Los pasos se hacían cada vez más pesados y Adela sentía que no quería descubrir lo que se ocultaba en esa fría esquina. Podía oír su corazón latir tan fuerte que eso solo lograba tensarla mucho más; inclusive su respiración era bastante errática.
El olor a hierro allanaba sus fosas nasales de manera violenta y sentía que su estómago se revolvió con asco amenazando con tirar toda su merienda de una sola deposición. Continuaba caminando a pesar de que sus manos temblaban a sus costados, quería pensar que otra vez estaba en uno de esos sueños tan vívidos que tenía; aunque sabía que por primera vez... sus sueños no le gritaron algo que había sucedido; le advirtieron que éste preciso momento llegaría.
No estaba alucinando como en otras ocasiones y sabía bien lo que iba a encontrar al final de ese largo pasillo; aún así eso no evitó que sintiera una opresión en el pecho cuando las primeras manchas de carmesí aparecieron en el suelo, casi de manera retorcidamente artística. Cuando llegó hacía el cuerpo inerte, frío y rígido en el suelo sabía que todo estaba perdido.
Su ancla a esta vida ya no estaba.
Podría haber derramado lágrimas como sería normal a su corta edad, pero más bien una cólera reprimida de tantos años aguantando salía sin miramientos de su cuerpo. Lo tocó delicadamente una última vez, deseando profundamente... estar en su lugar.
-No...— murmuró inútilmente como si eso cambiara algo.
Eso no se quedaría de tal forma; ya no tenía "esa" razón para estar cumpliendo con lo que las leyes de moralidad dictaminaron; con lo que alguna vez creyó correcto.
-Te lo dije, Adela— esa voz familiar se escuchó detrás de ella—. No merecen la más mínima compasión porque es algo que ni siquiera comprenden.