El tren se detuvo en las afueras de San Petersburgo, no en estación sino en vía muerta industrial donde la nieve no se limpiaba desde hacía décadas. Irina bajó sin esperar escalera, saltando al terraplén con impaciencia que no podía disimular. Aleksandr la siguió, más lento, calculando cada movimiento como si el suelo fuera minado.
—Necesito ver a Petrov —dijo Irina, ya caminando hacia los coches que esperaban—. Necesito confrontarla antes de que sospeche que sé.
—Petrov no confronta. Elimina.
—Entonces la sorprendo. La encuentro en escena de crimen, donde no puede actuar sin testigos. Donde su máscara de forense oficial la expone.
Aleksandr la detuvo con mano en su brazo. No fuerte, pero firme suficiente para que sintiera el límite.
—Doctora. Natalia Petrov mató a mi hermano. Si está en escena de crimen ahora, es porque acaba de matar a alguien más. O porque prepara matar a usted.
—Entonces me acompaña.
—Eso es lo que espera. Que reaccione emocionalmente, que exponga debilidad, que demuestre que usted significa algo para mí más allá de utilidad profesional.
Irina lo miró. La nieve caía entre ellos, fina, persistente, borrando el mundo que no fuera su rostro.
—¿Significo algo más?
Aleksandr no respondió. Soltó su brazo, se dirigió al coche delantero, y esperó que ella subiera. En el silencio del trayecto, Irina procesó lo que no había dicho. Y lo que ella tampoco había dicho. Y la distancia peligrosa entre ambos silencios.
---
La escena de crimen estaba en el río Mojka, canal estrecho que serpenteaba entre edificios del siglo XVIII convertidos en hoteles de lujo. El cuerpo flotaba cerca de una esclusa, atrapado en red de pesca que alguien había colocado allí intencionalmente, como si quisiera que fuera encontrado.
Irina reconoció el procedimiento antes de bajar del coche. Luces policiales, cinta amarilla, fotógrafos que no eran forenses sino periodistas sobornados. Y en el centro, Natalia Petrov con bata blanca que no era la suya de patólogo, sino más nueva, más impecable, como si hubiera cambiado específicamente para esta ocasión.
—Doctora Kuznetsova —dijo Petrov, sin sorpresa, sin alarma—. El capitán Mikhailov me informó de su regreso. Me pidió que la esperara.
—¿Por qué?
—Porque esta víctima —señaló hacia el cuerpo que aún no habían extraído— tiene su nombre escrito en el bolsillo. Literalmente. "Irina Kuznetsova. Fontanka 15. 2019."
Irina sintió que el hielo del canal penetraba sus zapatos, subía por sus piernas, alcanzaba su corazón. Fontanka 15. Su antigua dirección. El apartamento que había abandonado cuando el dinero de la Bratva le permitió algo mejor. 2019. El año que había aceptado el primer pago.
—¿Quién es?
—Aún no lo sabemos. Masculino, treinta y cinco años aproximadamente, sin identificación. Pero —Petrov sonrió, y era expresión que Irina ahora leía diferente: no severidad soviética, sino anticipación de depredador— pero tiene algo que quizás reconozca.
El cuerpo fue izado con red. Irina se acercó, profesionalismo automático superando terror. Ropa: chaqueta militar desgastada, pantalón de trabajo, botas que habían caminado mucho. Rostro: hinchado por agua, pero rasgos que no eran desconocidos. Cicatriz en ceja izquierda, forma de gancho, que transformaba belleza juvenil en algo más duro.
—Dios mío —susurró.
—¿Lo conoce?
Irina miró a Petrov. Realmente miró, buscando en esos ojos que habían visto treinta y siete cuerpos enterrados en nieve, que habían administrado drogas a niños, que habían matado a Sergei Volkov con técnica aprendida en clínica de tortura.
—Es guardia. Del tren. El que nos escoltó en Moscú. El que estaba herido cuando...
—Cuando Dmitri Volkov fue liberado de nuestra custodia. Sí, lo sé. —Petrov se acercó, voz bajando hasta ser íntima, obscene—. Lo sé porque yo organicé su liberación. Porque este hombre —pateó suavemente el cuerpo, gesto de desprecio que no era forense— era testigo. Vio quién entró al almacén. Vio quién habló con Dmitri. Vio quién salió con información que no debía tener.
—¿Por qué matarlo ahora? ¿Por qué exponerlo así?
—Porque usted necesita recordatorio, doctora. De que no hay lugar seguro. De que cada aliado que cree tener es temporal. De que su hermana —Petrov sacó teléfono, mostró fotografía: Anna, conectada a máquinas, pero consciente, asustada, viva— su hermana permanece viva solo mientras usted coopera. Y coopera significa: no confrontar, no acusar, no intentar ser heroína en escena de crimen que controlamos.
Irina tomó el teléfono. Manos temblaban, pero no soltaba el dispositivo. En la pantalla, Anna movía labios, formando palabra que no podía escuchar pero que leyó en los labios: "No."
—¿Dónde está?
—Cerca. Lejos. Depende de su siguiente movimiento. —Petrov recuperó el teléfono, guardándolo con deliberada lentitud—. Ahora, doctora, tiene elección que no es realmente elección. Puede firmar informe forense que indica que este hombre murió de ahogamiento accidental, intoxicado, suicida desafortunado. O puede intentar verdad, y ver cómo su hermana deja de recibir medicación en... —consultó reloj— aproximadamente cuarenta minutos. Tiempo de viaje desde aquí hasta clínica donde está, si se tiene vehículo adecuado. Que usted no tiene. Que yo no le daré.
Irina miró el cuerpo del guardia. Miró la cicatriz en su ceja, gemela de la que Aleksandr llevaba. Miró las manos, que en vida habían sostenido arma, habían protegido, habían fallado.
—Hay tercera opción —dijo.
—No hay terceras opciones en mundo binario, doctora. Solo sí o no. Solo obediencia o consecuencia.
—Hay opción que usted no calculó. —Irina se inclinó, simulando examinar cuerpo más de cerca, y susurró dirección que Petrov no pudo escuchar—. La opción en la que yo no soy heroína sola.
Aleksandr emergió de entre los periodistas. No con guardias, no con armas visibles, solo con presencia que hizo que los fotógrafos dejaran de disparar, que los policías se apartaran, que el aire mismo pareciera congelarse más allá de lo que el invierno explicaba.