Hielo y Acero

capitulo 16

El bisturí no era arma. Era hoja de cinco centímetros diseñada para cortar piel humana bajo lupa, no para volar a través de habitaciones ni para detener revólveres. Irina lo sabía. Por eso, cuando se lanzó, no apuntó al hombre. Apuntó al gotero.

La mano que sostenía el bisturí se cerró en puño alrededor de la línea IV y tiró. El soporte metálico se inclinó, el frasco de sedante se estrelló contra el suelo en una explosión de cristal y líquido ambarino. El financista giró instintivamente hacia el ruido, el revólver desviándose un centímetro, dos, suficiente para que Anna no recibiera la bala en el cráneo sino en el aire que ella misma había ocupado un instante antes.

Aleksandr no gritó. No anunció su presencia. Salió de la pared falsa con el hombro bajo, cuerpo entero convertido en proyectil de carne y hueso, y embistió al financista por la espalda. No fue golpe limpio de cine. Fue colisión de cuerpos en espacio reducido: rodilla contra riñón, antebrazo contra cuello, peso contra equilibrio. El revólver disparó. La bala mordió el techo, yeso cayó como nieve sucia, y ambos hombres cayeron al suelo enredados.

Irina ya estaba sobre Anna. Dedos en el cuello de su hermana, buscando pulso que latía lento, demasiado lento. Pupilas que no reaccionaban a la luz. La respiración era superficial, automática, peligrosamente cerca de la apnea.

—Anna, escúchame —susurró, rompiendo el catéter restante con un tirón seco—. No te duermas. No me hagas esto.

En el suelo, Aleksandr y el financista rodaban. El hombre mayor era más ágil de lo que aparentaba, años de supervivencia en el mundo que había creado le habían enseñado a no confiar en nadie. Logró girar, el revólver buscando el torso de Aleksandr, pero Aleksandr agarró la muñeca del anciano con ambas manos y la estrelló contra el borde de la camilla. Hueso crujió. El grito fue ahogado por la mano de Aleksandr que le cubría la boca.

—¿Quién más está en el edificio? —preguntó Aleksandr, voz baja, casi íntima, como si le preguntara la hora a un amigo.

El financista mordió. Aleksandr no soltó. Con la mano libre le quitó el revólver, lo hizo girar, y le apoyó el cañón en la sien. Irina vio el momento en que Aleksandr cruzaba la línea. Lo vio en los ojos grises, en la mandíbula tensa, en el recuerdo de su madre muriendo en ambulancia, de su padre que no enfrentó consecuencias, de su tío que murió impune.

—Aleksandr, no —dijo Irina, sin alzar la voz, mientras inyectaba flumazenil en el brazo de Anna con movimientos que no podían detenerse—. Necesitamos que hable. Necesitamos nombres. Funcionarios. Cuentas bancarias. Si lo matas, Viktoria gana.

—Viktoria ya ganó demasiado —siseó Aleksandr, el dedo en el gatillo blanqueándose.

—Entonces haz que pierda bien. —Irina levantó la mirada. Anna gemía, el antídoto trabajando, la conciencia regresando en oleadas de náusea y miedo—. Mátalo y eres Bratva otra vez. Sácale la información y eres testigo. Elige.

El silencio duró tres segundos. En thriller, tres segundos son eternidad.

Aleksandr bajó el revólver. No por redención. Por venganza más fría, más duradera. Golpeó al financista con la culata, una, dos veces, no para matar sino para soñar. El anciano quedó inmóvil, sangre en sien, consciente pero quebrado.

—Ata sus manos con el cinturón —ordenó Aleksandr, respirando agitado, herida de costado sangrando de nuevo a través del vendaje—. Y busca en sus bolsillos. Este tipo no viaja sin seguro.

Irina encontró el seguro en el bolsillo interior de la chaqueta: un teléfono satelital idéntico al suyo, un sobre con fotografías, y una llave USB encriptada. Las fotografías mostraban rostros. Funcionarios actuales. Jueces. Un ministro de Sanidad posando junto a una clínica que no debía existir. Evidencia que Viktoria había usado durante décadas para comprar silencios.

Anna tosió. Ojos abiertos, terror puro, reconocimiento tardío.

—Irina... —la voz era rasguño, óxido en garganta—. Dijeron que... que si no cooperaba, te matarían a ti. A Aleksandr. A todos.

—Ya no —dijo Irina, sosteniendo el rostro de Anna entre sus manos, limpiando saliva y lágrimas con el pulgar—. Ya no. Respira. Necesito que camines. Necesito que corras.

—No puedo... las piernas...

Aleksandr ya estaba al lado de la camilla. Sin ceremonia, sin delicadeza que no podían permitirse, tomó a Anna en brazos. No era peso ligero, no era escena romántica. Era necesidad brutal. Anna gritó cuando la herida de él se tensó, pero no soltó.

—Salida trasera —dijo Aleksandr, mirando a Irina—. Tú primero. Yo cubro.

—Estás herido.

—Y tú eres la única que sabe qué hacer si me desmayo. Así que tú primero. Punto.

Irina no discutió. Guardó el teléfono, la llave USB, y el revólver del financista en su estuche médico. Cogió la mano de Anna, que se aferró a ella con fuerza de ahogado.

El pasillo estaba oscuro. La alarma de código azul había sido cancelada, o peor, había sido reconocida como falsa. Irina escuchó pasos en la planta inferior. Botas. Varias. No médicos. Seguridad privada armada, o lo que Bratva llamaba *torpedos*: jóvenes con más testosterona que entrenamiento, pero con suficientes balas para compensar.

—Izquierda —susurró Irina, guiando por memoria de quince años atrás—. Hay escalera de incendios. Sube al techo, no bajes a calle.

Subieron. Aleksandr cargando a Anna, cada escalón dejando manchas de sangre que Irina no podía mirar. Ella iba delante, revólver en mano, insegura, torpe con el arma pero consciente de que un disparo de advertencia en espacio cerrado era tan peligroso para ellos como para los perseguidores.

Llegaron al techo. La noche de Moscú olía a escape de fábricas y a primavera tardía. El edificio tenía tres metros de separación con el siguiente almacén, un salto que en películas parecía sencillo y en vida real era fractura de tobillo esperando a suceder.

—Irina, salta —dijo Aleksandr, dejando a Anna en el suelo de gravilla. Ella temblaba, pero ya tenía los ojos más claros, el antídoto haciendo efecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.