este rincón hoy —suelta Mateo, con una firmeza que no logra enmascarar la vibración subterránea de su voz. Hay algo en su frecuencia que se ha quebrado.

Adrián elude la réplica inmediata. Se desliza por la apertura de la barandilla y se adentra en el hielo con pasos lentos, calculados, acortando la distancia con la parsimonia de un depredador.

—Ha llegado el momento de que pongamos las cartas sobre la mesa.

Mateo sostiene su posición en el centro de la pista, rígido como una estatua.

—Tú y yo no tenemos absolutamente ningún asunto pendiente del que hablar.

—Te equivocas. Lo tenemos todo.

La atmósfera de la pista se condensa, volviéndose un aire espeso y helado. Mateo se desliza un par de metros hacia el banco y deposita el stick con deliberada lentitud, buscando ganar tiempo.

—Sueltalo ya. No me hagas perder el tiempo con rodeos.

Adrián se detiene a escasa distancia de él, clavándole unas pupilas inyectadas en rabia contenida.

—Tú estabas presente esa noche.

El engranaje del mundo parece detenerse por segunda vez para ambos. Mateo no recurre a la réplica inmediata, pero su mutismo no es el de un inocente ultrajado; es el silencio pesado de quien ve cómo se desmorona un secreto de años.

—No tengo la menor idea de a qué te estás refiriendo.

—Deja de jugar al maldito despiste, Mateo —el registro de Adrián se vuelve más cortante, afilado como un bisturí—. Hablo de la noche del accidente.

El nombre de la víctima no se verbaliza, pero flota en el vaho que expulsan sus bocas. Alina. Siempre Alina.

Mateo contrae la mandíbula con tanta fuerza que sus facciones se vuelven pétreas.

—Ese es un territorio en el que no deberías osar adentrarte.

—Contéstame a la maldita pregunta —le exige, reduciendo el tono a una amenaza sorda.

La pausa que sucede a la exigencia es agónica, tensada al límite de la resistencia. Mateo desvía la mirada hacia las marcas de las cuchillas en el hielo. Solo un segundo. Una mínima fracción de tiempo que opera como una confesión explícita. Adrián lo caza al vuelo. Lo comprende todo.

—Sí —admite Mateo al fin, y la palabra cae con la contundencia de un bloque de plomo. Irreversible.

A Adrián se le agota el oxígeno.

—¿Cuál era tu propósito allí?

Mateo clava de nuevo los ojos en él, despojándose de la máscara.

—Las apariencias engañan, Adrián. No ocurrió de la manera en que estás estructurando tu teoría.

—Entonces tómate la molestia de ilustrarme.

El timbre de Adrián experimenta una peligrosa escalada, lo justo para hacer saltar por los aires la fingida calma del recinto. Mateo inhala una bocanada de aire helado.

—Yo no viajaba en el interior de ese vehículo con ellas.

—Pero tu coche escoltaba la escena. Estabas allí.

—Sí. Las iba siguiendo pero por otro motivo.

El escenario se vuelve todavía más enrevesado, una espiral de confusión violenta.

—¿Por qué motivo?

Mateo titubea, asomándose al precipicio antes de saltar.

—Porque Alina me llamo desesperada esa misma noche.

El impacto da de lleno en la línea de flotación de Adrián.

—¿Cuál era la razón para que acudiera a ti?

—Porque necesitaba localizarte a toda costa, Adrián, y tú habías decidido desaparecer del mapa apagando el celular. Estaba fuera de sí.




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