Dos semanas después.
La pista siempre suena distina cuando está vacía.
No es el eco de los aplausos ni el murmullo de las gradas lo que lo define... es el silencio. Un silencio limpio y casi sagrado que se extiende desde mis patines hasta el techo alto de la pista, donde las luces blancas caen como una nieve artificial que nunca se derrite.
Deslizo.
El primer contacto es suave. Preciso.
El filo corta el hielo con un susurro seco, continuo. Ese sonido… es el único que necesito. Cierro mis ojos un momento dejandome llevar por ese sonido.
No hay cámaras.
No hay jueces.
No hay nadie gritando mi nombre.
Solo yo.
Y aun así no me permito fallar.
La pista es amplia y esta perfectamente mantenida. Las gradas vacías se alzan en filas ordenadas como espectadores invisibles que esperan algo de mí, incluso cuando no hay nadie sentado. Las barandillas brillan bajo la luz, el hielo refleja mi silueta con una nitidez casi cruel que se distorsiona con los cortes que hacen los patines en el hielo.
No hay dónde esconderse. Nunca lo hay.
Respiro.
Uno, dos.
Y comienzo.
El movimiento nace desde el centro, controlado y medido. Mi cuerpo responde como siempre: sin dudas, sin titubeos. Giro sobre mi eje, dejando que la inercia me lleve a la primera secuencia de pasos. Tres giros enlazados, limpios, rápidos, sin pérdida de velocidad.
Perfecto.
Cambio de filo.
Siento el peso desplazarse con exactitud milimétrica mientras preparo el salto. No necesito pensarlo. Mi cuerpo ya lo sabe.
Impulso.
El hielo desaparece bajo mis pies y, por un instante, el mundo queda suspendido en un vacío absoluto. Giro en el aire, uno, dos, tres.. y caigo.
Firme. Sin vibración. Sin error.
Sigo.
La rutina fluye sin interrupciones. Cada transición es invisible, cada giro encaja en el siguiente como si no existiera separación entre ellos. No hay emoción en mis movimientos. No hay dramatismo. Solo líneas limpias y elegancia fría.. perfección.
“Sin error.”
La voz de mi madre no suena en la pista pero siempre la tengo repitiéndose en mi cabeza como una grabación constante una y otra vez taladrandome la cien con sus palabras.
"No falles.
Nunca falles.
La perfección no es una opción, es lo mínimo."
Aprieto los dientes apenas lo suficiente para sentirlo, no para mostrarlo, jamás puedo mostrarlo, si pasara se notara esa pequeña linea de humanidad y mi madre me asaría viva si ocurriera.
Aumento la velocidad.
Mis patines trazan curvas más cerradas ahora y más exigentes. Giro en espiral, mi pierna extendida dibuja una línea exacta en el aire mientras mantengo el equilibrio sin un solo temblor. La presión en mi centro aumenta pero no cedo.
Porque sé lo que pasa cuando lo haces.
La imagen aparece sin permiso.
Un salto.
Un fallo.
Un cuerpo cayendo.
El sonido de algo rompiéndose.
Parpadeo.
Y sigo patinando.
Más rápido. Como si pudiera dejar eso atrás.
Me detengo solo cuando el programa termina en mi cabeza. No hay música, pero la escucho igual porque es una rutina que he practicado hasta que mis musculos estan al borde del colapso.
Mi respiración es estable. Mi pulso esta controlado.
Miro el hielo frente a mí. Impecable.
Sin marcas fuera de lugar.
Sin rastro de error.
Y, aun así...
—Otra vez.
La voz de Tatiana Morozova corta el aire desde el borde de la pista.
No necesito girarme para saber cómo está. Elegante, como siempre. Su abrigo largo cae con precisión sobre su figura, oscuro y sobrio. Su postura es recta, sus brazos cruzados, su mirada analítica fija en mí como si fuera un proyecto sin margen de error y no una persona. Es la entrenadora que eligió mi madre hace cuatro años, cuando yo aún tenía diesiocho años.
—El segundo giro perdió intención —continúa—. Fue perfecto, sí... pero vacío. Tienes que hacerlo mejor.
"Vacío."
La palabra no me sorprende.
No es la primera vez que la escucho en ella desde que empezó a guiarme, alguien tan exigente como lo era mi madre pero que exigía algo mucho más complicado, emoción. Era una patinadora estupenda en su tiempo, el patinaje artístico le fascinaba tanto que entrenarme a mi siempre le supuso un dolor inmenso, la mujer que más amaba el hielo entrenando a una chica cuyo único propósito es cumplir el deseo de su madre y no le tiene amor a nada más que ella misma.
Me deslizo hacia la barandilla apoyando una mano con ligereza. El frío del metal se filtra a través del guante.
—No estoy interpretando —digo.
No es una excusa.
Es un hecho.
Tatiana inclina apenas la cabeza respirando hondo tratando seguramente de tragarse esas maldiciones y quejas que lleva años queriendo soltar.
—Lo sé.
Silencio.
—Pero en el mundial —añade— no bastará con ser perfecta.
Mis dedos se tensan ligeramente.
El mundial.
La palabra pesa más de lo que debería.
No por la competencia.
No por el título.
Sino por lo que implica.
—Necesitarás un compañero.
Ahí está.
Desvío la mirada hacia el centro de la pista. Vacía. Limpia. Mía.
Siempre ha sido más fácil así.
Sola.
Sin depender de nadie. Sin ajustar mi ritmo al de otro. Sin arriesgar la precisión por algo tan impredecible como otra persona.
—No lo necesito —respondo automática.
Tatiana no se mueve.
—Lo necesitas si quieres participar para ganar.
Cierro los ojos un segundo.
Ganar.
Siempre lo mismo.
Siempre ese objetivo.
Abro los ojos y miro el hielo otra vez. Mi reflejo me devuelve una imagen perfecta. Cabello rojo recogido con pulcritud, sin un solo mechón fuera de lugar. Mi respiración ya es estable. Mi postura intacta.