Hielo y Acero

capitulo 8.

El tren no se movió.

Irina sintió la vibración del motor eléctrico, el zumbido de los sistemas de climatización, pero el vagón permanecía inmóvil en vía muerta mientras Aleksandr gritaba órdenes que sus hombres no ejecutaban.

—¿Qué ocurre? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—Petrov activó protocolo antes de que la detuviéramos. —Aleksandr destrozó pantalla de comunicaciones con puño, vidrio templado que no se astillaba sino que colapsaba en polvo—. La red no es solo de personas. Es de sistemas. Trenes, semáforos, centrales eléctricas. Todo responde a código que ella implantó durante décadas.

—Entonces salimos a pie.

—A quince kilómetros de la ciudad, con mi hermana en clínica que no conocemos, con treinta minutos de margen...

—Veintiocho —corrigió Irina, consultando reloj—. Y contamos desde hace dos.

Aleksandr la miró. Realmente miró, en medio del caos de su centro de comando móvil, y algo cambió en su expresión. No era hielo ni fuego. Era decisión.

—Usted primero —dijo, abriendo compartimento de emergencia, sacando armas que no eran de Bratva sino personales: Glock 19 compacto, silenciador roscado, cargadores extendidos—. Yo cubro retaguardia. Si nos separamos, punto de encuentro: catedral de San Isaac. Altar de la Virgen de Kazán. En dos horas, si no llego, usted...

—No —interrumpió Irina, tomando arma con manos que no temblaban—. No hay separación. No hay "si no llego". Nos movemos juntos o no nos movemos.

—Eso es sentimentalismo. Es...

—Eso es táctica. Dos objetivos son más difíciles que uno. Y usted —señaló ventana, donde figuras ya se movían en periferia, siluetas que no eran policia— necesita alguien que vea lo que usted no puede. Cuerpos. Escenas. Verdad que se esconde en sangre.

Aleksandr no discutió más. Rompió ventana con culata de segunda arma, saltó al terraplén cubierto de nieve, y extendió mano para ayudarla.

El frío fue cuchillo. Irina sintió que sus pulmones se contraían, que sus dedos perdían sensibilidad en segundos, que cada respiración robaba más calor del que devolvía. Pero corrió. Detrás de Aleksandr, siguiendo su ritmo, su trayectoria, su elección de camino entre montones de escombros industriales que ofrecían cobertura.

Disparos. No cercanos, no todavía, pero presentes. El crujido de nieve bajo botas que no eran las suyas, el eco de órdenes en radio que no captaban completamente.

—¿Cuántos? —jadeó, sin detenerse.

—Doce. Quizás quince. No son policías. —Aleksandr giró en esquina de edificio abandonado, comprobó ángulo, disparó tres veces con precisión quirúrgica. Alguien gritó. Alguien más cayó—. Son operativos de clínica. Reclutados de Spetsnaz, de FSB, de mercenarios que Petrov mantenía en reserva para...

Otro disparo, más cercano. Aleksandr empujó a Irina hacia suelo, cubriéndola con cuerpo que era escudo y peso simultáneamente. Bala pasó donde ella había estado, centímetros de su cráneo.

—Para esto —completó él, levantándose, devolviendo fuego—. Para limpieza final.

---

Corrieron veinte minutos. Irina perdió cuenta de distancia, de dirección, de todo excepto el ritmo de Aleksandr: correr, cubrir, disparar, repetir. Su mundo se redujo a ese ciclo, a confianza ciega en hombre que había sido enemigo y ahora era único puente hacia su hermana.

En un galpón de metal oxidado, se detuvieron. Aleksandr recargó, verificó herida en su brazo izquierdo que ella no había notado —sangre que empapaba manga, que no era arterial pero que perdía demasiado— y evaluó ventanas que no eran escapatoria sino trampas.

—Necesito vendaje —dijo, no como queja, como constatación.

Irina tomó iniciativa. Desgarró su propia camisa, capas térmicas que no eran suficientes contra frío pero que servían como material de presión. Envolvió brazo de Aleksandr con eficiencia de quien ha tratado heridas en peores condiciones, en escenas de crimen donde ambulancia no llegaba, donde supervivencia dependía de técnica más que de equipo.

—Apriete —ordenó—. No siente la herida, siente la presión. Si deja de sentir la presión, está perdiendo demasiado.

—Usted habla como médica de campo.

—Usted sangra como víctima de campo. —Terminó nudo, verificó tensión—. Ahora, opciones. ¿Seguimos corriendo hacia clínica desconocida, o encontramos transporte?

Aleksandr sonrió, amargo, real.

—Tercera opción. —Sacó teléfono satelital, último dispositivo que funcionaba—. Llamamos a quien no deberíamos llamar. A quien me odia lo suficiente para ayudar.

---

Viktoria Volkov llegó en helicóptero. No en posición de poder, no con guardia de honor, sino sola, pilotando ella misma, aterrizando en techo de galpón con precisión que sugería entrenamiento militar que nunca había admitido.

Bajó con rifle de asalto, no apuntando pero listo. Vestía negro, siempre negro, cabello rubio que no se movía con viento de hélices.

—Dijiste que nunca me pedirías nada, Sasha —dijo, voz que competía con ruido de motor que no apagaba.

—Dije que nunca te perdonaría. Son cosas diferentes.

—¿Y ella? —Viktoria señaló a Irina con cañón de rifle, gesto que no era amenaza sino evaluación—. ¿La forense es quien te convierte de lobo en cordero?

—La forense es quien me recuerda que todavía soy humano. —Aleksandr se acercó a helicóptero, sin pedir permiso, subiendo—. Tú eres quien me recuerda que necesito ser monstruo para sobrevivir. Hoy necesito ambas cosas.

Irina subió detrás. No había espacio para debate, para orgullo, para análisis de riesgo. Viktoria era peligro, sí, pero era peligro con helicóptero, con armas, con información que necesitaban.

—La clínica —dijo Aleksandr cuando despegaron, nieve arremolinándose bajo ellos—. Khamovniki es fachada. El lugar real está en...

—Kremlin? No. —Viktoria rio, sin humor—. Dmitri siempre fue dramático, pero no estúpido. La clínica real está en el distrito de Sokolniki, bajo fábrica de chocolate abandonada. Acceso por túnel de metro que nunca se construyó, línea que fue planificada en los setenta y cancelada en los ochenta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.