Hielo y Acero

epilogo

El consultorio olía a alcohol de romero y a papel reciclado. Eran las nueve de la tarde de un viernes de junio en San Petersburgo, y la luz del sol que se negaba a morir se colaba por las persianas de madera de roble en franjas doradas y polvorientas. Irina estaba sola, archivando el último informe del día —un caso de identificación de restos de la Guerra de Invierno, trabajo pro bono para una ONG que buscaba cerrar fosas comunes— cuando escuchó el paso en la escalera.

No era el paso de Anna. Anna subía con prisa, con zapatos de tacón bajo que golpeteaban como preguntas. Este paso era lento, pesado, deliberado. El paso de un hombre que aún no había aprendido a caminar por la ciudad sin calcular rutas de escape.

Aleksandr apareció en el umbral con un ramo de peonías blancas envuelto en papel kraft. Traje gris perla, camisa blanca abierta en el cuello, sin corbata. En la mano izquierda, una cicatriz que subía hasta la muñeca brillaba bajo la luz. Llevaba cinco meses fuera de la colonia, cinco meses durmiendo en un apartamento alquilado en la calle Rubinstein, cinco meses aprendiendo a despertarse sin revisar primero los bordes de la habitación en busca de enemigos.

—Mañana —dijo, extendiendo las flores.

Irina las tomó. Las peonías estaban en su punto exacto: pétalos que se abrían con timidez, sin marchitarse, sin apresurarse. Como todo lo que habían construido.

—Anna viene en una hora —dijo Irina, buscando un jarrón—. Trae el vestido.

—¿Nerviosa?

Irina sonrió, y la sonrisa le llegó a los ojos, algo que antes le tomaba días.

—No. Impaciente.

Aleksandr cruzó la habitación. La mesa de consulta —la misma mesa de pino donde ella revisaba informes, donde él la había esperado tantas tardes— quedó entre ellos un instante. Luego no quedó nada. Él le tomó la mano, la giró, examinó los dedos. Cortos, limpios, sin uñas de manicura, manos que habían sostenido bisturíes y armas y ahora sostenían flores.

—En la colonia —dijo, voz baja—, soñaba con esto. No con la boda. Con la normalidad de traerte flores un viernes.

Irina apoyó la frente en su hombro. Olía a jabón de castilla, a tabaco frío que ya no fumaba pero que aún impregnaba su piel, a algo que era simplemente él. El reloj de la pared marcó las nueve y cuarto. Fuera, el tráfico de la Rubinstein murmuraba como río lejano.

Fue entonces cuando el teléfono sonó.

No el móvil. El teléfono fijo del consultorio, línea que solo conocían Elena, Galina, y el hospital de la esquina. Irina se separó, miró el aparato, y contestó.

—Doctora Volkov.

Silencio. Luego la voz de Galina, metálica, tensa, la voz de quien ha vuelto a ser agente pero ahora del lado correcto.

—Hay un hombre en tu edificio. Subió por la escalera de servicio hace tres minutos. No es paciente. Es Pavel Gribov, ex farmacéutico de la clínica de Nizhny Novgorod. Escapó de la lista de detenidos en el juicio de Volkov. Lleva un cuchillo de caza y una dirección: la suya.

Irina no colgó. Miró a Aleksandr. Él ya había cambiado. No por la voz de Galina, que no escuchó, sino por la postura de Irina, por la forma en que su espalda se enderezó en ángulo que él reconocía de Tver, de Moscú, de todas las guerras.

—¿Arma? —preguntó Aleksandr.

—Cuchillo. Gribov. Uno de los de Nizhny.

Aleksandr asintió. Se quitó la chaqueta del traje, la dejó sobre la silla. Camisa blanca, mangas arremangadas. Se movió hacia la puerta del consultorio, no hacia la entrada principal, sino hacia la puerta de la sala de autopsias, donde guardaban el material de archivo. Volvió con un bisturí de acero quirúrgico grande, el mismo modelo que ella había usado en la cabaña de los Alpes. No era arma. Era memoria convertida en defensa.

—Anna viene —dijo Irina, tomando su propio estuche médico del cajón—. No podemos dejar que suba por la escalera principal.

—Entonces bajamos nosotros —dijo Aleksandr—. O esperamos.

Esperaron.

La puerta trasera del consultorio —la que daba a la escalera de servicio— tenía una ventanilla de cristal esmerilado. La sombra se movió detrás. Lenta. Gribov no era profesional. Era un hombre de laboratorio, de fórmulas, de miedo. Había visto caer a sus protectores uno por uno, y ahora, desesperado, buscaba el microfilme original que creía que Irina aún guardaba. O simplemente buscaba venganza, el último acto de un sistema que moría.

La puerta se abrió.

Gribov tenía sesenta años, pelo grasiento, ojos de roedor acorralado. El cuchillo de caza en su mano temblaba. No por miedo, sino por enfermedad —Parkinson, quizás, o años de sustancias mal inyectadas. Vio a Irina, vio a Aleksandr, y sonrió con dientes amarillos.

—La doctora —dijo, voz que sonaba a papel mojado—. Y el Pakhan. Qué romántico. Volkov me prometió que si los mataba, me sacaba del país. Mejor tarde.

Aleksandr dio un paso adelante. No rápido. Letalmente lento.

—Volkov está muerto —dijo—. Y tú no eres asesino. Eres quien preparaba las jeringas. El que se quedaba afuera mientras los niños gritaban. No tienes estómago para esto.

Gribov alzó el cuchillo.

Irina actuó. No con el bisturí. Con palabra.

—Pavel Sergeevich —dijo, usando su nombre completo, su patronímico, el lenguaje de la autoridad médica—. Usted tiene temblor en mano derecha. Disfagia leve. Los párpados caídos. Síntomas de degeneración neurológica. No está aquí por Volkov. Está aquí porque necesita que alguien le recete algo antes de que no pueda sostener ni un cuchillo.

Gribov parpadeó. El cuchillo bajó un centímetro.

—¿Qué...?

—Soy médico —dijo Irina, acercándose, no retrocediendo—. Y usted es un hombre enfermo que sigue órdenes de un cadáver. Suelte el arma. Le ayudaré. Es mi juramento.

Por un instante, el consultorio quedó en equilibrio perfecto. El cuchillo, la enfermedad, la promesa. Gribov miró a Irina, y en sus ojos hubo algo que no había habido en los ojos de Volkov: duda.

Aleksandr se movió. No para matar. Para desarmar. Tomó la muñeca de Gribov con una mano, la torció con precisión quirúrgica que había aprendido en años de violencia controlada, y el cuchillo cayó al suelo con ruido de campana. Gribov se desplomó de rodillas, no por fuerza, sino por el peso de su propio cuerpo traicionero.




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