CAPÍTULO 1: El precio del refugio
El frío de Quebec no se siente en la piel; se siente en los huesos. Es un recordatorio constante de que ya no estoy en casa. Al bajar del coche frente a la mansión de los Harrison, no me recibe el sol de Barcelona, sino un cartel de cartulina fluorescente sostenido por una niña de doce años con cara de pocos amigos.
"EL FÚTBOL APESTA. ALESSIA ES FEA. VUELVE A TU BARRIO".
Summer, la hija biológica de Arthur, me mira con un desprecio tan inmaduro que casi me da risa. Es la viva imagen de una niña rica, mimada y berrinchuda que no quiere compartir su castillo.
—Esto es una mierda, mamá —mascullo entre dientes.
—Alessia, por favor... —Elena me aprieta el brazo, su voz es un ruego—. Ve a cambiarte. Todo va a mejorar, te lo prometo. Solo dale una oportunidad.
Subo las escaleras ignorando los bufidos de Summer. Mi nueva habitación es más grande que todo el piso donde vivíamos en aquel barrio peligroso de Barcelona. Hay mármol, seda y una cama en la que cabrían tres personas. Suelto una risa irónica. Pasamos de escondernos tras una puerta con tres cerrojos a vivir en un palacio donde el silencio es casi aterrador.
Me tiro en la cama y cierro los ojos por un segundo. El error es el silencio. En el silencio aparecen los gritos. Los destellos de la última noche en España me golpean: el sonido de algo rompiéndose, las prisas de mi hermana Alma, su voz susurrándome "te amo" antes de que todo se volviera oscuridad.
Siento una lágrima traicionera rodar por mi mejilla. Me la limpio con furia.
—Som-hi, som-hi (Vamos, vamos) —me ordeno en catalán.
No voy a ser una víctima. Me levanto, busco en mi maleta y saco mi tesoro: mi balón gastado y mis tacos. Me visto con mi uniforme del Barça y bajo al comedor. Al entrar, las tres cabezas se giran hacia mí como si fuera un bicho raro.
—¿Qué? —pregunto, plantándome frente a ellos.
—Te ves horrible —salta Summer, arrugando la nariz—. Nada femenina. Pareces un chico que se acaba de pelear en la calle.
—Voy a jugar a fútbol, niñata. ¿Qué quieres, que me ponga un vestido y tacones para eso? —le respondo con la lengua afilada.
—¡Aliss, por favor! —exclama mi madre, nerviosa—. Es una niña...
—Sí, hazle caso a tu madre, "madura" —se burla Summer, ganándose una mirada gélida de mi parte.
—Summer, basta —interviene Arthur con una voz que corta el aire. No es una orden de padre, es una orden de jefe—. Alessia, disculpa a mi hija. Está en esa fase de odio existencial típico de la adolescencia.
—Sí, es evidente —me siento a la mesa, ignorando la cara de pocos amigos de la niña.
—Hoy te llevaré al complejo —continúa Arthur, clavando sus ojos en los míos—. Quiero que conozcas tu nuevo patrimonio y lo brillante que será tu futuro.
—Umm, sí. Genial —digo sin ganas.
—Arthur está pensando que, como eres una atleta disciplinada, podrías ser su nuevo proyecto —añade mi madre con una sonrisa forzada—. De las canchas al hielo.
Suelto una carcajada limpia.
—Imposible. Yo no patino.
—Patinar es lo de menos —responde Arthur con una frialdad profesional—. Tendrás un instructor, solo necesito de ti disciplina. Te convertiré en la mejor.
—No, gracias. Yo soy futbolista —sentencio.
—Aliss, mírame —mi madre me toma de la mano. Sus ojos están llenos de una tristeza antigua—. Tenemos que avanzar. Además... a Alma le gustaba el patinaje, ¿recuerdas? Siempre decía que las patinadoras parecían volar.
El nombre de mi hermana cae como una bomba de humo. El nudo en mi garganta regresa. Ella amaba el arte, la elegancia. Sonrío con una amargura que me quema y miro a Arthur.
—Lo intentaré —susurro, solo por ella.
—Esto es ridículo —refunfuña Summer desde su silla.
Pero Arthur ya no la escucha. Ya tiene un nuevo activo en su tablero. Y yo tengo una nueva jaula de cristal: la pista de hielo.
(...)
El trayecto hacia el complejo deportivo se siente como un funeral en movimiento. El interior del Bentley de Arthur huele a cuero caro y al perfume floral de mi madre, pero el aire está cargado de una electricidad que me pone los pelos de punta.
Yo voy pegada a la ventanilla, viendo cómo el paisaje de Quebec se desvanece en un borrón de nieve y edificios grises. A mi lado, Summer no ha dejado de dar golpecitos rítmicos con sus uñas acrílicas sobre la pantalla de su iPhone.
—Papá, ¿de verdad tengo que ir? —se queja Summer sin despegar la vista del móvil—. Es día de entrenamiento cerrado. Liam se pone insoportable cuando hay gente mirando, y tener que ver a la "nueva" intentar no romperse los dientes no está en mi agenda de hoy.
—Liam tiene que aprender a lidiar con las distracciones —responde Arthur con voz monocorde, mientras revisa unos documentos en su tablet—. Y tú tienes que aprender que en esta familia apoyamos los nuevos proyectos.
—¿Proyectos? —Summer suelta una risa nasal y me mira de reojo—. Es una futbolista de barrio, papá. Sus piernas están hechas para dar patadas, no para tener gracia. Va a parecer un pato mareado.
—Summer, basta —murmura mi madre, Elena, con esa voz suave que siempre usa cuando intenta apagar incendios. Me mira por el retrovisor y me dedica una sonrisa triste—. Aliss lo hará genial. Tiene disciplina.
—Lo que tengo es ganas de bajarme de este coche —le suelto, apretando el balón de fútbol contra mi regazo como si fuera un escudo.
—Escúchame, Alessia —Arthur deja la tablet a un lado y me clava una mirada que me hace sentir como si estuviera bajo un microscopio—. Liam Gauthier es el mejor jugador que ha visto esta provincia en décadas. Es mi mayor inversión. No espero que te lleves bien con él, pero espero que observes. Aprende su rigor. Mañana Nikolai Sokolov se hará cargo de ti, pero hoy... hoy quiero que veas lo que significa el éxito en el hielo.
—¿Gauthier? —pregunto, probando el nombre en mi lengua. Suena a apellido de alguien que se cree el dueño del mundo.
—El "Rey" —se burla Summer, esta vez con una nota de admiración que no puede ocultar—. Aunque más te vale no respirar cerca de él. Liam odia a los intrusos, y tú, eres la intrusa más grande que ha pisado su pista.
El coche se detiene frente a un edificio imponente de acero y cristal. En la fachada, un logo gigante de los Warriors brilla bajo la luz grisácea.
—Llegamos —anuncia Arthur, bajándose con la autoridad de un emperador.
Mi madre me toma la mano un segundo antes de salir.
—Por favor, Aliss... por Alma. Solo mantén la cabeza alta.
Salgo del coche y el frío me golpea la cara. Al entrar al complejo, el sonido de las cuchillas cortando el hielo llega a mis oídos antes de que pueda ver la pista. Es un sonido agresivo, rápido, dominante.
Caminamos por el túnel que lleva a la zona de entrenamiento. Summer se adelanta, ansiosa por ver a su ídolo, mientras yo camino con mis tacos de fútbol en la mano, sintiéndome el bicho raro más grande de Canadá.
Al final del túnel, la pista se abre ante nosotros. Y ahí está él. Una mancha negra y veloz que cruza el hielo como si fuera un rayo. Liam frena en seco frente a nuestra posición, levantando una cortina de nieve que salpica el cristal de seguridad.
Se quita el casco, y por primera vez, sus ojos grises se clavan en los míos. No hay bienvenida. No hay cortesía. Solo un desafío gélido que me dice que mi pesadilla acaba de empezar...