Hierba mala

Capítulo III

Una sopa recalentada en el microondas y unos dedos de pollo habían sido la merienda de Adela, junto a sus rutinarias vitaminas y par de medicamentos más, que ya olvidó para qué eran. No obstante, ahora lo más importante era concluir con su último deber encomendado en el día para poder tener tiempo de ocio antes de dormir. La tarea era bastante sencilla, solo tenía que sacar la basura a los contenedores que estaban afuera del edificio, aunque no era su tarea favorita, era la que siempre cerraba su día por así decirlo.

La tarde comenzaba a refrescar y la puesta de sol estaba a par de minutos de acabarse, el ruido de la ciudad era la único que llegaba a sus oídos— lo cual considerando el último suceso con el televisor no estaba tan mal—, por otra parte la pesada tapa estaba abierta a diferencia de otras ocasiones, así que tiro la bolsa sin dilema alguno; al menos así ocurriría de no ser por un agudo lloriqueo que percibió.

-¿Hola?— escupe casi por reflejo y con los pelos de punta.

Sin embargo, cuando prestó atención una vez más, notó que dicho lamento no provenía de algún humano más bien se escuchaba como un pequeño can. Lo que la hizo sentir aliviada porque no era otra cosa extraña. Se asomó sigilosa a un lado del gran contenedor verde y vio un pequeño cachorro con una mirada lastimera y prácticamente en los huesos. Decir que no le dio pena sería una absoluta mentira, así que pensó en traerle algo comestible.

-Espérame aquí, iré por algo— corrió adentro lo más rápido que sus piernas se lo permitieron que provocaron jadeos debido a la falta de aire—. ¿Qué le podría dar?— habló consigo misma una vez que llegó a la cocina.

Buscaba en el refrigerador y alacena sin mucho éxito hasta que un pequeño molde capturó su total atención y una vez que hizo memoria sonrío. Abrió el molde y confirmó lo que recordaba, era un poco de pollo deshebrado que a su madre le había quedado hace un par de días. Lo olió y confirmó que aún era comestible y salió entusiasmada. Volvió rápidamente hasta los contenedores de basura, pero se dio cuenta que aquel pequeño cachorro ya no estaba donde lo había dejado hace unos minutos atrás. Se giró intentando verlo a su alrededor, pero no lo encontró.

-¡Ey!— intentó llamarlo inútilmente, pero no resultó.

Sin más remedio dejó aquel pollo ahí— lo más oculto que pudo— con la esperanza de que el perrito lo comiera más tarde y que no lo encuentre otro animal antes; aunque para su desgracia— no tuvo la certeza de quién lo comió— fue consumido por gatos callejeros.

Una vez dentro nuevamente, se quedó analizando qué haría antes de dormir. No quería armar el nuevo rompecabezas desde que esa muñeca apareció en el televisor, mientras que su otro rompecabezas estaba incompleto y aún desconocía su paradero; por lo tanto estaba decida a leer un poco antes de dormir. Se acercó al librero lentamente, mientras acomodaba un banco para alcanzar algún cuento que llamará su atención

Miraba indecisa el libro de “El gato con botas” y el de “La princesa y el guisante”; pero antes de que pudiera decantarse por alguno, el chirrido de la puerta más cercana la congeló por completo poniéndola en estado de alerta. Sabía bien que la puerta más cercana era la del cuarto de su mamá, pero eso era prácticamente imposible porque no estaba en casa y siempre dejaba su puerta con seguro porque odiaba que Adela entrara ahí; lo tenía estrictamente prohibido. No obstante, para confirmar, se asomó lo más que pudo para no perder el equilibrio y vio entreabierta la puerta del cuarto de su madre.

-No…— le salió un murmullo suplicante, quería negar lo que veía.

Se bajó con sigilo y se acercó a la puerta abierta. Esa habitación despedía un aroma peculiar,, no solo era el perfume que su madre utilizaba, también olía a sus cigarrillos de clavo y algo más que Adela no sabía con certeza qué era, pero tenía la extraña sensación de que “eso” ya le era familiar y además, particularmente, era un aroma que detestaba, incluso aún más que esos cigarrillos. Ese aroma le trajo imágenes de manera veloz y abrupta a la mente.

Una mujer de quien no podía detallar su rostro la tenía en brazos, mientras parecía arrullarla con una suave canción de cuna.

Unas manos grandes que se acercaban de forma invasiva a su rostro, y le provocaron un pavor que jamás había experimentado antes.

Un piso blanco, liso y brillante donde podía reflejarse. Su reflejo era de hace unos años, aunque su mirada se veía perdida y desorientada, mientras cargaba algo entre sus brazos que no lograba discernir.

Gente vestida de blanco que bailaba descalza sobre el pasto.

Unos muros altos que la separaban de la libertad y la convertían en una prisionera.

Su abuela leía un libro, reclinada sobre su silla mesedora.

“Tu madre nos quiere separar”— le dijo en más de una ocasión.

Ella se asomaba a la habitación como una espía cuando su abuela discutió con su madre.

“Ella no puede ser así”— la molestia de su mamá era palpable.

“No la alejes de mí”— suplicaba su abuela.

“No quiero que sea como ustedes”— cortaba de tajo su madre.

“Tú le haces más daño”




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