El trayecto de regreso se dilata más allá de lo humanamente soportable. Zoé es incapaz de registrar bajo qué impulsos abandonó las coordenadas de la cafetería. No retiene el instante preciso en que sus zancadas adquirieron una velocidad frenética, ni el momento exacto en que el aire comenzó a rebotar en sus pulmones de forma errática e inestable.
Solo experimenta una certeza monolítica: requiere respuestas.
Y en su universo desmantelado, resta una sola figura con la facultad de otorgárselas. Mateo. El eco de ese nombre arrastra ahora una gravedad distinta; se ha despojado de su pátina de refugio seguro y ya no es sinónimo de bonanza. Es la encarnación de la sospecha. Y ese matiz escuece con una intensidad que atenta contra su propia cordura.
Al arribar al umbral de la vivienda, detecta que la puerta permanece entornada. El detalle enciende las alarmas en su sistema; resulta una anomalía excesiva, demasiado sospechosa.
Empuja la madera con cautela. El espacio interior se halla sumido en un mutismo sepulcral, pero no arrastra la impronta de la desolación. Mateo está allí. Erecto en mitad de la estancia, recortado contra la penumbra. Como si hubiera cronometrado sus pasos. Como si albergara la certeza absoluta de que el colapso de la farsa era un evento ineludible esta tarde.
Sus pupilas colisionan en el centro del espacio. El engranaje del mundo se detiene.
—Has acudido a su encuentro —acusa él. No es una conjetura; es una afirmación.
Zoé elude la réplica inmediata. Desliza el brazo a su espalda y clausura la puerta, el clic de la cerradura resonando como el gatillo de un arma.
—Sí.
Un silencio plomizo, espeso y asfixiante se desploma sobre sus cabezas. Mientras lo sostiene, un destello involuntario asalta la mente de Zoé: la memoria de la cafetería. El recuerdo de los dedos de Adrián rozando accidentalmente la superficie de su piel al despedirse, esa descarga de electricidad sucia y magnética que siempre la deja sin aliento. El contraste la marea; el hombre que se suponía que debía protegerla la sume en la desconfianza, mientras que el monstruo que la atormenta despierta una tensión sexual latente, un deseo oscuro que se niega a morir.
Mateo da un paso al frente, quebrando su ensimismamiento.
—¿Qué variables ha puesto sobre la mesa? —la interrogante viaja en una frecuencia más pausada, meticulosa, casi temerosa de la respuesta.
Zoé lo escruta milímetro a milímetro. Rastrea un vestigio de cinismo en sus facciones, una señal inequívoca que le permita catalogar el relato de Adrián como un delirio celoso. Pero no halla absoluciones en su semblante.
—Afirma que tu coche escoltaba esa nacional. Que estabas físicamente allí.
El entorno se congela. Mateo no articula defensa, no se escuda en la indignación ni ensaya una negativa. Y esa parálisis es el componente necesario para comenzar a resquebrajar los cimientos de su realidad.
—Dime que todo responde a una infamia de su autoría —su voz desciende a un murmullo trémulo, desprovisto de fuerzas.
—Zoé…
—¡Exijo que me mires a la cara y desmientas esa atrocidad, Mateo! —esta vez el tono adquiere una firmeza desesperada, un ruego violento.
Mateo vence la cabeza hacia el suelo. Solo un segundo. Una mínima capitulación visual que opera como el impacto de un proyectil limpio, directo al plexo solar, desprovisto de amortiguadores.
—Gobernaba mi coche en ese tramo de la carretera .—admite al fin.
Zoé experimenta un retroceso instintivo, como si el oxígeno de la habitación se hubiera vuelto un elemento denegado para sus pulmones.
—No puede ser real.
—Zoé, escúchame.
—No —lo frena, balanceando la cabeza en un bucle de pura negación—. Te niegas a que sea real.
—Las circunstancias difieren de la narrativa que él ha estructurado en tu cabeza.
—Entonces tómate la molestia de desglosarlas de una maldita vez.
La quietud se prolonga. Mateo exhala un suspiro lastimero.
—Yo no viajaba en el interior de ese habitáculo con ellas.
—Pero operabas como su sombra en el asfalto.
—Sí. Alina se puso en contacto conmigo mediante una llamada telefónica esa misma noche.
El fantasma de la víctima regresa con una nitidez hiriente.
—¿Cuál era el argumento para que requiriera tu intervención?
—Porque se encontraba sumida en una crisis nerviosa y era incapaz de localizar el paradero de Adrián. Tenía el teléfono apagado.
La mención de Adrián vuelve a encender esa vibración peligrosa en el vientre de Zoé. Incluso ausente, su sombra ejerce un dominio carnal y psicológico absoluto sobre ella, una atracción prohibida que la asfixia en mitad del caos.
—Continúa —le exige, apretando los puños.
—Estaba completamente desbocada. Decidí subir a mi vehículo y seguir la trayectoria de ambas por la nacional.
La inestabilidad del relato aumenta por momentos.
—¿Y qué aconteció en las curvas?
El bache conversacional se torna intolerable.
—Mateo, habla.
—Sostenía una disputa a gritos con ella a través del manos libres del coche.
—¿Cuál era el núcleo de esa discusión?
—Adrián —la palabra restalla con una densidad nociva—. Su estado mental le impidió conservar la calma sobre el asfalto.
—Eso no justifica que el coche terminara en el fondo de una cuneta.
—Perdió el control del mecanismo de dirección.
—Irina iba al volante, Mateo. Ya estoy en posesión de ese matiz.
—Así es. Ella pilotaba.
—¿Entonces cuál fue tu interferencia exacta en ese desastre? —la interrogante es un dardo directo, desprovisto de escapatoria.
Mateo levanta las pupilas y esta vez asume el veredicto de su propia historia, desnudando la culpa.
—Aceleré para ponerme a su altura y obligarlas a detener la marcha en el arcén.
A Zoé se le desboca el pulso, una taquicardia violenta martilleándole las sienes.
—¿Y?
—Me aproximé en demasía a su flanco en un tramo carente de visibilidad.
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Editado: 22.05.2026