Hielo y Acero

capitulo 20

Las primeras semanas bajo protección de testigos fueron peores que la clandestinidad. Irina lo supo desde el primer día, cuando el agente de la FSB —la mujer de abrigo negro que se presentó como Galina— las instaló en un apartamento en las afueras de Veliky Novgorod, a tres horas de San Petersburgo. Ventanas con rejas, una sola entrada, y un guardia armado en el descansillo que no respondía preguntas. Protección que olía a prisión con nombre distinto.

Irina pasó los días revisando el caso. Leyendo transcripciones. Preparándose para la segunda ronda de testimonios ante la fiscalía militar. Anna, por su parte, asistía a sesiones de terapia obligatorias y grupos de apoyo para víctimas del programa. Volvía pálida, pero volvía. Hablaba de inyecciones, de noches sin nombre, de hermanas que no se reconocían. Cada palabra que decía en esa sala anónima era un clavo en el ataúd del sistema que las había creado.

Pero alguien retiraba los clavos.

Fue Irina quien lo descubrió, una madrugada de junio, mientras revisaba documentos que Elena había conseguido por canales no oficiales. El viceministro de Sanidad no se había suicidado. La autopsia, realizada en Moscú por un forense que aún no había sido comprado, reveló dos inyecciones intracardíacas de potasio. Muerte inducida. Profesional. Limpia. Y en la hoja de firmas del depósito de evidencias del caso, un nombre aparecía tres veces: **Coronel Dmitri Volkov**.

Irina dejó el papel. Su mano no tembló, pero su pulso se aceleró. Volkov. No familiar. Solo coincidencia de apellido en un país de Volkovs. Pero el título militar, la posición en la cadena de custodia, y sobre todo la fecha —cada firma coincidía con la desaparición de documentos clave—, trazaban un patrón.

Buscó en archivos públicos. Dmitri Volkov. Coronel del servicio de sanidad militar. Condecorado. Jefe de logística en el ministerio durante los años noventa. Y en una fotografía de archivo de 1996, sonriendo junto a un grupo de médicos en una inauguración: el mismo hombre de sesenta años que había estado sentado en la silla de plástico del almacén de Moscú, apuntando a Anna con un revólver.

El financista no era el financista. Era el arquitecto.

—Anna —llamó Irina, voz baja.

Anna salió del cuarto. El cabello le crecía, ya no era el corte institucional de clínica. Los ojos tenían bolsas, pero estaban despejados.

—¿Qué pasa?

—El hombre del almacén. No era un burócrata sobornado. Es coronel. Y sigue activo. —Irina señaló la fotografía—. Si él firmó la cadena de custodia, la evidencia original que entregamos puede estar comprometida. O peor: puede ser que nunca llegue al tribunal.

Anna se sentó. Miró la foto largamente.

—¿Y Aleksandr?

—Está en la colonia penal de Karelia. Aislado. Pero si Volkov controla la evidencia, la condena de Aleksandr se basa en papel que puede desaparecer. Y si el papel desaparece... —Irina no terminó. No necesitaba.

Anna cerró los ojos.

—Tenemos que advertirle.

—No podemos. Las comunicaciones están monitoreadas. Si pido contactar a un prisionero, Galina pregunta por qué.

—Entonces escapamos.

—Anna...

—No de este país. De este apartamento. —Anna abrió los ojos. Eran duros, los de alguien que había disparado una Beretta y sobrevivido—. Tú eres forense. Sabes cómo moverte sin dejar rastro. Y yo... yo sé cómo fingir que estoy drogada. Lo aprendí en las clínicas.

Irina la estudió. La hermana enferma ya no existía. En su lugar, una mujer que había decidido que la supervivencia pasiva no bastaba.

—No escapamos —dijo Irina, finalmente—. Negociamos. Pero desde posición de fuerza. Necesitamos prueba de que Volkov manipuló la cadena de custodia. Y necesitamos que Elena la publique antes de que nos silencien.

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La prueba llegó de manera que Irina no esperaba.

Galina apareció una tarde, sola, sin el guardia del descansillo. Traía una bolsa de papel con pan y queso, y algo más: una cara que no podía ocultar el agotamiento.

—Doctora —dijo Galina, sentándose en la silla que hacía de interrogatorio improvisado—. ¿Sabe quién firmó su orden de protección?

—La fiscalía.

—La fiscalía recibe órdenes. —Galina sacó del bolsillo un sobre. Lo dejó en la mesa. Delgado. Amenazante—. Dentro, hay una orden de traslado. Para usted y para su hermana. A un centro de evaluación psiquiátrica. Indefinido. Por su propia seguridad, dicen. El firmante: Coronel Volkov.

Irina no tocó el sobre.

—¿Por qué me lo muestra?

—Porque mi marido era médico en Nizhny Novgorod. En la clínica número cuatro. —Galina habló con voz plana, controlada, pero sus manos se cerraron en puños—. Murió en 1998. Accidente de laboratorio, según el informe. Yo era joven. Creí al Estado. Hasta que hace tres meses, revisando cajones viejos, encontré su diario. Describía inyecciones. Niños. Y un nombre: Volkov.

Irina sintió que el aire de la habitación cambiaba de densidad.

—Usted no es nuestra carcelera —dijo Irina.

—Soy su única aliada dentro de este edificio. —Galina se inclinó—. El guardia del pasillo trabaja para Volkov. El teléfono de este apartamento tiene escucha directa. Y en dos días, cuando llegue el traslado, ustedes desaparecerán. No en programa de protección. En programa de olvido.

—¿Qué propone?

—Usted tiene contacto con Elena Vasilieva. Tiene acceso a documentos que yo no puedo tocar sin levantar sospechas. Yo tengo acceso a la cadena de custodia física. Juntas, podemos demostrar que Volkov alteró evidencia. Pero necesitamos hacerlo rápido. Y necesitamos un testigo que no pueda ser desacreditado.

—¿Aleksandr?

—Aleksandr Morozov está aislado en Karelia, pero no inalcanzable. —Galina sacó una llave del bolsillo. Llave de coche—. Mañana, a las 6:00, el guardia del pasillo cambia de turno. Hay una ventana de doce minutos. Un coche estará en la calle trasera. Llévense esto.

Entregó un teléfono. Básico. Sin GPS. Con un solo número grabado.




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