Hielo y Acero

capitulo 18

El hospital Botkin no era lugar para fugitivos. Era concreto soviético reformado con pintura beige, olor a desinfectante que no lograba cubrir el olor a miedo, y una sala de urgencias donde la gente esperaba horas con huesos rotos y corazones que no anunciaban su propio ataque. Irina detuvo el Volga en la entrada de ambulancias, bloqueando parcialmente el acceso, y salió antes de que el motor dejara de temblar.

—Necesito una camilla —gritó a un celador que fumaba junto a la puerta, el cigarrillo cayendo de sus labios—. Herida de arma blanca en hipocondrio izquierdo, hemorragia activa, posible lesión en bazo. Segundo paciente, mujer, veintiocho años, síndrome de abstinencia benzodiazepínica, deshidratación severa.

El celador no preguntó por qué una mujer con ropa térmica sucia y manos cubiertas de sangre daba órdenes médicas con precisión quirúrgica. Corrió.

Llegaron dos enfermeros. Aleksandr, inconsciente, fue trasladado con movimientos que Irina supervisó con ojos que no permitían errores. Anna caminó apoyada en el hombro de una enfermera joven, los ojos fijos en el techo, los temblores contenidos por pura fuerza de voluntad.

Irina no entró de inmediato. Se quedó en el estacionamiento, el sobre grueso contra su pecho bajo la chaqueta, la llave USB en el bolsillo. El revólver del financista estaba en el Volga, debajo del asiento del copiloto, una decisión que tomó en el último semáforo: no podía entrar a un hospital público con un arma de fuego ilegal, pero tampoco podía dejarla en un coche que la policía eventualmente rastrearía.

Miró hacia el cielo de San Petersburgo. Gris. Indiferente. El sol de mayo no lograba calentar.

Dentro, el protocolo de urgencias absorbió a Aleksandr como un río que no pregunta de dónde viene el agua. Irina observó desde la puerta de la sala de shock, identificándose como médico forense, mostrando una credencial que ya no debería tener pero que nadie verificó en la urgencia del momento. Vieron la herida: el cuchillo de Viktoria había entrado por debajo de la costilla flotante, desplazándose hacia arriba, un milímetro más y perforaba el diafragma. La sutura anterior de los Alpes se había deshecho parcialmente, creando un canal de sangrado que manchaba el campo estéril en pulsos que coincidían con el corazón que aún latía.

—Bazo intacto —dijo el cirujano de guardia, un hombre de sesenta años con manos que temblaban por el café, no por la edad—. Pero hay sangrado en músculo oblicuo. Necesitamos lavado quirúrgico. ¿Usted es familiar?

—Soy médico tratante —mintió Irina, y el tono fue suficiente.

La operación duró noventa minutos. Irina esperó en el pasillo de cirugía, sentada en una silla de plástico verde que olía a desinfectante de piso. Anna apareció a su lado en algún momento, vestida con una bata de hospital dos tallas grandes, los cabellos húmedos por una ducha que alguien le había ofrecido en psiquiatría. Se sentó. No hablaron.

Fue Anna quien rompió el silencio.

—Disparé —dijo, mirando sus manos. Limpias ahora, pero temblorosas.

—No le disparaste a nadie —respondió Irina, sin girar la cabeza.

—Apreté el gatillo. Eso es suficiente.

Irina la miró. Anna no era la hermana enferma de antes. Era una mujer que había apretado un gatillo, que había elegido no ser víctima, y que ahora cargaba con el peso de esa elección. Era el mismo peso que Irina llevaba por los informes alterados, los cuerpos no examinados, las verdades enterradas.

—Sí —dijo Irina—. Es suficiente. Y mañana será un poco menos. Y al año siguiente, un poco menos que eso. Nunca desaparece. Pero cambia de sitio.

Anna asintió. Las lágrimas no caían. Estaban ahí, contenidas, aprendiendo a convivir.

—¿Y ahora? —preguntó Anna.

Irina tocó el sobre bajo su chaqueta. El papel grueso, real, cargado de nombres que habían financiado el sufrimiento de su familia.

—Ahora —dijo—, llamamos a un periodista.

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El contacto de la madre de Aleksandr no tenía nombre en la agenda. Solo un número que Aleksandr había memorizado en adolescencia, cuando aún creía que su madre era solo una mujer enferma que coleccionaba medallones, no una archivista de crímenes de Estado. Irina usó el teléfono satelital del financista, el que Viktoria no sabía que tenían, y marcó desde el baño de hospital en tercer piso, puerta cerrada, agua corriendo para cubrir la voz.

Contesto una mujer. Voz joven. Periodista.

—¿Dónde está Mikhail? —preguntó Irina.

Silencio. Luego:

—Mikhail no está disponible. ¿Quién habla?

Irina evaluó. Mikhail era el contacto. Si no estaba disponible, estaba muerto, sobornado, o escondido.

—Alguien que tiene el original —dijo Irina—. El microfilme de 1995. Los nombres. Las cuentas. No la copia que circuló. La original.

Otro silencio. Más largo. La mujer al otro lado respiró hondo.

—Mikhail murió hace tres meses. Accidente de tráfico. Camión sin frenos. —La voz de la mujer no temblaba. Era entrenada—. Yo soy su editora. Y si lo que dice es verdad, no puede quedarse en ese teléfono. Ni en ese edificio.

—Soy médico forense. Estoy en un hospital público. Tengo heridos que no puedo mover.

—Entonces envíe copia digital. Ahora. Y destruya el teléfono después.

Irina cortó. Abrió el sobre. Dentro, además del microfilme, había documentos originales con sellos de ministerios, firmas de funcionarios que aún ocupaban cargos, transferencias bancarias de cuentas que aún existían. Fotografías. Coordenadas de otras clínicas. Usó el escáner de una aplicación médica del hospital, improvisación que la hizo sentir expuesta, vulnerable. Envió todo a un correo que la mujer dictó en segundo llamada.

Luego rompió el teléfono satelital. Lo partió contra el borde de cerámica del lavamanos, extrajo la SIM, la cortó con tijeras de uñas que encontró en un dispensador, y tiró los restos en tres cubos de basura diferentes.

Cuando salió del baño, había dos hombres en el pasillo de cirugía. No eran médicos. Trajes oscuros, cortes de pelo militares, zapatos que brillaban demasiado para un hospital público. Uno de ellos sostenía una placa. FSB. Servicio Federal de Seguridad.




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