Aleksandr despertó sin transición entre sueño y vigilia, como quien emerge de agua negra sin saber si nada o se hunde. Los ojos grises se abrieron fijos en el techo agrietado, las manos ya buscando arma que no estaba bajo la almohada. El reflejo de Pakhan persistía en los músculos aunque el título hubiera sido confiscado.
—Tienes fiebre —dijo Irina desde la silla junto a la ventana. No se había movido en horas. El revólver del financista descansaba sobre sus muslos, pesado e impropio, y ella lo sostenía con la misma distancia con que sostenía los cadáveres en mesa de autopsia: objeto de evidencia, no extensión de voluntad.
Aleksandr giró la cabeza lentamente. El costado protestó, una línea ardiente que atravesaba costillas hacia la cadera.
—¿Qué hora es?
—Mediodía. Del día siguiente.
—¿Anna?
—Duerme. El flumazenil funcionó. Respira.
Aleksandr asintió, sentándose con movimientos que deliberadamente ocultaban el dolor. Extendió la mano. No por el arma. Por el teléfono satelital que Irina tenía en el bolsillo de la chaqueta colgada en respaldo de silla.
Irina se lo entregó. Él leyó el mensaje de Viktoria en silencio, los dedos tensándose sobre la pantalla. Cuando terminó, no gritó. No lanzó el teléfono. Lo dejó caer sobre la mesa con un chasquido seco.
—Es trampa —dijo.
—Lo sé.
—Entonces no vamos.
—Si no vamos —Irina se inclinó hacia adelante, voz baja para no despertar a Anna en la habitación contigua—, Viktoria entrega la original a quien pague más. O la destruye. Y treinta y siete liberados, tu madre, tu padre, todo lo que enterraron en 1995, se convierte en rumor. Tú testificaste basándote en copias. Sin original, tu testimonio se desmorona. Los funcionarios caminan. Y nosotros miramos sobre el hombro hasta que nos alcancen.
Aleksandr cerró los ojos. La mandíbula trabajaba bajo piel pálida.
—Podría ser cualquier cabaña. No tiene por qué ser Tver.
—Es Tver. —Irina señaló la ventana, el cielo gris de San Petersburgo—. Porque Tver es donde tú elegiste salvarnos en lugar de matarnos. Donde dejaste de ser Pakhan por una noche. Ella lo sabe. Quiere que recuerdes quién eras cuando te rompa.
La puerta de la habitación se abrió. Anna apareció en marco, envuelta en manta, delgada, ojos aún dilatados por residuos de sedante pero despejados. Había escuchado.
—Voy —dijo. Simple. Sin discusión.
—No —respondieron Aleksandr e Irina al unísono.
Anna caminó hasta la cocina, cada paso medido como quien aprende a usar el cuerpo de nuevo. Se sentó en taburete, las manos sobre la mesa, visibles, temblando pero presentes.
—Viktoria me mantuvo atada durante dos días. Me habló. Me dijo cosas. —Anna tragó saliva, la garganta aún ronca—. Me dijo que Aleksandr nunca fue el monstruo. Que ella construyó el monstruo para que él lo ocupara. Que sin él, el imperio era de ella. Que todo, desde 1995, fue su diseño. Y que ahora, con él fuera, con la evidencia flotando, ella necesita destruirlo todo o recuperarlo todo. No hay medio término.
Irina miró a Aleksandr. Él no devolvió la mirada. Estaba fijo en Anna, en su hermana, en la última pieza de familia que le quedaba.
—Entonces vamos los tres —dijo finalmente—. Pero no como objetivos. Como cazadores.
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Prepararse tomó diez horas. Aleksandr tenía un depósito en el sótano de un edificio de biblioteca pública en la isla Vasilevsky: un Volga del 2008 con matrícula falsa, cinco mil dólares en rublos enrollados en lata de aceite, y una escopeta recortada que olía a grasa vieja. No eran recursos de Bratva. Eran restos de hombre que había previsto caer.
Irina revisó la herida de nuevo en la penumbra del garaje. La sutura resistía, pero la piel alrededor estaba caliente, tensa. Infección incipiente, no severa, pero real. Inyectó antibiótico que había robado del almacén de Moscú, un gesto médico en espacio que olía a moho y a gasolina.
—No deberías moverte —dijo, dedos presionando el borde enrojecido.
—Y tú no deberías saber disparar —respondió él, voz apagada por el esfuerzo de mantenerse erguido—. Pero aquí estamos.
Se miraron. La distancia entre ellos en la cabaña de pescador se había cerrado, pero no del todo. Había una línea que ambos habían cruzado en el lago, en la oscuridad, y ahora caminaban en territorio sin mapas. Irina bajó la mano. No se apartó.
—Cuando esto termine —dijo Aleksandr, abrupto, como si las palabras le dolieran más que la herida—. Si termina. No me busques en Suiza. No me busques en ningún sitio con coordenadas.
—¿Dónde, entonces?
—Donde tú estés. Esa es la coordenada.
Irina no sonrió. Pero asintió, una vez, y siguió empacando.
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El viaje a Tver fue purga en reversa. La carretera M10 se extendía como vena gris entre bosques de abedules que aún no se habían atrevido a reverdecer. El Volga crujía, suspensión gastada, el motor un zumbido constante que no permitía silencio. Anna iba en el asiento trasero, envuelta en mantas, mirando el paisaje que pasaba como quien observa escenas de película que no le pertenecen. Aleksandr conducía, una mano en volante, otra en costado, apoyada en puerta para distribuir peso. Irina en el asiento del copiloto, el revólver cargado en regazo, oculto bajo chaqueta.
Cruzaron un retén policial cincuenta kilómetros antes de Tver. Un oficial joven, aburrido, revisó papeles que sabía falsos pero que coincidían con la base de datos porque Ruslan era bueno en lo suyo. Irina sonrió, cansada, profesional. El oficial les deseó buen viaje. No buscaba a nadie. Eso era peor: significaba que Viktoria no había alertado a autoridades. Operaba sola, o con gente que no necesitaba uniformes.
Llegaron al anochecer. El bosque alrededor de Tver era densidad y sombra, pinos que absorbían sonido. La cabaña apareció entre colinas como recuerdo febril: misma estructura de madera oscura, mismo techo inclinado, pero diferente ahora. Había luz en ventanas. Dos SUVs negros estacionados a treinta metros, rastros de neumáticos en barro que aún no se habían secado. Y humo de chimenea, deliberado, visible, invitación que era advertencia.