Hierba mala

Capítulo II

Adela y su madre rara vez pasaban tiempo de calidad debido al trabajo de la señora Ubiytsa; por ello, momentos como éste se sienten extraños para la infante. No obstante, no dejaría que eso arruinara su búsqueda por un rompecabezas nuevo, no podía olvidar el otro— del que se lamentaba la pérdida de sus piezas— y simplemente darse por vencida, ya que ese era su favorito, pero negar la posibilidad de comprar uno nuevo tampoco es que sea algo que le desagradara. Ella amaba armar rompecabezas así que uno más a la lista le parecía bastante entretenido.

Miraba con detenimiento las cajas acomodadas en el estante frente a ella, había encontrado algunas fuera de lugar, pero las volvió a acomodar solo por su paz mental para cuando tuviese que elegir. Tenía esa extraña manía de querer algo que le pareciera “perfecto”. Uno que la atrajera casi mágicamente hacia él, pero por más que observaba ninguno parecía convencerle, no es que fueran horribles o algo por el estilo, pero simplemente no parecía existir alguna conexión con ellos.

-¿Qué tal éste?— su madre tenía en manos una caja que mostraba la imagen de unos lindos conejos en el campo—. Son bonitos, ¿no?

Era cierto que eran bonitos, pero le parecía un típico rompecabezas de niños y no es que ella no lo fuera, pero quería aumentar su nivel de dificultades. Moría por demostrarle a su madre que podía mejorar con ello, que era buena y no solo una pequeña que se aferraba a…

De pronto, sintió las inexplicables ganas de girar su cabeza y así lo hizo. Sintió como si algo la hubiese llamado, sintió unos susurros detrás de una hilera vacía entre unos rompecabezas de gatos y un paisaje nocturno— era extraño, porque podía jurar que dejó todos muy bien acomodados—; se asomó con cuidado siguiendo esa voz que solo ella parecía oír.

“Adela”

La estaban llamando y fue cuando una gran caja se dejó ver; olvidada por el resto de personas. Ahí se dejaba ver la imagen, casi terrorífica, de una muñeca antigua y polvorienta en un sótano olvidado. Siendo honestos, no era el tipo de imagen que Adela quisiera armar, pero esa intangible sensación de querer llevárselo le estaba ganando.

-Quiero éste— lo sostuvo entre manos y vio a su madre fruncir el ceño—. Es algo nuevo— aclaró y sonrió inocente, mientras lo ponía en el carrito de compras.

-Es que…— antes de que pudiera decir algo más, sonó su teléfono— ¿Diga?— respondió sonriente.

Adela había visto más de una vez esa sonrisa en su rostro, era completamente ensayada, casi mecánica, por cada vez que alguien le llamaba, específicamente de su trabajo. Decidió ignorarlo y continuar viendo los estantes sin demasiada preocupación. Como siempre había las típicas imágenes en los rompecabezas de paisajes y animales, o al menos en esa sección que era para niños.

Una repentina mirada fija sobre ella la hizo voltear instintivamente; no obstante, su mirada no captó nada más allá de su madre que seguía conversando, ahora con el entrecejo fruncido, y ese rompecabezas extraño que puso en el carrito de compras. Pensó que quizás fue su imaginación y continuó observando el resto de rompecabezas hasta que su madre finalizó la llamada telefónica.

-¿Segura que quieres éste?— preguntó su madre cuando finalizó la llamada y su hija solamente asintió—. Bueno, vámonos rápido porque debo regresar al trabajo.

-¿Tan rápido?— la verdad es que ya estaba acostumbrada a estas interrupciones, pero su pregunta era más que nada un reflejo que le quedó desde que pequeña.

-Lo lamento, pero es importante— fue lo último que le dijo a su hija.

Esto porque como era costumbre, se distrajo tanto con el estrés laboral que ni siquiera se despidió de la pequeña. Como no llegó hasta la madrugada, fue lo último que Adela escuchó en todo el día de su madre, aunque no se lamentara particularmente.

Al día siguiente era finalmente su fin de semana y aunque su madre no trabaja más de medio tiempo, se iba muy temprano por cualquier imprevisto que la hiciera realizar horas extra. Así que Adela tenía la mañana libre después de desayunar y hacer sus tareas, justo como en éste momento; que ocupaba para colorear un poco. No era su actividad favorita, pero era de las pocas cosas que no detestó que su psicóloga le recomendará realizar.

Esta vez se trataba de un libro para colorear de princesas que su mamá que compró y en el fondo debía admitir que experimentar con los colores no era tan malo, se permitía mayor creatividad que en un rompecabezas, en donde todo era más de tener que seguir ciertas reglas para cumplir su objetivo; en cambió en esto daba igual si el vestido era de un apagado gris o un vívido rojo, el punto era agregarle algún color.

Estaba bastante concentrada en su tarea, hasta que un ruido la distrajo de su objetivo porque era demasiado ruidoso para que continuara concentrada y además aparentemente muy rítmico. Era extraño porque rara vez había ruido en el edificio que vivían, era bastante silencioso; además cuando se concentró en saber de dónde provenían esos leves golpeteos metálicos, supo de inmediato que se trataba de su cocina. Camino muy sigilosa, como si temiera encontrarse con algo más que ese ruido, pero conforme se acercaba logró distinguir de qué se trataba y fue ahí cuando frente a ella estaba la fuente del sonido.

Plop. Plop. Plop.

Y el aire abandono sonoramente sus pulmones como un suspiró tranquilizador porque a decir verdad, eso le había puesto los pelos de punta.




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