El convoy consistía en tres vehículos idénticos: Mercedes G-Class negros, matrículas de Moscú, vidrios tintados que no eran legales ni siquiera para la Bratva. Irina viajaba en el del medio, entre dos guardias que no habían dicho su nombre y que olían a tabaco barato y a aceite de arma. Aleksandr iba adelante, solo, conduciendo él mismo —otra grieta en su armadura de Pakhan, otro signo de que esta operación no seguía protocolo.
Salieron de San Petersburgo antes del amanecer, cuando la ciudad aún dormía bajo su manto de nieve y mentiras. La carretera M10 se extendía frente a ellos como cinta gris, bordeada de abedules que parecían centinelas descabezados en la penumbra.
—¿Adónde vamos? —preguntó al guardia de la izquierda, sabiendo que no respondería.
El hombre miró al frente. Eso fue todo.
Irina observó el paisaje que se deslizaba: fábricas abandonadas con ventanas rotas como ojos vacíos, pueblos donde las casas de madera se hundían bajo el peso de inviernos que no terminaban, estaciones de servicio con bombas que marcaban precios de hacía una década. Rusia profunda, la que los noticieros no mostraban, la que sobrevivía a pesar de todo.
En Tver, el convoy se detuvo. No en gasolinera —en un complejo industrial oxidado donde un hombre les esperaba con bidones de combustible y expresión de quien ha aprendido a no ver rostros. Aleksandr bajó, habló en voz baja, intercambió algo que Irina no vio.
Cuando regresó, traía una bolsa. La arrojó al asiento trasero, a los pies de Irina.
—Ropa —dijo, sin mirarla—. La suya tiene micrófonos. Tres, que encontré. Quizás haya más que no detecté.
—¿Quién me puso micrófonos?
—Quienquiera que tenga acceso a su apartamento. Su oficina. Su vida. —Arrancó el motor—. Vístase. Nos quedan seis horas de viaje y no confío en nadie hasta que crucemos la frontera.
—¿Qué frontera? Estamos en Rusia.
Aleksandr sonrió —primera vez desde que abandonaron el penthouse— y fue expresión que no contenían humor.
—Fronteras no son solo líneas en mapa, doctora. Son acuerdos. Zonas de influencia. Lugares donde la ley de Moscú termina y comienza... otra cosa.
No explicó más. Irina abrió la bolsa: ropa térmica, pantalón cargo, chaqueta de camuflaje que olía a almacén militar. Ropa de hombre, talla que no era la suya pero que serviría. Botas con suela de goma, número cuarenta —un grande para ella, pero mejor que los zapatos de hospital.
Se cambió en el asiento trasero, con los guardias que miraban al frente con la disciplina de quienes saben que observarla significaría muerte. La chaqueta tenía bolsillos interiores —en uno encontró pasaporte con su fotografía pero nombre falso: *Elena Volkov*. Esposa, pensó. O viuda. O lo que fuera necesario para cruzar fronteras invisibles.
—¿Por qué Volkov? —preguntó cuando el convoy se puso en marcha.
—Porque es nombre que abre puertas. Y porque —dudó, eligiendo palabras— y porque si alguien verifica, encontrará registro de matrimonio en archivo de Novgorod. Fechado hace tres años. Disuelto por mi muerte, supuestamente, en accidente de caza.
—¿Me casó con usted en documentos falsos hace tres años?
—Me casé con concepto de usted. Con necesidad de tener alguien en reserva, alguien que no existiera, alguien que... —se interrumpió, girando el volante para evitar un ciervo que cruzaba la carretera— alguien que pudiera ser útil eventualmente.
—¿Y ahora lo soy?
Aleksandr no respondió. En el espejo retrovisor, sus ojos encontraron los de ella por un segundo —gris sobre marrón, hielo sobre tierra— y algo pasó que Irina no supo nombrar. Reconocimiento, quizás. O advertencia. O el principio de algo que ambos negarían hasta que fuera demasiado tarde.
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Cruzaron la frontera invisible a las 2:00 PM, aunque no había señal, no había control, no había indicación geográfica. Solo cambio en la carretera —de asfalto agrietado a gravilla recién extendida— y en los postes eléctricos —de madera podrida a torres de metal que brillaban con pintura nueva.
—República de Carelia —dijo el guardia de la izquierda, primera palabra que pronunciaba en cuatro horas—. Zona franca. Leyes propias.
—¿Qué significa "zona franca"?
—Significa —intervino Aleksandr— que aquí no opera Bratva. Ni FSB. Ni nadie que responda a Moscú. Significa que mi padre murió en estas montañas hace treinta años, y que mi tío Dmitri regresó de ellas convertido en algo que nadie entendía. Significa que si Anna está viva, está aquí. Y si está muerta —su voz no fluctuó— encontraremos quién la mató.
Irina estudió el paisaje que se había vuelto montañoso, boscoso, antiguo. Bosques de coníferas que parecían no haber sido tocados desde la era soviética, lagos congelados que reflejaban cielo gris como espejos rotos. Belleza que no consolaba, naturaleza que no era benigna.
—¿Por qué su padre murió aquí?
—Ejercicios militares. Afganistán estaba terminando, la Unión se desmoronaba, y el ejército necesitaba lugares para entrenar sin que Washington lo supiera. Mi padre era instructor de tácticas de montaña. Mi madre —dudó— mi madre era médica civil asignada al campamento. Yo tenía dos años. Sergei, cuatro.
—¿Y su tío?
—Dmitri era cirujano militar. Voluntario, dicen. Aunque nadie voluntaria para Carelia en 1989. —El tono sugería historia que no contaría, herida que no exhibiría—. Cuando terminó, mi padre estaba muerto —accidente de entrenamiento, informe oficial— mi madre estaba "indispuesta" —hospital psiquiátrico, luego silencio— y Dmitri tenía conexiones que un médico de campaña no debería tener. Fondos. Influencia. Acceso.
—¿Cree que Dmitri mató a su padre?
—Creo —Aleksandr redujo velocidad, adentrándose en camino forestal que no aparecía en mapas— creo que Dmitri descubrió algo en estas montañas. Algo que valía más que lealtad familiar. Algo que mi padre intentó impedir, o proteger, o... —se detuvo el coche frente a una cabaña de madera que parecía abandonada— o algo que lo mató sin que Dmitri tuviera que ensuciarse las manos.