Hielo en Llamas

37. Lo que haces cuando ya no tienes nada que perder

El ambiente en el rink no vuelve a ser el mismo. No después de lo que pasó. No después de lo que Zoé dijo.

Aunque nadie lo mencione directamente, todos lo sienten. Las miradas duran un poco más. Los silencios pesan diferente. Y cada vez que Zoé entra al hielo… hay algo en el aire. Expectativa. Tensión. Respeto.

El entrenamiento avanza: fuerte, rápido, sin errores. Zoé se mueve con precisión, como si todo lo que está sintiendo lo estuviera canalizando ahí. En cada pase, en cada giro, en cada golpe al puck. No piensa, no duda, solo actúa. Y funciona, porque por primera vez en días… no se quiebra.

—Bien —la voz de Daniel suena firme.

Zoé se detiene, respirando agitada.

—Eso es lo que necesito de ti.

Ella asiente, pero no dice nada porque sabe que esto no ha terminado. Nada ha terminado.

Cuando sale del hielo, el cuerpo le pesa, pero su mente pesa todavía más. Camina hacia los vestidores, pero antes de entrar se detiene porque lo ve.

Adrián. Apoyado contra la pared, esperando otra vez.

Pero ya no es igual. Ya no invade, ya no insiste. Solo está ahí, como dijo que haría. Zoé lo observa unos segundos y, esta vez, no se siente incómodo; solo se siente complicado.

Se acerca despacio.

—No puedes seguir apareciendo así.

Adrián se encoge de hombros apenas.

—No estoy interfiriendo.

Zoé suspira.

—Eso depende de cómo lo vea.

Un breve silencio se instala entre los dos.

—¿Cómo lo ves? —pregunta él, directo.

Zoé duda, pero responde:

—Todavía no lo sé.

Adrián asiente.

—Es justo.

El silencio no es tenso; es extraño.

—Te vi entrenar —dice él.

Zoé levanta una ceja.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Dijimos…

—Que no entraría —la interrumpe suavemente—. Y no lo hice.

Zoé intenta no reaccionar, pero algo en el tono de Adrián es diferente. Más tranquilo, más presente.

—Estuviste bien.

El comentario la toma por sorpresa.

—Siempre lo estoy.

Adrián casi sonríe.

—No así.

El silencio vuelve a envolverlos.

—Gracias —la palabra le sale a ella más baja de lo que esperaba, pero real.

Adrián asiente.

—No es un favor.

—No.

Pero, aun así, importa.

Antes de que puedan decir algo más, una voz interrumpe el momento.

—Zoé.

Ambos se giran. Mateo, otra vez.

Pero esta vez es diferente. No hay tensión en su postura, no hay insistencia. Solo una profunda decisión.

Zoé se tensa de inmediato, y Adrián también.

—Dije que no quería hablar contigo —la voz de Zoé es firme.

Mateo asiente.

—Lo sé. —Hace una pausa—. No vine a eso.

Eso la confunde.

—Entonces, ¿a qué?

Mateo da un paso adelante, pero mantiene la distancia.

—A decirte algo… frente a todos.

El aire cambia por completo.

—¿Qué?

Mateo respira hondo. Mira a Adrián un segundo y luego vuelve la vista a Zoé.

—La verdad.

El corazón de Zoé se acelera.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que debí hacer desde el principio.

—No —Zoé niega con la cabeza—. No hagas esto aquí.

—Tiene que ser aquí —el tono de él no es agresivo; es firme, irreversible.

—Mateo…

—Por favor —la interrumpe.

Y esa palabra lo cambia todo, porque no la dice como antes. No la dice para convencerla; la dice porque ya no tiene otra opción.

En pocos segundos, más personas empiezan a notar la escena. El equipo se detiene, Daniel observa. El ambiente se vuelve denso y expectante.

—Esa noche… —empieza Mateo. Su voz no tiembla, pero tampoco es fuerte. Es honesta—. La noche del accidente de Alina…

El nombre cae y todo se detiene. Zoé siente el pecho apretarse.

—Yo estuve ahí.

El silencio es absoluto en el recinto. Nadie se mueve, nadie respira.

—Yo provoqué que el auto perdiera el control —el golpe es directo, sin rodeos, sin excusas. Las miradas a su alrededor cambian; el aire se vuelve más gélido—. No fue intencional, pero fue mi culpa.

Cada palabra pesa, cada palabra rompe algo. Zoé no se mueve; no puede.

—Y me fui —continúa Mateo. Eso es lo peor—. Los dejé ahí y no dije nada durante todo este tiempo.

Mateo baja la mirada un segundo y luego levanta la vista otra vez, directo a Zoé.

—Te mentí. No hay forma de suavizarlo, y no hay forma de arreglarlo. Pero no podía seguir siendo alguien en quien confías sabiendo esto. Así que… aquí está. Toda la verdad.

Nadie habla. Nadie se mueve. El momento es demasiado real, demasiado crudo.

Zoé siente algo dentro de ella romperse otra vez, pero no de la misma forma. Ahora es diferente: más claro, más definitivo.

—¿Ya terminaste? —su voz suena más fría de lo que esperaba.

Mateo asiente de forma pausada.

—Sí.

Zoé respira hondo, asimilando el impacto.

—Bien. —Da un paso atrás—. Entonces ahora sí… no hay nada más que decir.

El golpe es limpio y final. Mateo no responde ni intenta detenerla, porque esta vez sabe que no tiene derecho.

Zoé se gira y empieza a caminar, pero se detiene. No por Mateo, sino por Adrián. Lo mira, y nota algo diferente en sus ojos. No es dolor, no es duda; es decisión.

—¿Te quedas? —la pregunta de ella es baja, pero clara.

Adrián no duda ni un segundo.

—Sí.

El aire cambia un poco. Zoé asiente.

—Bien.

Y sigue caminando.

Quiero ver sus comentarios mis amores necesito saber que le parece este capítulo.

¿Que piensan sobre esto? ¿Zoé no fue muy dura con Mateo? O se lo merece.

Los leo.




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