Hielo y Acero

capitulo 9.

El refugio era dacha soviética en bosques de Tver, propiedad que no aparecía en registros de Volkov ni de Bratva. Aleksandr la había comprado mediante empresa fantasma en 2019, explicó mientras revisaba armas en mesa de pino desgastada, para días como este. Días cuando no podía confiar en nadie excepto en su propia paranoia.

Irina no escuchaba completamente. Estaba ocupada en ventana, vigilando bosque que no se movía, comprobando que Anna dormía en habitación trasera, contando minutos desde última dosis de sedante que necesitaba para estabilizar.

—Ella está bien —dijo Aleksandr, sin levantar vista del rifle que desmontaba.

—Usted no es médico.

—Usted tampoco, aquí. Solo es hermana asustada.

Irina se giró. La luz de la lámpara de queroseno lo iluminaba desde abajo, transformando rasgos que ya eran duros en máscara de sombras afiladas.

—No me diga lo que soy.

—Entonces no me diga lo que no soy.

El silencio se extendió. Fuera, el viento golpeaba madera con ritmo que no era natural, que sugería pasos, que sugería peligro. Dentro, el calor de la estufa generaba capas de ropa que se quitaban, distancias que se reducían, tensiones que no eran solo de supervivencia.

Aleksandr dejó el rifle. Se levantó. Cruzó la distancia entre mesa y ventana con paso que no hacía ruido, que era advertencia incluso cuando no lo intentaba.

—Estamos vivos por mi decisión —dijo, voz baja, controlada, que no permitía interrupción—. Mi helicóptero. Mi información. Mi tía. Mi sangre derramada.

—Estamos vivos porque yo desactivé el protocolo. Porque yo corrí hacia los prisioneros. Porque yo...

—Usted actuó bajo mi protección. En mi territorio. Siguiendo mi estrategia.

Irina sintió calor en mejillas que no era de estufa. Era rabia, sí, pero algo más. Reconocimiento de dinámica que no quería nombrar.

—No soy su soldado, Volkov.

—No. Es algo más valioso. Y más peligroso. —Se acercó más. Lo suficiente para que ella sintiera calor de su cuerpo, olor de su sudor mezclado con desinfectante de heridas que ella misma había limpiado—. Es mi forense. Mi aliada. Mi... —dudó, palabra que no soltaba fácilmente— mi responsabilidad.

—No necesito que me proteja. Necesito que me respete.

Aleksandr rio. Sonido sin humor, que resonaba en pecho que ella veía subir y bajar bajo camisa abierta.

—Respeto es lujo, doctora. Lealtad es moneda. Y amor... —se detuvo, evaluando efecto de palabra— amor es debilidad que no puedo permitirme.

—Entonces ¿qué es esto?

Irina no retrocedió. Aunque él invadía su espacio. Aunque su altura la obligaba a mirar hacia arriba. Aunque cada instinto gritaba que cediera espacio, que cediera terreno, que cediera.

—Esto es necesidad —dijo él, mano levantándose hacia su rostro, deteniéndose a centímetros de contacto—. Es química. Es poder. Es usted y yo en habitación que no elegimos, sobreviviendo a día que no planeamos, queriendo algo que no podemos nombrar sin destruirnos.

—Inténtelo —retó ella—. Nómbrelo. Vea si me destruye.

Aleksandr bajó la mano. No tocó. Pero no se apartó.

—No es dominación si usted pide.

—No es sumisión si yo elijo.

La frase quedó suspendida. Respiración de ambos se sincronizó sin permiso, sin decisión consciente. El reloj de la mesa marcó segundos que no contaban.

—Anna despierta en tres horas —dijo finalmente Irina, rompiendo hechizo—. Necesita comida, medicación, explicaciones que no tengo.

—Tiene tres horas.

—¿Para qué?

Aleksandr sonrió. Por primera vez desde el rescate, expresión que no era cálculo ni control. Era desafío.

—Para demostrarme que no puede ser dominada. O para demostrarme que mentía.

---

La primera hora pasó en silencio de trabajo. Irina revisó heridas de Aleksandr que ella había vendado apresuradamente en helicóptero. Él permitió que sus manos recorrieran su torso, que presionaran donde dolor indicaba problema, que se demoraran donde no había dolor sino solo piel.

—Aquí —dijo ella, dedos en costilla que respuesta de forma inadecuada—. Fractura antigua. No de hoy.

—Chechenia. 2003.

—¿Cómo?

—Tortura. Interrogatorio que no respondí. —Capturó su muñeca, presión que no era dolorosa pero que era firme, que era posesión—. Aprendí que cuerpo resiste más de lo que mente cree. Que dolor es información, no sentencia.

Irina no liberó la muñeca. No luchó. Esperó.

—Suelte —dijo, voz que no era orden ni súplica. Era constatación de que podía soltar, si él no lo hacía primero.

Aleksandr obedeció. Lentamente, dedo por dedo, manteniendo contacto hasta último momento posible.

—Usted no cede —observó.

—Usted no domina.

—Aún.

—Nunca.

Segunda hora. Comida que no era comida sino excusa. Aleksandr preparó sopa de paquete, agua caliente, gestos domésticos que contradecían todo lo que era. Irina observó desde mesa, evaluando.

—¿Cocina para todos sus rehenes?

—No tengo rehenes. Tengo empleados. Tienen cocineros.

—¿Y aliadas?

Aleksandr sirvió sopa en tazón único. No dos. Uno, que colocó frente a ella.

—Compartimos —dijo—. O no come.

—¿Eso es control?

—Eso es intimidad. Control sería decidir yo solo.

Irina tomó cuchara. Comió primero, demostrando que no temía veneno, que no aceptaba su rol de protegida pasiva. Luego pasó tazón. Él comió del mismo lugar donde ella había comido, gesto que no era necesario, que era declaración.

—Sabe que esto es juego —dijo ella.

—Sé que todo es juego. —Devolvió tazón, vacío—. Pregunta es si jugamos mismo juego, o si usted inventa reglas nuevas para cada movimiento.

—Reglas son: no mienta, no fuerce, no asuma que mi sumisión es su derecho.

—Y mi regla única: no mienta sobre lo que siente.

Irina dejó cuchara. El sonido resonó en cabaña pequeña.

—No sé lo que siento. Hace demasiado tiempo que solo siento miedo, determinación, rabia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.