El rink está lleno. No es un entrenamiento, no es rutina; es el partido más importante de la temporada. El que define todo. El que separa a los que lo intentan… de los que lo logran.
El ruido es constante. Gritos, aplausos, expectativa. Pero para Zoé… todo está en silencio, como si el mundo se hubiera reducido a un solo punto. El hielo, su respiración, su corazón. Nada más.
En el vestidor, el ambiente es tenso. Nadie habla demasiado; no hace falta. Todos saben lo que está en juego. Daniel camina frente a ellos, serio y firme.
—Este es el momento —el silencio se vuelve más profundo—. No hay mañana para esto. —Las palabras caen pesadas—. O lo toman… o lo pierden.
Zoé levanta la mirada, fija y decidida.
—Y no quiero ver dudas —el mensaje del entrenador es claro—. Quiero ver equipo. —Hace una pausa—. Quiero ver carácter. —El aire cambia—. Quiero ver quiénes son de verdad.
El grupo responde. No con palabras, sino con miradas llenas de determinación. Zoé aprieta los guantes y, por primera vez en mucho tiempo… no piensa en el pasado. No piensa en Mateo, no piensa en Adrián. Solo en esto. En el ahora.
Antes de salir al hielo, alguien la detiene.
—Zoé.
Se gira. Adrián. Otra vez, pero diferente. Siempre diferente ahora.
—No deberías estar aquí —la frase le sale automática, pero no dura.
—Lo sé.
El silencio entre ellos es corto, pero intenso.
—Solo vine a decirte algo.
Zoé lo observa.
—Rápido.
Adrián asiente.
—Pase lo que pase ahí afuera… —el aire parece detenerse—. Estoy orgulloso de ti.
El golpe es suave, pero cala profundo. Zoé no responde de inmediato.
—No necesito que lo estés.
—No —Adrián niega con la cabeza—. Pero igual lo estoy.
Un breve silencio se instala entre los dos. Zoé baja la mirada un segundo y luego vuelve a fijar sus ojos en él.
—No te vayas. —Las palabras le salen antes de que pueda detenerlas.
Adrián se queda completamente quieto.
—No lo haré.
Y esta vez… suena real.
El hielo recibe al equipo con ruido, con energía, con presión. El partido empieza rápido, intenso. Cada jugada cuenta, cada error pesa.
Zoé se mueve, corre, pasa, golpea. Pero no es perfecto. Nada lo es. El otro equipo presiona fuerte, demasiado, y el marcador pronto lo refleja.
0 – 1.
Luego, 0 – 2.
El aire en el estadio se vuelve pesado. El público cambia de actitud y el equipo también empieza a flaquear.
—¡Concéntrense! —la voz de Daniel rompe el momento desde la banca, pero no es suficiente. El ritmo no mejora de inmediato.
Zoé siente la presión. La duda intenta entrar en su mente, pero no la deja. No esta vez.
En una pausa obligada, el equipo se reúne en torno a la banca. Las respiraciones son agitadas y las miradas, tensas.
—Esto no está terminado —Daniel los mira uno por uno—. ¿Me escucharon? —Nadie responde—. No. Está. Terminado. —Su tono es más fuerte, más claro.
Zoé levanta la mirada.
—Entonces juguemos como si no lo estuviera. —El comentario le sale sin pensar, pero cambia algo en el ambiente. El equipo la mira—. No tenemos nada que perder —hace una pausa—. Ya estamos abajo. —Respira hondo—. Así que dejemos de jugar con miedo y empecemos a jugar como sabemos.
Daniel la observa en silencio y, por primera vez, asiente.
—Háganlo.
El partido se reanuda y algo cambia. No en el marcador, sino en ellos. El ritmo sube, la energía también.
Zoé toma el puck, se mueve más rápido, más libre, más segura. Pasa a un compañero, recibe de vuelta y avanza. El tiempo parece volverse lento, el ruido desaparece y solo queda el momento. El disparo.
Gol.
1 – 2.
El público explota y el equipo también, pero Zoé no celebra demasiado porque sabe perfectamente que aún no termina.
El juego sigue más intenso, más físico. Cada segundo cuenta, cada movimiento pesa. Y entonces… llega la última jugada del tiempo regular. Quedan pocos segundos en el reloj y el empate es posible; todo depende de esto.
Zoé recibe el puck. El tiempo se detiene otra vez. Mira al frente y se topa con dos opciones: pasar o tirar. Duda un segundo, y en ese segundo lo recuerda todo. El dolor, la verdad, las decisiones de los demás. Y entonces lo entiende: no puede jugar con miedo. No más.
—¡Hazlo! —la voz le llega nítida desde fuera del hielo.
Adrián. No debería estar ahí, pero está.
—¡Hazlo!
Zoé no duda más. Se mueve, esquiva al defensa, avanza y dispara.
Gol.
2 – 2. Empate.
El estadio estalla, pero el partido no termina aquí. Tiempo extra.
El cansancio es real y el cuerpo pesa, pero nadie se detiene porque ahora todo está en juego. Últimos segundos del tiempo añadido. Zoé vuelve a tener el puck, pero esta vez no está sola. Confía. Pasa el puck, lo recibe de vuelta en una pared perfecta y, en el último suspiro del cronómetro, decide.
Disparo final.
Gol.
3 – 2. Victoria.
El ruido es ensordecedor. El equipo la rodea por completo, celebran, gritan y saltan sobre el hielo. Pero Zoé… solo respira. Porque no es solo un partido. Es todo. Es todo lo que eligió, todo lo que dejó atrás y todo lo que decidió ser.
Cuando finalmente logra levantar la mirada entre la multitud, lo ve.
Adrián. Está entre la gente; no grita, no celebra. Solo la mira fijamente.
Y esta vez… no hay ninguna duda entre los dos.
Solo quiero decir que me ayude con sus votos y comentarios me harán de gran ayuda . Bay me voy hasta el próximo capítulo
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Editado: 22.05.2026