Hielo y Acero

capitulo 13

El penthouse estaba vacío.

No de objetos, de vida. Los guardias que deberían estar en puerta habían desaparecido sin dejar sangre, sin signos de lucha, como si se hubieran evaporado en el aire helado de San Petersburgo. Irina cruzó el umbral primero, pistola en mano, con el instinto forense que había aprendido a traducir al lenguaje de la supervivencia: el silencio equivocado, el olor a limpiador reciente que intentaba ocultar algo más oscuro, la temperatura del ambiente elevada algunos grados para acelerar la descomposición de evidencia que aún no podía ver.

—Anna —llamó, aunque sabía que no habría respuesta.

Aleksandr la siguió con paso que no hacía ruido, el Glock extendido con la precisión de quien ha apuntado a rostros familiares antes que a extraños. Su mandíbula trabajaba en un ritmo que ella reconocía: control contenido, furia que no podía permitirse liberar todavía.

La habitación de Anna estaba ordenada. Cama hecha, medicamentos sobre la mesa de noche dispuestos en fila perfecta, la ventana entreabierta dejando entrar nieve que derretía sobre el alféizar formando charcos simétricos. En el centro de la cama, un sobre de papel grueso, sello de lacre negro con el emblema del lobo estilizado que no era de Aleksandr, sino de Viktoria.

Aleksandr lo tomó antes de que Irina pudiera detenerlo. Lo abrió con un movimiento brusco que rompió el sello, extrajo la carta con dedos que no temblaban por pura fuerza de voluntad.

—Lee —dijo, entregándosela, voz ronca.

Irina desplegó el papel. La letra era de Viktoria, elegante, vertical, imitación de caligrafía antigua:

*"Sasha:*

*Llevé a la doctora Kuznetsova menor a lugar donde puede recibir tratamiento adecuado. Su condición médica requiere atención especializada que tú, en tu debilidad actual, no puedes proporcionar.*

*La madre también está conmigo. Despierta. Preguntando por sus hijos. Es fascinante ver cómo la memoria regresa cuando se suspende la medicación adecuada. Recuerda cosas. Nombres. Fechas. Especialmente la noche de diciembre de 1995.*

*Ven solo. Sin tu forense. O Anna recibe dosis que no necesita, y madre vuelve a dormir para siempre.*

*V."*

Irina sintió que el papel se convertía en plomo entre sus dedos. Miró a Aleksandr, buscando en su rostro la decisión que él ya había tomado, la traición que empezaba a formarse detrás de sus ojos grises.

—No —dijo, antes de que él abriera la boca.

—Irina...

—No me digas que me vaya. No me digas que es peligroso. No me trates como carga que proteger mientras tú corres hacia tu destrucción.

Aleksandr guardó el arma. El gesto fue más amenazante que si la hubiera apuntado: demostración de que no necesitaba armas para imponer su voluntad, que el peligro no venía de fuera sino de él, de la determinación que irradiaba de cada poro.

—Es mi familia —dijo, cada palabra pesada como bala—. Mi hermana secuestrada. Mi madre... lo que sea que sea. Mi responsabilidad. Mi guerra.

—Y yo soy tu socia —replicó ella, acortando distancia, invadiendo su espacio con la misma agresividad que él usaba para dominar—. Tu aliada. Tu... —dudó, la palabra que no habían definido completamente colgando entre ellos— tu elección. No me excluyas ahora para protegerme. No me robes la decisión de pelear contigo.

Aleksandr la agarró por los hombros. Fuerza que podría ser dolorosa si ella no se hubiera endurecido contra él, si no hubiera aprendido a soportar su peso sin quebrarse.

—No es protección —gruñó, aliento mezclado con el suyo, cercanía que era confrontación más que intimidad—. Es táctica. Viktoria te teme. Más que a mí. Tú eres variable que no calculó. Su carta exige que vaya solo porque sabe que contigo, pierde. Sin ti, puedo negociar. Puedo...

—¿Rendirte? —Irina no se liberó, se quedó inmóvil, desafiándolo con proximidad—. ¿Entregar todo lo que hemos construido? ¿Convertirte en fantasma como ella quiere? —Sacudió la cabeza, cabello rozando su rostro—. No. Eso no es negociación. Es suicidio con pasos intermedios.

—Entonces ¿qué propones? —El dominio en su voz era desesperación disfrazada, control que se resquebrajaba—. ¿Que vayamos juntos a morir? ¿Que deje que te disparen, que te usen como rehén, que...

—Que usemos lo que tenemos. —Irina se liberó finalmente, no con violencia sino con decisión, y caminó hacia el laboratorio—. Tengo evidencia. Muestras de la clínica de Moscú. Huellas de Petrov en informes falsificados que vinculan a Viktoria con la administración de la clínica de 1995. Y tengo —sacó un teléfono seguro, uno que él no sabía que poseía— contacto con treinta y siete testigos que ahora están dispuestos a declarar ante autoridades internacionales si algo nos pasa.

Aleksandr la miró como si la viera por primera vez. No como herramienta, no como protegida, sino como igual que había construido su propia red de poder paralela a la suya.

—¿Cuándo...?

—Desde el principio. —Irina sonrió, amarga, desafiante—. No confío en nadie, Aleksandr. Ni siquiera en ti. Especialmente no en ti cuando actúas como el único dueño de esta guerra. Somos socios. O nada.

El silencio se extendió, denso, cargado de electricidad que no era solo sexual sino de reconocimiento mutuo, de batalla de voluntades que ninguno ganaría completamente.

—Bien —dijo finalmente Aleksandr, y era rendición que no sonaba a derrota, sino a alianza renovada—. Juntos. Pero bajo mis reglas de combate. Mi forma de entrar, tu forma de verificar. No discutes ordenes en campo. No improvisas sin consultar.

—Y tú no me das órdenes que ignoran mi expertise médico —contraatacó ella—. No me apartas cuando necesitas diagnóstico forense. No me tratas como soldado cuando soy estratega.

—Hecho.

Se miraron. Dos depredadores que habían decidido cazar juntos, sabiendo que el día llegaría en que uno podría volverse contra el otro.

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La clínica de Pushkin no era el objetivo. Viktoria no repetiría errores; había movido a sus rehenes a ubicación que solo se revelaba en el momento de la entrega. El mensaje llegó una hora después, coordenadas GPS de almacén en distrito industrial de Shushary, al sur de la ciudad.




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