Hielo y Acero

capitulo 2

El coche era un Mercedes-Maybach negro, interior de cuero beige que olía a limpiador de lujo y a algo más oscuro—tabaco de pipa, quizás, o el residuo químico de armas limpiadas recientemente. Irina se sentó en el asiento trasero, consciente de que el respaldo podría ocultar cualquier cosa: armas, sangre seca, el olor metálico del miedo de otros pasajeros que habían ocupado ese lugar antes que ella.

Volkov conducía. No había chofer. Esta era una conversación que no requería testigos, ni siquiera los de su propia organización.

—La escena está contaminada —dijo él, sin mirarla por el espejo retrovisor. —La policía llegó primero. Luego mis hombres. Luego los forenses oficiales que usted desprecia. Cada uno dejó su huella, su teoría, su incompetencia.

—¿Dónde exactamente?

—Puente de la Trinidad. El cuerpo flotaba cien metros aguas abajo, atrapado en los restos de una barcaza hundida en los noventa.

Irina conocía el lugar. Cada patólogo de San Petersburgo lo conocía—el Fontanka era un cementerio acuático, el río que recogía los secretos de la ciudad y los depositaba en las orillas con la marea. Suicidas, asesinados, borrachos que resbalaron. El agua borraba evidencia con la paciencia de un cómplice perfecto.

—La hora de la muerte —dijo ella. —Necesito saber cuándo fue arrojado.

—Eso es su trabajo.

—Necesito datos. Temperatura del agua, corrientes, estado de digestión del contenido gástrico. Si su hermano cenó a las diez y el alimento estaba intacto...

—Cenó a las nueve. En el restaurante Beluga, con una mujer que no ha aparecido. Mis hombres están buscándola.

—¿Y usted?

Volkov giró el volante con precisión quirúrgica, evitando un bache que habría sacudido el coche. En el mundo de Irina, eso era información: conocía cada irregularidad de estas calles, había memorizado el mapa de su territorio como otros memorizan oraciones.

—Yo busco al asesino —dijo. —Mientras usted me dice quién es.

El puente de la Trinidad emergió de la niebla como una estructura de pesadilla, sus arcos de hierro forjado cubiertos de hielo negro. A las 4:30 AM, no había tráfico, solo luces policiales que parpadeaban en la orilla opuesta—luces que se apagaron cuando el Mercedes se aproximó, obedeciendo una orden que Irina no había escuchado.

Volkov estacionó en el centro del puente. Bajó del coche, rodeó el capó, y abrió la puerta de ella. No como cortesía. Como vigilancia.

—Mire —dijo, señalando hacia el agua.

Irina se acercó a la barandilla. El Fontanka fluía oscuro y silencioso bajo ellos, la superficie apenas agitada por la nieve que caía en vertical. Pero fue el olor lo que la alertó—no el olor del río, sino algo más denso, más reciente. Desinfectante industrial mezclado con descomposición temprana.

—Aquí fue donde lo arrojaron —dijo Volkov. —O donde saltó. O donde lo dejaron morir.

—¿Hay cámaras?

—Tres. Todas "fallaron" entre las 11:30 PM y la 1:15 AM.

—¿Quién tiene acceso a las cámaras del puente?

Volkov no respondió inmediatamente. Esa pausa, Irina la registraría después, fue la primera grieta en su armadura de control.

—El Departamento de Transporte de la ciudad. Mi propia seguridad. Y el Servicio Federal de Seguridad, que monitorea este sector por "razones estratégicas".

—Alguien con influencias en los tres niveles.

—O alguien que pagó a los tres niveles. —Se volvió hacia ella, y la luz de un farol distante iluminó su perfil—pómulo alto, mandíbula tensa, la cicatriz apenas visible en la ceja izquierda que transformaba su belleza en advertencia. —Mi hermano no era inocente, doctora. Cometió errores. Traicionó a aliados, malversó fondos, se enamoró de mujeres que no debía. Pero no merecía esto. Nadie merece morir con las manos de su asesino intentando extraerle el último aliento de vuelta.

Irina estudió el agua. En su mente, reconstruía la escena: Sergei Volkov, inconsciente por ketamina, arrastrado o transportado hasta este punto. El asesino—o los asesinos—posicionándolo sobre la barandilla. La caída. El impacto frío. Y luego... ¿qué? ¿Esperaron a que emergiera? ¿Lo siguieron río abajo? ¿O alguien estaba allí, en la orilla, esperando para intentar la reanimación que encontró en su autopsia?

—Necesito ver donde lo encontraron.

Volkov asintió. Volvieron al coche, descendieron por una rampa de servicio hasta la orilla, donde la nieve estaba pisoteada por docenas de botas. Irina se agachó, ignorando el frío que penetraba sus zapatos de hospital, y examinó el muelle de madera podrida donde habían extraído el cuerpo.

—Aquí —dijo, señalando marcas en la madera. —No son de las botas de rescate. Son paralelas, profundas, consistentes con el peso de alguien arrodillado. Alguien estuvo aquí, en esta posición, durante al menos quince minutos.

—¿Reanimándolo?

—O verificando que estuviera muerto. —Se incorporó, frotándose las manos para restaurar la circulación. —La posición es importante. Si estaba arrodillado, aplicaba compresiones torácicas desde un ángulo inferior. Eso explicaría la fractura del esternón—la fuerza venía de abajo, no de arriba como en la técnica estándar.

—¿Quién usa esa técnica?

—Paramédicos en espacios reducidos. Cirujanos torácicos practicando en simuladores. O... —dudó, evaluando si compartir esta información la acercaba más a la verdad o a la tumba. —Personal médico militar entrenado en reanimación en campo de batalla. La técnica se desarrolló para vehículos de combate donde no hay espacio para posición erguida.

Volkov permaneció inmóvil. Cuando habló, su voz era más baja, más peligrosa.

—Mi padre murió en Afganistán. Antes de que naciéramos. Mi madre... está indispuesta. Pero mi tío, Dmitri Volkov, sirvió en la guerra de Chechenia. Médico de campaña. Cirujano torácico de emergencia.

—¿Su tío es médico?

—Su tío *era* médico. Ahora es mi consejero. Mi mano derecha desde que asumí el control de la Bratva. —Una pausa. —¿Sugiere que Dmitri mató a su propio sobrino?




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