Hielo y Acero

capitulo 23

La isla no tenía nombre en los mapas disponibles. Era un peñasco de tres hectáreas en el lago Onega, cubierto de abedales retorcidos y una cabaña de guardapescas que olía a moho y a aceite de motor quemado. Ruslan amarró la lancha con nudos que no preguntaban permiso, y cargó a Aleksandr por la orilla de guijarros que resbalaban bajo el peso. Irina sostuvo la cabeza de él, sintiendo cada sacudida de la marcha transferirse a la herida del hombro donde la bala de Volkov aún dormía.

Dentro, la cabaña tenía una mesa de pino, una estufa de queroseno, y un catre con colchón que había conocido mejores décadas. Ruslan encendió la estufa con movimientos de quien había hecho esto antes, en otras guerras, otros inviernos. La luz fue amarilla, mentirosa, insuficiente.

—Necesito hervir agua —dijo Irina, abriendo su estuche médico por centésima vez. Quedaban pocos suministros: un frasco de alcohol esterilizado al treinta por ciento, hilo de sutura de nailon, una pinza de pesca que Ruslan había afilado contra piedra, y un cuchillo de caza pequeño que ella esterilizó sosteniéndolo sobre la llama del queroseno hasta que el metal se puso azul.

Aleksandr yacía boca arriba en el catre, la respiración rápida y superficial. La entrada de la bala estaba en el hombro derecho, pero la sangre que manchaba el costado izquierdo indicaba que el proyectil había viajado, desgarrando tejido, quizás rozando la arteria axilar. No había rayos X. No había banco de sangre. Solo manos y decisión.

—Anna —llamó Irina, sin girarse—. Sostén su cabeza. No dejes que se mueva.

Anna se sentó en el borde del catre, tomando la cabeza de Aleksandr entre sus manos. Era un gesto que no habría sido posible un año atrás. Ahora, la hermana y el hombre que había sido su carcelero compartían una intimidad forjada en balas.

Irina inyectó anestesia local en el borde de la herida. No era suficiente. Aleksandr apretó los dientes, los músculos del cuello tensándose como cables, pero no gritó. Sus ojos grises encontraron los de ella, y en ellos no había miedo. Había permiso.

La incisión fue pequeña, precisa, el cuchillo de caza separando piel y músculo con la delicadeza de quien ha aprendido que la violencia también puede ser exacta. Irina introdujo la pinza de pesca. Aleksandr convulsionó. Anna apretó más fuerte.

—Casi —susurró Irina.

Encontró la bala. Un proyectil de nueve milímetros deformado, alojado contra la clavícula, milímetros de la arteria. Extrajo. El sonido metálico al caer en el plato de estaño fue seco. Final. Irina suturó con hilo de nailon, cada puntada contada, mientras la sangre empapaba sus manos hasta las muñecas.

Cuando terminó, Aleksandr había perdido el conocimiento. Pero respiraba. El pulso, cuando Irina lo tomó, latía en setenta y dos. Débil, pero regular.

Rusia se despertó esa mañana con un terremoto mediático que no provenía de la tierra. Elena Vasilieva publicó en *Novaya Gazeta* el número de cuenta de Liechtenstein, los documentos escaneados, y una cronología que vinculaba al Coronel Dmitri Volkov con treinta y siete millones de dólares provenientes del programa de 1995. Los servidores en Estonia y Alemania redundaron la información antes de que los bloqueos oficiales pudieran actuar. Telegram se incendió. Los funcionarios mencionados empezaron a renunciar antes del mediodía.

En la cabaña del lago, Ruslan escuchó la noticia en una radio de onda corta, frecuencia que no dejaba rastro digital. Sonrió por primera vez desde Chechenia.

—Volkov está herido, desesperado, y ahora sin dinero que lo proteja —dijo, mirando a Irina, que lavaba sangre de sus manos en un balde de agua helada—. Sus protectores lo convertirán en chivo expiatorio. O en cadáver.

—Necesitamos salir de aquí —dijo Anna. Estaba sentada junto a Aleksandr, vigilando su fiebre—. Si lo matan, no testifica. Y si no testifica, Aleksandr sigue siendo el único culpable ante los tribunales.

—Mañana —dijo Ruslan—. Tengo un contacto en Sortavala. Lancha mayor. Nos lleva a la frontera finlandesa. Desde allí...

No terminó. El sonido llegó desde el lago. Motor de lancha. No el de ellos. Otro. Más potente. Acercándose.

Rusan se levantó. Tomó la escopeta recortada. Miró por rendija de ventana.

—Dos hombres. Chalecos. Armas largas. No son rescate.

—¿Cómo nos encontraron? —preguntó Anna.

—Volkov no necesitaba seguirnos. Solo necesitaba adivinar que iríamos al agua. —Rusan cargó la escopeta—. Quedad aquí. No salgáis.

Salió por la puerta trasera, deslizándose entre abedales. Irina tomó el Makarov de Volkov que guardaba en el cinturón. Comprobó el cargador. Seis balas. Suficiente para una masacre breve, insuficiente para una guerra.

Los disparos llegaron en ráfagas cortas. AK-47. Luego el estruendo seco de la escopeta. Una. Otra. Silencio. Luego más disparos, esta vez más cerca. Pasos en la orilla. Grava que crujía.

La puerta se abrió de golpe. No era Ruslan. Era un hombre joven, máscara de esquí, Glock en mano. Entró sin ver a Irina, que estaba en el rincón oscuro junto a la estufa.

Irina disparó. El tiro fue alto, le dio en el cuello, no en la cabeza. El hombre giró, gargoteando, y cayó contra la mesa. El Glock se deslizó por el suelo.

Anna se lanzó sobre el arma. No para usarla. Para alejarla.

Otro hombre apareció en la puerta. Vio a su compañero caído. Alzó el AK.

Rusan llegó por detrás. Sangrando del cuello, del hombro, cubierto de sangre que no era toda suya. Embistió al segundo hombre con el cañón roto de la escopeta, un golpe bajo en la nuca que hizo crujir hueso. El hombre cayó. Rusan cayó con él, de rodillas, luego de costado.

Irina corrió hacia él. La herida del cuello era arterial. La presión no servía. La sangre salía en pulsos que coincidían con el corazón que se apagaba.

—El teléfono —jadeó Ruslan—. En mi bolsillo. Señal de emergencia. Activé... hace cinco minutos. Viene gente... buena. Fiscalía...




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