El cuerpo en la mesa de autopsia tenía sesenta y tres años, según su documentación. Irina Kuznetsova sabía que mentía. La piel del cuello, tensa sobre la mandíbula, mostraba los primeros signos de plastificación química que el forense anterior había ignorado. El hombre llevaba al menos setenta y dos horas muerto, no veinticuatro como indicaba el informe policial. Alguien había pagado por acortar ese intervalo. Alguien siempre pagaba.
—Lividez post-mortem en región lumbar y miembros inferiores —murmuró al grabador, aunque nadie revisaría estas cintas. Eran las 3:17 de la madrugada del martes, y en el Instituto de Medicina Forense de San Petersburgo solo quedaban los muertos y ella.
La luz fluorescente zumbaba con el sonido de insectos electrocutados. Irina ajustó su lupa sobre el esternón del cadáver, buscando lo que sus colegas no habían querido ver: la pequeña hematoma en el tercer espacio intercostal, consistente con compresión digital mantenida durante minutos. Este hombre no había muerto de causas naturales. Este hombre había sido sostenido mientras se asfixiaba, sostenido por manos que conocían la anatomía suficiente para no dejar moretones obvios.
Guardó el dato en su memoria, no en el informe. El informe diría *infarto agudo de miocardio*. El informe siempre decía lo que pagaban que dijera.
Su teléfono vibró en el bolsillo de su bata. Número bloqueado.
—Kuznetsova.
—Doctora. —Voz masculina, filtrada por algún modulador digital. —Tiene un cuerpo en la morgue del río Fontanka. Ahogado. Número de registro provisional 7F-2903. Necesito que lo examine antes de las 6:00 AM y antes de que llegue el forense oficial.
—No trabajo para—
—Tres meses de diálisis para Anna Sergeyevna. —La voz no cambió de tono. —El tratamiento completo, no la sesión de emergencia de la semana pasada. Incluye transporte a la clínica de Moscú si es necesario.
Irina cerró los ojos. La habitación de su hermana en el Hospital Municipal Nº 4 tenía vista a un callejón donde los enfermos fumaban morfina sintética. Las máquinas que mantenían viva a Anna tenían veinte años de antigüedad y fallaban cada vez que nevaba. La lista de espera para trasplante renal en el sistema público tenía cuatro años de retraso. Anna tenía veintiséis. Llevaba tres en diálisis.
—¿Quién es la víctima?
—Eso es lo que le pagamos para que averigüe.
La línea se cortó.
Irina miró el cuerpo de sesenta y tres años en su mesa. El hombre que no había sido estrangulado oficialmente. Pensó en su jefe, el Dr. Fyodorov, que llegaría a las 9:00 AM con su aliento a vodka y sus manos sudorosas. Pensó en los expedientes que había alterado para pagar la deuda de juego de su exmarido, en los que había alterado después para saldar su propia deuda con el hospital. Pensó en la primera vez que había aceptado dinero sucio, hacía cuatro años, cuando Anna necesitaba una operación de emergencia y su salario de patóloga junior no alcanzaba ni para los antibióticos.
No era una heroína. Era una sobreviviente con un bisturí afilado.
Se quitó los guantes, se puso el abrigo, y salió a la nieve de febrero.
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El cuerpo estaba donde dijeron: en la morgue provisional del distrito de Fontanka, un edificio de ladrillo del siglo XIX que olía a desinfectante barato y moho. Dos hombres en chaquetas negras la esperaban en la entrada. No dijeron sus nombres. No necesitaban hacerlo. El más alto tenía un tatuaje de catedral en el cuello—cuatro cúpulas, no cinco, marca de la Bratva Volkov, rango de *vor* aprobado pero no consagrado. El otro era joven, nervioso, con las manos metidas en los bolsillos como si escondieran algo.
—Solo ella —dijo el alto cuando intentaron seguirla dentro.
—Solo yo —confirmó Irina.
La sala de autopsias improvisada tenía una sola mesa de acero inoxidable, iluminada por un foco industrial colgado del techo agrietado. El cuerpo sobre ella era de un hombre joven—treinta y dos años, estimó Irina antes de ver la cara. Luego vio la cara y supo que había cometido un error.
Era Sergei Volkov.
La conocía de los periódicos, de las fotos de sociedad que su hermana coleccionaba con mezcla de admiración y horror. El hermano menor de Aleksandr Volkov, el *Pakhan* de la Bratva más poderosa de Rusia. El príncipe de un imperio construido sobre cadáveres congelados en el Neva. Había sonreído en esas fotos, siempre con alguna actriz o modelo, siempre con el brillo de quien nunca ha tenido que elegir entre la verdad y la supervivencia.
Ahora no sonreía. Su piel tenía el color gris-azulado de la hipostasis en cadáveres acuáticos, pero Irina notó inmediatamente la inconsistencia: la lividez era irregular, más intensa en el torso que en las extremidades. Algo había interferido con la circulación sanguínea normal post-mortem. Algo o alguien.
—No toque nada hasta que termine —ordenó a los hombres de la puerta, aunque sabía que no obedecerían.
Se puso los guantes—los suyos, traídos de su propio equipo, porque no confiaba en lo que encontraría allí—y comenzó el examen externo sistemático. Cabeza: contusión occipital moderada, consistente con caída o golpe contra superficie dura. No mortal. Ojos: conjuntivas hemorrágicas, signo de asfixia. Cuello: no hay marcas de estrangulación manual ni ligadura. Tórax:
Se detuvo.
El esternón tenía una depresión sutil, casi imperceptible al tacto visual, pero palpable cuando aplicó presión con los pulgares. Fractura costal 4ª y 5ª izquierda, reciente, con hematoma subcutáneo en formación. Esto no era post-mortem. Esto había ocurrido mientras el corazón aún latía, o poco después.
Irina levantó la vista hacia los hombres de la puerta. El alto la observaba con expresión vacía. El joven no miraba el cuerpo. Miraba sus zapatos.
—Necesito hacer una incisión —dijo. —Para confirmar causas.
—No hay tiempo —respondió el alto.
—Hay sangre en los pulmones —mintió Irina. —Si no confirmo si fue antes o después de la muerte, no podré decirles si su jefe fue asesinado o tuvo un accidente.