Un salón de 16 metros cuadrados en donde los gritos infantiles invaden todo el lugar; esto al menos hasta que su maestra vuelve de la dirección y todos aquellos infantes parecen regresar automáticamente a su lugar de manera perfecta y ordenada. Comienzan temprano las clases con español y mientras la maestra explicaba los tipos de discurso con ayuda del respectivo libro escolar; una pequeña de cabello cenizo y ojos avellanados bufaba internamente por otro día más en aquel “feo lugar” como solía llamarle, o “aberrante” unos años más tarde cuando su léxico se ampliará un poco más.
Su nombre era Adela Ubiytsa, que como su nombre lo indica tenía ascendencia eslava, aunque a estas alturas ya no era casi notable. A sus cortos 10 años estaba más interesada en temas poco comunes para su edad, en lugar de pensar en juegos, amigos, o incluso temas escolares y películas infantiles. Posiblemente debido a la influencia que tuvo uno de sus vecinos hace un par de años antes de mudarse de ciudad junto a su amorosa madre llamada Cloe Ubiytsa; la cual estaba al pendiente de su hija en medida de lo posible, pues aquella mala influencia del pasado junto a otro par de acontecimientos volvían alguien susceptible a Adela a momentos de disociación o arranques repentinos de ira o ansiedad. No obstante, desconocía los peculiares gustos de Adela o incluso el ínfimo hecho que no era una niña realmente sociable con el resto de sus compañeros. Incluso solo los veía como una herramienta cuando necesitaba de ellos y se podía volver alguien inusualmente encantadora y amigable.
Más allá de ello, no era alguien que resaltará en clase o causara problemas, en realidad la mayor parte del tiempo se la pasaba en una esquina evitando interactuar con el resto de niños más allá de lo necesario. Si no se perdía en pensamientos extraños, analizaba lo que ocurría a veces a su alrededor, ya que los pequeños a veces llegaban con crecieras ocultistas o esotéricas que se distorsionaban dado su corta edad y que era algo que se venía contando a voces.
-Adela— la voz dulce de la señorita Ramos captó su atención.
-¿Si?— respondió corta y secamente.
-¿Podrías explicarnos la diferencia entre el discurso directo y el discurso indirecto?
Adela lo sabía vagamente, pero vio los dibujos ilustrativos en su libro un par de segundos, antes de subir o vista hasta su profesora y responder con total seguridad y con un tono de voz firme.
-El directo es aquel que dice el orador a un oyente; algo así como un doctor diría a su paciente: “Debe tomar su medicina cada 8 horas”— hizo una pausa leve antes de continuar—. El indirecto es el que dice el posible oyente a otra persona y cita sus palabras; como si el paciente le contara a su amigo lo que pasó en su consulta: “El doctor me dijo que debo tomar mi medicina cada 8 horas”.
-Excelente, Adela— sonrío la profesora Ramos— ¿comprendieron todos su explicación?
Honestamente pocos niños estaban prestando atención a clase, pero nadie quería continuar con esa engorrosa explicación, por lo que todos decidieron de manera unánime asentir y dar por sentado esa última explicación de su extraña y callada compañera; todo porque estaban a tan solo un par de minutos de comenzar su recreo y era lo más importante en ese momento, como para sacrificarlo en otra explicación de los “tontos discursos” como nombraría a ello o mayoría de esos pequeños. Por otra parte, Adela volvió a perderse en aquellos dibujos de su libro de texto; al principio detallaría los trazos y colores de la imagen, pero en algún punto se perdió dentro de su cabeza sin tener realmente una idea fija en su cabeza, mientras parecía subrayar grafitos que no leía con atención, pero una parte de ella, no totalmente desconectada, lo considero importante.
En algún momento, en el que no sabía exactamente cuánto se perdió, volvió a los dibujos del libro donde un pequeño estaba entrevistando a un profesional de la salud; era claro que solo era una imagen en el libro, pero ante los ojos de Adela parecía que en un momento pudo ver claramente cómo el doctor movía los labios y se giraba a ver a Adela con una sonrisa casi maquiavélica, pero al no conocer tal adjetivo; solo podía decir que era “terrorífica”. Los ojos parecían ser un vacío que la miraba de vuelta y Adela estaba convencida de que podía verse reflejada en ellos, aunque lo que le causa escalofríos fue verse “rara”; porque estaba pálida y casi sin emoción o vitalidad. Más tarde podría describirlo como “moribunda”.
Inexplicablemente, mientras más se veía reflejada mayor era su miedo, se desconocía por completo y le incomodaba su propia imagen. Así que decidió cerrar abruptamente el libro y solo ver la portada con un pequeño leyendo un libro tranquilamente; volteó a su alrededor y notó que todos estaban en su mundo y nadie parecía notar el pequeño ataque de pánico que casi le daba, por lo que respiro profundamente y una vez que pudieron salir al recreo caminó sin rumbo fijo por todo el patio. No volvió a tener otra alucinación de ese tipo durante el resto del día.
[Días más tarde]
Otro día más en que Adela estaba matando el tiempo armando un rompecabezas que su madre le acababa de comprar. Era una actividad que le gustaba ya que al ser hija única y alguien poco sociable, sus juegos se reducían a algo más solitario; en este caso un nuevo rompecabezas de un par de caballos corriendo libres por unas verdes praderas. El rompecabezas no era demasiado grande, apenas eran 60 piezas, pero parecía incompleto porque un par de piezas no eran encontradas por aquella pequeña.