Hielo prohibido.

2.

CAPÍTULO 2: La consistencia del hielo

El olor del complejo no es como el de los vestuarios de Barcelona. No huele a césped mojado, a sudor caliente ni a linimento barato. Huele a desinfectante industrial, a frío artificial y a metal. Un olor limpio, quirúrgico y profundamente hostil.

—Alessia.

La voz de Arthur me saca de mi letargo. Estamos en un reservado a pie de pista. Mi madre se ha quedado un paso atrás, con las manos entrelazadas, mirándome con esa mezcla de esperanza y culpa que empieza a ponerme enferma. A nuestro lado, un hombre mayor, vestido con un chándal negro impecable y una postura tan rígida que parece de madera, nos observa sin pestañear.

—Él es Nikolai Sokolov —lo presenta Arthur, sin un solo ademán de calidez—. Miembro del equipo técnico de los Warriors y, a partir de hoy, tu peor pesadilla si decides no esforzarte.

Nikolai no me da la mano. Sus ojos, de un azul tan desvaído que parecen transparentes, me escanean de arriba abajo. Se detiene en mis piernas, luego en mis hombros.

—Demasiado rígida —dice. Su acento ruso es espeso, arrastrado—. El fútbol genera músculos de choque, de carrera bruta. El patinaje es fluidez. El hielo no se golpea, Alessia. Al hielo se le seduce. Y tú pareces lista para una pelea de bar.

—Sé caerme y sé levantarme —le respondo, clavando la barbilla. Las respuestas rápidas son mi único escudo.

Nikolai suelta un soplido que pretende ser una risa.

—Ya veremos cuánto dura esa boca cuando tus rodillas toquen el suelo. Ponte los patines.

Los patines que me han preparado son blancos, rígidos y huelen a cuero nuevo. Al calzármelos y ponerme en pie sobre las protecciones de goma del suelo, me siento ridícula. El centro de gravedad ha cambiado por completo. Ya no tengo tacos que se claven en la tierra; tengo dos cuchillas de acero que amenazan con deslizarse hacia lados opuestos en cualquier momento.

Caminamos hacia la puerta de la pista. El entrenamiento de los Warriors ha terminado, pero el equipo no se ha ido. Están en el banquillo, quitándose las protecciones, hablando entre ellos. Y entre todos, destaca Liam. Está sentado, con el torso cubierto solo por la camiseta térmica negra, empapado en sudor, escuchando a uno de los entrenadores adjuntos.

Cuando Nikolai abre la puerta de la valla, el frío real de la pista me golpea la cara.

—Da un paso —ordena el ruso.

Miro el hielo. Parece un espejo pulido, impecable. Doy el primer paso.

Mi pie derecho avanza, pero el izquierdo decide quedarse atrás. El equilibrio desaparece en una milésima de segundo. Mis brazos se agitan en el aire como las aspas de un molino defectuoso y, antes de que pueda procesarlo, mi cadera impacta contra la superficie dura.

Pam.

El sonido resuena en todo el pabellón. No es como caer en el césped. El hielo no amortigua; te devuelve el golpe con la misma fuerza que le das.

—Primer error —dice Nikolai, estático en la banda—. Estás intentando caminar. No camines. Desliza. Arriba.

Me muerdo el interior de la mejilla para no soltar una palabrota en catalán. Apoyo las manos, sintiendo el frío abrasador del hielo colarse por mis guantes prestados, y me pongo en pie. Mis piernas tiemblan como las de un ciervo recién nacido. Doy medio paso más. Las cuchillas se abren.

Esta vez caigo de rodillas. El dolor me sube directo por la espina dorsal.

Desde el banquillo, llega una risa estridente. No tengo que girarme para saber de quién es. Summer está sentada en la primera fila de la grada, con los brazos cruzados y una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Te lo dije, papá! —grita, asegurándose de que su voz se escuche en todo el recinto—. ¡Parece un pato mareado! Es patético.

Busco a mi madre con la mirada. Elena aparta los ojos, visiblemente incómoda, buscando la aprobación de Arthur. Pero Arthur ni siquiera mira a su hija. Tiene los brazos cruzados sobre su abrigo de cachemira, observándome con una frialdad analítica, como quien mira una máquina que necesita calibración. No hay lástima en sus ojos. Solo expectativa.

—De nuevo, Alessia —insiste Nikolai—. Si pasas más tiempo en el suelo que de pie, la sesión habrá terminado antes de empezar.

Me levanto otra vez. El orgullo me quema la garganta más que el frío. Intento recordar cómo se siente el equilibrio en el campo, el control de mi propio cuerpo, pero aquí las reglas de la física son distintas. Intento avanzar un metro. Las piernas se me cruzan y caigo de lado, golpeándome el hombro contra el hielo.

Esta vez me quedo un segundo extra boca abajo. El hielo está pegado a mi mejilla. Me escuece la piel. Siento los ojos húmedos, no de tristeza, sino de pura y dura rabia. En Barcelona yo dominaba el espacio. En Barcelona la gente se apartaba cuando yo corría con el balón. Aquí soy un chiste. Un juguete que Arthur ha comprado para entretenerse.

Giro la cabeza ligeramente hacia el banquillo de los Warriors, esperando ver las burlas de todo el equipo técnico. Los jugadores murmuran, algunos miran hacia otro lado por pura incomodidad.

Y entonces veo a Liam.

Está apoyado en la barandilla, con una toalla blanca sobre los hombros. No se está riendo. Tampoco tiene esa mirada de superioridad de Summer. Sus ojos grises están fijos en mí, analizando mis caídas con una intensidad pesada, casi clínica. Hay algo en su rostro que no descifro: una falta absoluta de empatía, pero también una total ausencia de burla. Me mira como si fuera un problema matemático difícil de resolver. Como si midiera la resistencia de mis huesos antes de romperse.

Nuestras miradas se cruzan durante tres segundos eternos. Sostengo el tipo todo lo que puedo, apretando los dientes, hasta que él aparta la vista, se da la vuelta y camina hacia el túnel de los vestuarios sin decir una sola palabra.

Su silencio me duele más que las carcajadas de Summer.

—Suficiente por hoy —sentencia Nikolai, rompiendo el trance—. Tu cuerpo está demasiado tenso. Mañana empezaremos desde cero. En la barra. Como los niños de cinco años.




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