Hielo Y Fuego

Capítulo 1: “La perfección no cae”

Milán, Italia. Enero de 2025.

El aire era frío, pero no tanto como ella.

El hielo del estadio aún conservaba las marcas finas de su última rutina: curvas perfectas, giros calculados, saltos que desafiaban la gravedad con una precisión casi inhumana. Las luces blancas caían sobre la pista como si intentaran coronarla una vez más, aunque el resultado ya era indiscutible.

Los jueces se retiraron de sus podios y se fueron a las oficinas junto a la pista de hielo para deliberar, la laptop de cuarenta minutos salieron con los resultados de la competencia de Nuevo Año "Silver Swan Championship"

Alina Petrova había ganado.
Otra vez. Cómo en casa competencia que ella participaba.

De pie sobre el podio más alto del Silver Swan Championship, sostenía la medalla dorada entre sus dedos enguantados. No la apretaba. No la alzaba con emoción. Solo la sostenía, como si fuera algo ajeno a ella, algo que pertenecía más a la expectativa del mundo que a su propio deseo.

El himno sonaba. El público aplaudía.

Y ella… no sentía nada.

Su figura destacaba incluso entre las campeonas. Alta, estilizada, con una postura impecable que parecía tallada a base de disciplina más que de naturaleza. Su cabello, de un rojo intenso, casi del color de una zanahoria encendida bajo la luz, caía en ondas suaves hasta la mitad de su espalda, domado a la perfección para la competencia, aunque algunos mechones se habían liberado, enmarcando su rostro con una rebeldía sutil.

Sus ojos azules, claros y fríos no buscaban al público. No brillaban con orgullo. Observaban a lo lejos como si estuvieran siempre un paso más adelante… o completamente desconectados del presente.

La llamaban "La Reina de Hielo".

No era solo por su técnica impecable, Era por eso.
Por esa ausencia.

Su traje aún destellaba bajo las luces: un diseño blanco con cristales incrustados que imitaban escarcha, ajustado a su cuerpo como una segunda piel. Cada detalle había sido pensado para transmitir pureza, elegancia… perfección.

Todo en ella era perfecto.

Y, sin embargo, por dentro… algo no encajaba.

Desde la primera fila, Irina Petrova observaba con los brazos cruzados.

No aplaudía. Nunca lo hacía.

A su alrededor, el estadio era un estallido de euforia descontrolada. Los reporteros se empujaban unos a otros detrás de las vallas, alzando micrófonos, cámaras y grabadoras como si la victoria de Alina fuera un espectáculo que debían devorar antes de que desapareciera. Flash tras flash iluminaba el hielo, cegador, insistente, casi agresivo.

—¡Alina! ¡Aquí! ¡La Reina de Hielo!

—¡¿Cómo se siente al dominar la temporada completa de año nuevo, otra vez?!

—¡¿Es esta la mejor rutina de su carrera?!

—¡Pronto tendrá veinticinco años, va a retirarse como la campeona nata luego de la competencia "Grand Prix Aurora"!

—¡Esa competencia es en parejas por las reglas!, ¡¿Quién elegirá como su pareja en la lista de hielo?¡ ¡¿Pronto tendremos noticias al respecto?!

Gritos superpuestos, Voces desesperadas por alguna respuesta de la patinadora que desde que había debutado a sus dieciséis años de edad jamás había perdido una sola competencia, y jamás había contestado preguntas a menos que fuese una rueda de prensa perfectamente planeada por su madre, que también era su manager y decían que también su entrenadora personal.

Más atrás en el podio, las otras dos competidoras apenas existían.

La medallista de plata mantenía una sonrisa tensa, rígida, con los ojos vidriosos intentando sostener una dignidad que nadie estaba mirando. La de bronce aplaudía con cortesía automática, perdida entre la sombra que proyectaba Alina. Nadie gritaba sus nombres. Nadie las llamaba.

Porque en esa pista solo había una reina.

Irina no miraba a las otras.

Nunca lo hacía, no sé permitía hacerlo.

Su cabello castaño claro estaba recogido en un moño pulcro, perfecto, tan rígido como su postura. Ni un solo mechón fuera de lugar. Sus ojos claros —similares a los de su hija, pero endurecidos por los años y por los sueños rotos— analizaban cada segundo de lo que ya había ocurrido, como si todavía pudiera encontrar fallos que corregir.

Para Irina, ganar no era suficiente. Nunca lo fue.

Porque ella alguna vez había sido mejor. Mucho antes de que Alina existiera, el nombre de Irina Petrova era el que llenaba titulares. La promesa dorada del patinaje ruso. Técnica impecable, expresión magnética llena de pasión y amor por lo que hacía, una carrera destinada a marcar una era, un nombre destinado a grabarse en las estrellas.

Hasta que lo intentó.

El salto que definía a las leyendas.

Un triple axel ejecutado al límite de lo humanamente posible.

Y cayó.
Mal.
El crujido fue seco. Brutal. Irreversible.

La fractura no solo rompió hueso, le arrebató el futuro. Su cadera nunca volvió a responder igual. Los médicos fueron claros. El hielo… había terminado para ella.

Pero Irina nunca lo aceptó.

No realmente.

Solo trasladó su obsesión.

A Alina.

A su lado, Mikhail Petrov apenas parecía formar parte de la escena.

Vestido con un traje oscuro de corte impecable, elegante sin esfuerzo, irradiaba el tipo de presencia que no necesitaba imponerse para ser reconocida. Era un hombre acostumbrado al poder: accionista mayoritario de una de las corporaciones más influyentes del sector tecnológico europeo, su nombre circulaba en círculos donde el dinero no se contaba… se multiplicaba.

Pero ahí en ese momento, ni siquiera miraba a su hija.

Revisaba su reloj.

Su rostro sereno casi imperturbable, compartía con Alina los mismos rasgos definidos, la misma estructura firme, la misma belleza fría. Como si ella hubiera heredado lo mejor de él… y obligada a tomar lo peor de Irina.




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