El hielo refleja la luz de forma tenue. Todo está en silencio. Demasiado.
Zoé sigue sentada, mirando al frente, pero ya no ve nada en particular. Solo piensa. O lo intenta, porque su mente no deja de repetir lo mismo una y otra vez.
Mateo. Adrián. La verdad. La mentira. La decisión. Todo mezclado, todo pesado, todo imposible de ignorar.
Adrián sigue a su lado. No habla, no interrumpe. Solo está. Y eso… es nuevo. Eso importa más de lo que ella quiere admitir.
—No puedo quedarme así —la voz de Zoé rompe el silencio. Suena cansada, pero firme.
Adrián gira un poco el rostro hacia ella.
—No tienes que hacerlo.
Zoé niega con la cabeza.
—Sí tengo. Porque si no elijo… esto me va a destruir.
El comentario queda suspendido en el aire, real y sin adornos. Adrián asiente lentamente.
—Entonces elige.
Fácil de decir, imposible de hacer. Zoé respira hondo.
—Voy a seguir en el equipo. —Las palabras salen claras, sin duda, sin pausa.
Adrián no se sorprende.
—Lo sabía.
Zoé lo mira de reojo.
—No es solo eso.
El aire cambia entre los dos.
—No puedo tener a Mateo en mi vida —el silencio se vuelve más pesado, más definitivo—. No después de esto.
Adrián no responde de inmediato. La observa con atención.
—¿Estás segura? —La pregunta no es por duda; es por cuidado.
Zoé asiente.
—Sí. —Traga saliva—. No es solo lo que hizo. Es que decidió ocultarlo. Eso pesa más, mucho más. Y eso… no lo puedo ignorar.
Adrián baja la mirada un segundo, como si entendiera más de lo que dice.
—Está bien.
Zoé lo observa fijamente.
—No me digas lo que quiero oír.
—No lo estoy haciendo —él levanta la mirada otra vez—. Estoy de acuerdo contigo.
Eso la sorprende un poco.
—Pensé que lo ibas a defender.
—No hay nada que defender —la respuesta es directa, fría, pero honesta.
Un breve silencio se instala entre los dos.
—¿Y tú? —la pregunta cambia el rumbo de la conversación.
Adrián se tensa apenas.
—¿Yo qué?
—¿Dónde encajas tú en todo esto?
El aire se vuelve más denso, más real. Adrián no responde de inmediato, y ese segundo de duda ya dice mucho.
—No lo sé —la honestidad llega sin filtros—. Pero quiero estar.
Zoé lo mira.
—Eso no es suficiente.
—Lo sé. Pero es lo único que puedo ofrecer ahora.
Eso es real. No es perfecto, pero es real. Zoé baja la mirada.
—No puedo confiar en ti.
—Lo sé.
—Y no sé si pueda volver a hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué hacemos? —La pregunta queda en el aire, pesada y necesaria.
Adrián respira hondo.
—No te pido que confíes en mí ahora.
Zoé levanta la mirada.
—¿Entonces?
—Déjame quedarme… hasta que puedas decidir si quieres que lo haga.
El silencio regresa, pero esta vez no es incómodo. Es distinto.
—No es una respuesta fácil —murmura ella.
—Nada de esto lo es.
Zoé lo observa y, por primera vez, no siente rechazo. No completamente.
—No es un sí.
—No lo necesito.
—Y tampoco es un no.
Adrián asiente.
—Eso es suficiente por ahora.
El ambiente cambia un poco. No mucho, pero algo. Y en este punto, eso es todo lo que pueden tener.
El día siguiente llega demasiado rápido. El rink vuelve a llenarse: ruido, movimiento, rutina. Pero Zoé ya no es la misma. Se nota en cómo entra, en cómo mira, en cómo se mueve. Todo en ella es más firme, más decidido.
Daniel la observa desde lejos mientras se ajusta los patines.
—Llegas temprano.
Zoé asiente.
—Necesitaba estar aquí.
Él no dice nada al principio. Solo la estudia con la mirada.
—¿Ya tomaste una decisión?
Zoé sostiene la mirada sin titubear.
—Sí.
—Entonces demuéstralo.
No hay más palabras; no hacen falta. El entrenamiento empieza y, esta vez, Zoé no duda. No se distrae, no se quiebra. Cada movimiento es preciso, cada jugada es fuerte, controlada y decidida.
Y eso cambia todo, porque el equipo lo nota y Daniel también.
—Así es como se hace —la voz del entrenador suena diferente esta vez, más aprobatoria.
Zoé no sonríe, pero lo siente. Un alivio pequeño en mitad del caos.
Pero entonces, todo se detiene. La puerta del rink se abre y alguien entra. El ambiente cambia de inmediato; Zoé lo siente antes de girarse.
Mateo.
El aire se vuelve pesado otra vez. Sus miradas se encuentran y, esta vez, no hay nada suave, nada seguro, nada de lo que había antes. Solo distancia y verdad.
Mateo se acerca lento, como si cada paso le pesara en el alma.
—Tenemos que hablar.
Zoé no se mueve de su lugar.
—No. —La respuesta es inmediata, firme.
Mateo se detiene a unos metros.
—Por favor —el tono le cambia, más bajo, más real.
Zoé lo mira y, por un segundo, duda, pero no lo suficiente.
—No hay nada que hablar.
—Sí lo hay.
—No.
El silencio se vuelve incómodo. El resto del equipo observa, aunque intenten disimular y mirar hacia otro lado.
—Déjame explicarte.
—Ya lo viste —lo corta ella. El golpe es directo.
Mateo traga saliva, visiblemente afectado.
—No todo.
Zoé aprieta la mandíbula.
—No me interesa el resto.
—Zoé…
—No. —Da un paso atrás—. No vuelvas a acercarte a mí.
El aire parece romperse entre los dos. Mateo se queda completamente quieto.
—No puedes pedirme eso.
—Sí puedo —su voz es más firme ahora, más fuerte—. Y lo estoy haciendo.
Esto no se va a arreglar con palabras, y ambos lo saben. Mateo la mira y, por primera vez, se ve perdido de verdad.
—No quería hacerte daño.
—Pero lo hiciste —la respuesta es inmediata, fría, real—. Y eso es lo único que importa.
El silencio cae, pesado y final.
—Aléjate de mí —las palabras no son un grito, pero pesan mucho más.
Mateo no responde, no insiste, porque esta vez sabe que no tiene derecho. Da la vuelta y se va.
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Editado: 22.05.2026