PRÓLOGO: Propiedad privada.
Hay silencios que salvan vidas y silencios que te matan lentamente.
El primero lo conocí en Barcelona, cuando mi padre llegaba borracho y yo tenía que taparle la boca a mi hermana pequeña para que no nos oyera respirar. El segundo lo conocí aquí, en Quebec, entre las paredes de mármol de un hombre que cree que puede comprarlo todo, incluso mi libertad.
Yo no soy nada de Liam Gauthier. No compartimos sangre, ni apellido, ni un pasado. Solo compartimos un dueño: Arthur Harrison.
—¿Te gusta lo que ves, Barcelona? —la voz de Liam surge de las sombras del gimnasio privado, cargada de ese veneno que solo los que se creen reyes pueden escupir.
Dejo de golpear el balón contra la pared y lo miro. Liam está ahí, apoyado contra el marco de la puerta, con esa arrogancia de quien sabe que vale cincuenta millones de dólares sobre el hielo. Arthur lo sacó del barro para convertirlo en una estrella; a mí me sacó del infierno para convertirme en su nuevo juguete de exhibición.
—Pienso que este lugar es una tumba muy cara, Gauthier —le digo, sin bajar la mirada—. Y que tú solo eres el muerto más elegante del cementerio.
Liam se acerca con esa forma de caminar de un depredador que nunca ha sido desafiado. Se detiene a escasos centímetros de mí. No hay calidez, solo una hostilidad eléctrica que hace que el aire entre nosotros parezca a punto de estallar.
—Escúchame bien, intrusa —susurra, inclinándose sobre mí—. Arthur tiene una regla de oro: sus inversiones no se mezclan. No me hables, no me mires y, sobre todo, no creas que por vivir bajo este techo tienes derecho a respirar mi mismo aire.
—¿Crees que me importa tu aire? —suelto una risa amarga—. He sobrevivido a hombres que daban miedo de verdad, Liam. Tú solo eres un niño con una correa de diamantes que hace lo que Arthur le ordena.
Él me acorrala contra el cristal del gimnasio. Sus manos se apoyan con fuerza a ambos lados de mi cabeza, atrapándome. No hay ni un ápice de "hermandad" en sus ojos; solo un odio crudo que empieza a transformarse en algo mucho más peligroso.
—Un solo roce, Alessia —masulla, y su aliento frío roza mis labios—. Un solo error que distraiga al "Rey" de los Warriors, y Arthur te mandará de vuelta a casa.
—Entonces aléjate —lo desafío, aunque mi corazón golpea con fuerza contra mis costillas.
—Ese es el problema —sus ojos descienden a mi boca con una intensidad que me quema—. Que cuanto más me dices que me aleje, más ganas tengo de ver cómo te quiebras.
Arthur nos salvó de nuestras pesadillas solo para encerrarnos en una jaula de oro. Y en esta jaula, el deseo no es un pecado familiar... es una traición al contrato que nos mantiene vivos.