Hielo y Acero

capitulo 19

El metro de San Petersburgo los absorbió con el olor a electricidad vieja y a cuerpos apretados. Irina mantuvo a Anna delante de ella, una mano en la espalda de su hermana, la otra en el bolsillo donde la llave USB mordía su piel como recordatorio de que aún no estaban muertas. La multitud era escudo. Gente que volvía del trabajo, estudiantes con auriculares, ancianas con bolsas de red. Vida normal que Irina había olvidado cómo simular.

Bajaron en la estación Sennaya Ploshchad. No porque fuera destino. Porque era nudo de transferencia, laberinto donde perseguir requería equipos que no tenían. Subieron a la línea azul. Luego a la naranja. Caminaron entre andenes hasta que las piernas de Anna cedieron y tuvieron que sentarse en un banco de granito donde el frío subía desde el suelo en oleadas.

—No puedo más —dijo Anna. No era queja. Era constatación médica. La abstinencia de benzodiacepinas dejaba temblores que el flumazenil no alcanzaba a calmar.

—Una parada más —dijo Irina, mirando el teléfono satelital del financista que había dejado de funcionar, pero cuya SIM destruida no importaba porque había memorizado el número de Elena—. Llamaremos desde un teléfono público.

En la calle, el aire de mayo cortaba después del calor subterráneo. Encontraron una cabina telefónica en la avenida Zagorodny, reliquia que aún funcionaba. Irina marcó. Elena contestó al segundo tono.

—Tengo a Anna —dijo Irina, sin saludos—. Necesitamos extracción. Ahora.

—Calle Rubinstein, número 15. Cafetería *Sever*. Entren por la cocina. Pregunten por Yuri. Les llevará al apartamento.

Colgaron. No había despedidas en ese mundo. Solo instrucciones.

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La cafetería *Sever* olía a sopa de col y a aceite requemado. Yuri era cocinero de sesenta años, panza que estorbaba delantal blanco, ojos que no preguntaron nada cuando Irina dijo "Elena". Las guió por una puerta trasera que daba a patio interior con tendederos y gatos callejeros. Subieron por escalera de servicio. Tercer piso. Puerta sin número.

Elena abrió. El apartamento era pequeño, desordenado, periódicos apilados hasta el techo, una mesa con tres laptops y cables que serpenteaban como intestinos electrónicos. Olía a café frío y a trabajo interminable.

—Deme la evidencia —dijo Elena, sin presentaciones.

Irina entregó el sobre. Elena lo abrió sobre la mesa, extendiendo papeles con movimientos de croupier que reparte cartas ganadoras. Microfilme. Documentos con sellos oficiales. Transferencias bancarias. Fotografías de clínicas. Nombres. Uno de ellos, destacado en rojo en un memorando interno de 1997, era actual viceministro de Sanidad.

—Esto es real —murmuró Elena, no con sorpresa, con peso. Como quien recibe ataúd que esperaba pero no deseaba.

—Tengo más —dijo Irina, entregando la llave USB—. Digital. Copia de seguridad.

Elena la conectó a una laptop aislada de red. Los archivos se desplegaron. Rostros. Coordenadas. Cifras. Anna, sentada en sofá que olía a gato, miró la pantalla y reconoció una de las fotografías.

—Esa es la clínica de Nizhny Novgorod —dijo, voz ronca—. La número cuatro. Donde nos hacían esperar antes de las inyecciones.

Elena la miró. No con lástima. Con la mirada de periodista que ve fuente, no víctima.

—¿Puede hablar de eso? —preguntó Elena.

—No —interrumpió Irina, protectora, médica, hermana—. No está lista. Necesita desintoxicación supervisada, estabilización. No puede ser grabada hoy.

—Entonces usted —dijo Elena, girándose hacia Irina—. Usted testifica. Hoy. Ahora. Antes de que apaguen esto.

Irina asintió. Sabía que venía. Desde el momento en que Aleksandr soltó su mano en el hospital, desde que dijo "diles que fui yo", ella supo que el intercambio era inevitable: su libertad por su voz.

Elena encendió una cámara. No profesional. Una compacta con trípode improvisado de libros. Suficiente para web, para servidores, para inmortalidad digital.

—Nombre —dijo Elena.

—Irina Volkov. Médico forense. Ex colaboradora del Ministerio del Interior. Ex... —la palabra se atascó, pero salió—. Ex cómplice de estructuras criminales ligadas al programa médico ilegal de 1995.

Habló durante veinte minutos. Sin guión. Con nombres. Fechas. Ubicaciones de cuerpos que enterró mal. Informes que alteró. La clínica de Tver. El almacén de Moscú. La cabaña. La muerte de la madre de Aleksandr. La verdad del microfilme. Cuando terminó, tenía la garganta seca y las manos temblando, pero los ojos secos. No quedaban lágrimas. Solo deuda saldada.

Elena detuvo la grabación. Subió el archivo a tres servidores simultáneamente. Alemania. Estonia. Islandia. Luego lo encriptó en cadena.

—Saldrá en la edición de mañana —dijo Elena—. Pero el video se publica en cuarenta minutos. Cuando lo haga, este apartamento dejará de ser seguro.

—¿Dónde vamos?

—Ahorahere —dijo Elena, usando un término que significaba "ninguna parte" en argot de periodistas perseguidos—. Pero primero, necesito que vean esto.

Encendió la televisión. Canal de noticias estatal. Había un reporte breve: *"Incendio en almacén industrial de Moscú. Sin víctimas. Investigación en curso."* Imágenes del edificio donde habían rescatado a Anna. Llamas que habían consumido evidencia antes de que la policía llegara.

—Están limpiando —dijo Elena—. Rápido. Lo que significa que saben que ustedes tienen copias.

Anna se encogió en el sofá. Irina se puso de pie, fue a la ventana, miró la calle Rubinstein desde entre cortinas sucias. Todo parecía normal. Un hombre caminaba un perro. Una mujer cargaba bolsas. Un coche gris estacionado enfrente llevaba media hora sin moverse.

—Ese coche —dijo Irina.

Elena se acercó. Miró.

—No estaba cuando llegaron.

El perro del hombre orinó contra una rueda del coche gris. El conductor, silueta borrosa, no reaccionó. Solo observaba la fachada.

—Salimos ahora —ordenó Elena, cerrando laptops, metiendo papeles en maletín ignífugo, desconectando discos duros—. Yuri nos llevará por la cochera. Hay un coche esperando en la calle paralela.




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