Hielo en Llamas

33. Lo que duele más que la pérdida...es la traición

La mañana se abre paso en el horizonte, pero Zoé no experimenta el más mínimo vestigio de descanso. La luz del amanecer se filtra de soslayo por la ventana, con una timidez suave, casi hermosa; un contraste cruel con el desastre que impera en su interior. En su pecho no hay espacio para la calma. Solo habita ese vacío árido y frío que se instala cuando una estructura se fragmenta por completo y las manos aún te tiemblan demasiado como para saber qué hacer con los pedazos.

Mateo continúa allí. Sigue recluido en la silla de madera, sumido en un letargo incómodo, con la cabeza vencida hacia un flanco y los brazos cruzados sobre el pecho.

Zoé lo escruta en silencio durante unos instantes eternos. Y, por una milésima de segundo, la estampa evoca una realidad mucho más simple. Más transitable. Más segura. Pero los oasis de confort efímero nunca están diseñados para perdurar en su vida. Jamás lo hacen.

Se incorpora de la cama con movimientos quirúrgicos, cuidando de no alterar la quietud del dormitorio. Desliza los dedos sobre la superficie de la mesita de noche y toma el teléfono. Al encenderse la pantalla, el pulso se le desboca.

Un mensaje de texto.

Remitente: Adrián.

El corazón le propina un vuelco violento contra las costillas. Existe una parte de su orgullo que le suplica ignorar la notificación, borrar el rastro, pero la inercia termina por vencerla. Desbloquea la bandeja.

Tenemos que hablar. Es de vital importancia. Te espero donde siempre.”

La presión ambiental en la estancia transmuta de inmediato. Todo vuelve a orbitar en torno a su eje. Siempre, de un modo u otro, los hilos de su existencia terminan enredándose en los dedos de Adrián.

Zoé entorna los ojos, conteniendo una exhalación pesada. Se niega a teclear una réplica; no en este preciso instante. Sin embargo, al recuperar la visión, repara en que Mateo ya ha abandonado el sueño. La observa desde su rincón, con la mirada fija y analítica.

—¿Se trata de él? —la interrogante es un dardo directo, desprovisto de preámbulos decorativos.

Zoé vacila una fracción de segundo, debatiéndose entre la evasión y la honestidad.

—Sí.

Mateo permanece inmóvil en la silla, pero sus facciones experimentan una sutil y rígida mutación. Un velo de severidad y recelo se apodera de su semblante.

—¿Cuál es su pretensión ahora?

—Quiere que nos reunamos a hablar.

Un mutismo tenso se interpone entre ambos.

—Resulta asombroso cómo siempre experimenta la imperiosa necesidad de argumentar cuando el daño ya es irreparable —dictamina Mateo, con una frialdad cortante que destila un trasfondo mucho más denso que el simple enfado.

—No comiences con tus juicios, Mateo. No hoy.

—No estoy inaugurando ninguna disputa —se defiende él, incorporándose despacio—. Simplemente pongo en palabras una verdad irrefutable.

Zoé lo clava con la mirada, cruzándose de brazos.

—Ni siquiera estás en posesión de los detalles de lo que desea transmitir.

—Conozco su patrón de conducta lo suficiente.

El silencio regresa a la habitación, pero ha perdido la comodidad de la madrugada; ahora arrastra una vibración hostil.

—Voy a acudir a la cita —las palabras brotan de los labios de Zoé antes de que su mente tenga la oportunidad de sopesar las consecuencias.

La reacción de Mateo es instantánea, casi visceral.

—No lo hagas.

Zoé contrae el ceño, poniéndose a la defensiva.

—No recuerdo haber delegado en ti la facultad de tomar mis decisiones.

—No pretendo gobernar tus actos —la frena él, recortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de su rostro—. Pero tengo la obligación de advertirte que cruzar esa puerta constituye un error absoluto.

—Tal vez lo sea.

—No hay espacio para la duda, Zoé. Es una equivocación garantizada.

Ella traba la mandíbula, sintiendo cómo el orgullo propio se rebela ante el tono protector.

—Me niego en redondo a transitar por la vida esquivando los problemas solo por temor a salir lastimada.

Mateo la sostiene con la mirada, sus facciones convertidas en una máscara de tensión contenida. Ahora se encuentran frente a frente, midiendo sus fuerzas mudas.

—Esto va mucho más allá de un problema rutinario, Zoé.

—¿Entonces ante qué escenario nos encontramos? Ponle un nombre exacto.

Se produce un bache conversacional. Mateo vacila, desvía las pupilas una milésima de segundo y ese atisbo de duda resulta sumamente anómalo en él. Su seguridad monolítica se tambalea.

—Ante nada que merezca que vuelvas a romperte —responde al fin, debilitando la voz.

Zoé lo escruta con desconfianza.

—¿Lo ves? Ni tú mismo eres capaz de estructurar un argumento sólido.

La réplica impacta directo en el amor propio de Mateo, reflejándose en la rigidez de sus hombros.

—Solo te imploro que extremes las precauciones.

—Siempre lo hago.

Sin embargo, en el fondo de sus conciencias, ambos albergan la certeza de que esa afirmación es la mayor de sus mentiras.

El escenario del encuentro repite las mismas coordenadas conocidas. La misma cafetería suburbana, gris y descolorida. Como si los hilos de su destino estuvieran condenados a enredarse en el mismo bucle atemporal. Como si el pasado fuera un depredador herido que se niega a soltar su presa.

Adrián ya ocupa un reservado al fondo del local. Permanece estático, con la vista fija en un punto indeterminado de la mesa. Pero la estampa difiere por completo de su habitual arrogancia; no destila la seguridad pétrea de antaño. Su lenguaje corporal proyecta una rigidez alarmante, una tensión que raya en el colapso.

En cuanto Zoé cruza el umbral y sus miradas colisionan, el pasado entero regresa en un torrente violento. Todo lo que construyeron juntos, los secretos compartidos y los hematomas emocionales que aún supuran bajo la piel.




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