El invierno de San Petersburgo no cedía. Veintitrés días después de la confrontación con Viktoria, la ciudad permanecía bajo manto de hielo que parecía eterno, y la tregua que Irina y Aleksandr habían negociado se mantenía con la fragilidad de cristal en terremoto.
Anna mejoraba físicamente. La sedación había sido eliminada gradualmente, su organismo respondía a nutrición adecuada, y caminaba por el penthouse con ayuda que no pedía pero aceptaba. Pero su mente era territorio que Irina no podía sanar con técnicas forenses. Anna hablaba de sueños que no eran sueños, de habitaciones blancas donde la observaban, de una mujer de voz suave que le hacía preguntas sobre Irina mientras ella dormía bajo efecto de drogas.
—Era Petrov —dijo Anna una mañana, mientras Irina revisaba informes que Aleksandr le había proporcionado—. No lo supe entonces, pero ahora lo recuerdo. La forense que firmó informes de suicidio. Estaba allí, en la clínica. Me hacía preguntas sobre ti. Sobre tu trabajo. Sobre qué habías encontrado en el cuerpo de Sergei Volkov.
Irina dejó los papeles. La mención de Sergei activaba alertas que no podía ignorar.
—¿Qué le dijiste?
—Nada. No sabía nada. —Anna tomó café con manos que aún temblaban ligeramente—. Pero ella no creía que no supiera. Pensaba que me ocultabas cosas. Que éramos cómplices en algo que yo ignoraba.
Era patrón que Irina reconocía. Petrov había construido red de paranoia donde nadie era inocente, donde todos eran potencialmente traidores, donde información era moneda más valiosa que vida misma.
Aleksandr entró en ese momento, sin anuncio, con expresión que Irina había aprendido a leer: noticias malas contenidas tras máscara de control.
—Dmitri ha desaparecido —dijo, sin preámbulo—. De la clínica donde lo manteníamos. De custodia de veinte hombres. De sistema de vigilancia que costó millones instalar.
—¿Cómo?
—Eso es pregunta que debería responder mi seguridad, si no estuvieran todos muertos o sedados. —Se acercó a ventana, mirando Neva congelado que no ofrecía respuestas—. Alguien dentro. Alguien con acceso a protocolos de medicación, a horarios de guardia, a rutas de evacuación.
—Viktoria.
—O Petrov. O alguien que no hemos identificado todavía. —Se giró, y por primera vez Irina vio algo que no era hielo ni fuego: miedo genuino—. Dmitri sabe todo. Ubicaciones de cuerpos de 1995. Nombres de funcionarios que financiaron clínica. Y —dudó, evaluando si compartir— y ubicación de archivo que mi padre mantenía. Evidencia que no destruyó porque pensó que podría necesitarla como seguro.
—¿Qué clase de evidencia?
—La que destruye imperios. Fotografías, documentos, testimonios de menores que sobrevivieron a programa de 1995. Testimonios que no fueron a tribunales porque tribunales estaban comprados. Que no fueron a prensa porque prensa estaba controlada. Que mi padre guardó, que Dmitri continuó guardando, porque en nuestro mundo, doctora, la información es única moneda que no se devalúa.
Irina consideró. Cada revelación de estructura de Bratva la sumergía más en sistema que no podía comprender completamente, pero que debía navegar para sobrevivir.
—Si Dmitri tiene ese archivo, puede negociar con cualquiera. Con Viktoria. Con autoridades. Con...
—Con quien mató a Sergei. —Aleksandr completó pensamiento que ella no verbalizó—. Porque eso es lo que estamos buscando, ¿no? No solo quién apretó gatillo o inyectó veneno. Quién ordenó muerte de mi hermano. Quién se beneficia de que Volkov pierda control. Quién —se acercó a ella, invadiendo espacio personal que ya no reclamaba como violación— quién destruiría todo lo que construí para reemplazarme con marioneta que controlen.
Anna se había quedado callada, observando interacción entre hermana y Pakhan con ojos que veían más de lo que su condición sugería. Cuando habló, voz era firme, casi reconocible como la de hermana que Irina recordaba de antes de enfermedad, de antes de secuestro, de antes de todo.
—Hay tercera opción —dijo—. Dmitri no escapó. Lo liberaron. Porque archivo que tiene no es suyo. Es de alguien más. Alguien que necesita que salga de custodia de Aleksandr para poder silenciarlo permanentemente.
Ambos la miraron. Anna, que había sido víctima pasiva, ahora ofrecía análisis que coincidía con patrones que Irina había visto en escenas de crimen: desapariciones convenientes, testigos que se volvían amenazas, eliminación de vínculos que podían identificar cabeza de red.
—¿Por qué lo liberarían para matarlo? —preguntó Aleksandr, no despreciando contribución, evaluándola seriamente.
—Porque en custodia tuya, está protegido. Vigilado. Con vida garantizada mientras tú decidas. Pero fuera, en fuga, es objetivo legítimo. Cazado. Eliminado sin que responsabilidad caiga sobre quien ordenó liberación.
Irina asintió. Era lógica de depredador que había estudiado en perfiles de asesinos en serie organizados: crear circunstancias donde víctima pareciera elegir destino, donde muerte fuera consecuencia de propias decisiones, donde asesino permaneciera invisible.
—Entonces encontramos a Dmitri antes de que lo encuentren ellos —dijo, tomando control de situación que Aleksandr no reclamó—. Usamos conexiones médicas que tengo. Hospitales donde podría buscar tratamiento para condición que no especificaste. Clínicas privadas que no preguntan origen de heridas.
—¿Por qué médicas?
—Porque Dmitri está enfermo. Lo vi en Moscú. Manos que temblaban, pupilias dilatadas que no respondían a luz, cicatrices de automutilación que sugerían dolor crónico no tratado. Si escapó, necesitará medicación. Necesitará ayuda que no puede obtener en escondite.
Aleksandr estudió su rostro. Buscando trampa, buscando manipulación, encontrando solo competencia profesional que respetaba incluso cuando la temía.
—De acuerdo. Pero vamos juntos. No como protector y protegida. Como...
—¿Cómo?
—Como lo que somos. —No definió más. No necesitaba. En mundo donde etiquetas eran debilidad, acciones eran único lenguaje que perduraba.