Segezha era una mancha industrial entre bosques de pinos que no terminaban nunca. El tren se detuvo a las 2:14 de la madrugada, sin luces de andén, solo la bocina del maquinista que sonó como queja animal. Irina y Anna bajaron en la oscuridad, el viento del norte cortando a través de abrigos que no eran suficientes para mayo en Karelia.
Una camioneta UAZ estaba estacionada más allá de la valla de la estación, luces apagadas. Ruslan salió cuando estuvieron a diez metros. El mismo ex-soldado checheno, más delgado, con barba que le llegaba al cuello y un chaleco donde asomaba el cañón de una escopeta recortada.
—Suban —dijo. Sin saludos. Sin preguntas sobre por qué dos mujeres perseguidas por la FSB aparecían en medio de la nada.
Anna subió atrás. Irina, delante. El motor del UAZ tosió antes de arrancar.
—El mensaje que recibió Morozov —dijo Ruslan, conduciendo por carretera forestal que solo él parecía ver—. No vino de sus aliados. Vino de un guardia que Volkov compró hace dos semanas. Es trampa.
Irina apretó el salpicadero.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
—Porque no sabía si ustedes vendrían. Y si no venían, Morozov moría mañana de paliza en taller. Si venían, morían todos juntos. —Ruslan giró el volante, esquivando un tronco caído—. Volkov está en la colonia desde ayer. Llegó con autorización de inspección militar. Lleva tres hombres. No guardias. *Torpedos* de Moscú. Trajeron una bolsa de herramientas que no es para carpintería.
—Entonces no vamos a rescatarlo —dijo Anna desde atrás, voz tensa—. Vamos a una ejecución.
—Sí —dijo Ruslan.
Irina miró por la ventana. El bosque pasaba en pared negra.
—¿Hay otra entrada? No el sur.
—Norte. Río. Morgue de la colonia. Reciben cadáveres por barcaza cuando nadie reclama. —Ruslan la miró—. Pero la morgue tiene cerradura electrónica. Y un forense de guardia.
—Yo soy forense —dijo Irina.
—Usted es fugitiva.
—Y usted es fantasma. Todos tenemos currículum.
Ruslan casi sonrió. Casi.
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La colonia se veía desde el río como un pueblo abandonado. Luces tenues en torres de vigilancia, humo de calderas que no calentaban suficiente. Ruslan amarró la barcaza —una lancha de aluminio con motor fuera de borda— a un muelle podrido que debía ser ilegal. El agua del lago helado olía a podredumbre vegetal.
—Anna se queda —ordenó Irina, antes de que su hermana pudiera discutir.
—No...
—Sí. Necesito que vigiles el coche. Si escuchas disparos, no entres. Arranca y vete a Segezha. Encuentra a Elena.
Anna la miró. Luego asintió. Una vez. Había aprendido que algunas batallas requerían retiradas.
Irina y Ruslan cruzaron la orilla. La morgue era un edificio de bloques de hormigón, una ventana con reja, puerta metálica. Ruslan cortó la reja con tijeras de corte hidráulico que chirriaron en la noche. Irina se deslizó dentro.
El olor la golpeó. Formaldehído. Desinfectante. Y debajo, algo dulzón que conocía demasiado bien: cuerpo en descomposición temprana. La morgue tenía tres mesas. Una ocupada. Sábana gris. No miró.
Encontró al forense de guardia dormido en una camilla plegable en la sala de descanso. Hombre de sesenta años, bata manchada, botella de té junto a la cabeza. Irina le inyectó sedante de su estuche médico —el mismo que había llevado desde Suiza, a través de Moscú, a través de todo— en el cuello. El hombre suspiró y quedó inmóvil.
Tomó su tarjeta de acceso. Su bata. Su gorro.
—Tienes quince minutos —susurró Ruslan desde la ventana—. Después cambian la guardia en torre norte.
Irina salió por la puerta principal de la morgue, ahora con aspecto de empleada del sistema penitenciario. Caminó con paso cansado, el de alguien que hace turnos nocturnos desde hace décadas. Cruzó el patio interior. Las torres de vigilancia giraban, lentas. Un foco la iluminó. Se detuvo. Miró al suelo. El foco pasó.
Llegó al bloque de talleres. Puerta de metal con ranura para tarjeta. Pasó la del forense. Entró.
El taller de carpintería olía a resina y a sudor de hombres que no veían futuro. Al fondo, entre bancadas, había una celda improvisa: cadenas en pared, colchón en suelo. Y en el colchón, Aleksandr.
No era el hombre del hospital. Estaba más delgado, la ropa de prisionero rasgada en hombro, sangre seca en nariz y comisuras. Pero los ojos grises se abrieron cuando ella se acercó. Reconocimiento. No sorpresa. Como si siempre hubiera sabido que vendría.
—Te dije... que no buscaras... coordenadas con trampas —jadeó.
—Cállate —susurró Irina, revisando la herida. Nuevo corte en ceja. Costillas que crujían al tacto. Pero nada letal. Volkov lo había golpeado, no matado. Aún necesitaba información—. ¿Qué sabes?
—Número... de cuenta —respiró Aleksandr, tomándole la muñeca con fuerza que no debería tener—. En Liechtenstein. Treinta y siete millones. Dinero del programa. Volkov lo movió en 2001. Es la prueba... que no está en papeles. Lo memoricé... cuando era Pakhan. Por si algún día...
—¿Cuál es el número?
Aleksandr dictó. Lento. Letra por letra. Irina lo memorizó. No había papel. No había teléfono. Solo sinapsis que no podían confiscar.
Un ruido afuera. Pasos. Varias botas. Ruslan no había disparado. Aún.
—Vamos —dijo Irina, ayudándolo a levantar.
Aleksandr se apoyó en ella. El peso era real, hueso y músculo que fallaban. Caminaron hacia la puerta trasera del taller. Salieron a un corredor entre edificios. La noche era gris, sin estrellas, con luz suficiente para ver siluetas.
Volkov estaba en el patio. No solo. Tres hombres con chalecos antibalas, armas largas. Y al fondo, la figura del coronel, abrigo militar, gorra, viéndolos como quien observa insectos que finalmente caminaron hacia la luz.
—Doctora Volkov —dijo Volkov, y su voz llegó clara en el aire frío—. Qué coincidencia. O quizás no. Su apellido me ha perseguido desde que empezó esto. ¿Sabe que en 1995, en Nizhny, había una enfermera joven que también se llamaba Volkov? Robó documentos. Intentó escapar. Murió en el río.