Hierba mala

Capítulo IV

Dentro de las novedades en la vida de Adela se podía decir que su relación con aquel pequeño cachorro callejero había crecido considerablemente las últimas tres semanas en las que salía a alimentarlo y jugaba un poco con él. Por otra parte, aún no recordaba demasiado de aquellos momentos olvidados, de hecho, había buscado algunas fotografías o álbumes para encontrar alguna pista; no obstante, no había rastro alguno de fotos de cuando era más pequeña, lo cual le llamaba la atención porque sería lo más normal del mundo poseer eso. Además, sabía que tenía que haber porque cuando ocupaba fotos para manualidades escolares su madre le daba un par de fotos después de pedirselo un par de veces.

Por otra parte, en cuanto a sus… alucinaciones se habían reducido considerablemente; aunque a veces sentía ver cosas por el rabillo del ojo, pero cuando volteaba no había nada así que creyó una vez más que solo era su mente que jugaba con ella. En cuanto a sus citas con Kate, bueno hoy era ese día en que la veía con bastante más recelo que de costumbre.

-¿No me dirás cómo te ha ido?— le dio aquella sonrisa terapéutica de siempre.

-Ya respondí que bien— Adela fue bastante tajante.

-¿De nuevo evitaras responder?— ¿De nuevo? Adela creía que jamás evitaba nada.

-¿De nuevo?— Kate removió sus piernas y se acomodó sus gafas evitando la pregunta.

-¿Responderás sinceramente?— la máscara profesional regresó.

Adela casi frunció el ceño por reflejo, pero se contuvo. A primera instancia creyó que jamás era alguien que evadiera preguntas, o al menos no tan abiertamente, pero haciendo memoria a veces existían citas que… no recordaba con exactitud, solamente el hecho de que a veces era más cerrada que de costumbre y… nada. No recordaba qué intervención terapéutica hacía Kate; lo cual era curioso porque aunque no recordara exactamente cada sesión estaba segura que esas ocasiones no las recordaba en lo más mínimo. Quizá lo mejor era decir verdades a medias para que no creyera que la eludía.

-No he interactuado con ningún compañero— atinó a decir. Era una de las principales razones en terapia.

-¿Aún te alejas de gente que ni siquiera te ha rechazado?— ella tenía razón, pero algo parecido al ego se sintió pinchado por algún motivo.

-Sí— admitió de mala gana.

-¿Cómo han sido estos días con tu madre?

-Rutinarios— respondió sin mayor detalle.

-Explicame la rutina, por favor.

-Ella trabaja y yo me quedé en casa ocupada con algunas tareas— desvía la vista tratando de memorizar— la última vez me llevó por helado y me compro un nuevo rompecabezas porque se me perdió una pieza del que ya tenía. Fuera de eso la veo cuando me voy a dormir porque ella está bastante ocupada todo el tiempo.

-¿Te ha leído antes de dormir?—Kate realizaba algunas anotaciones.

-No, no le…— se detuvo a razonar su respuesta— da mucho tiempo, además siempre llega agotada y eso no me molesta.

-¿Nunca has deseado hacer alguna actividad con ella?

-Nos relacionamos lo suficiente y además nos llevamos muy bien.

-¿Has considerado pasar tiempo con tus vecinos? Tu madre dice que hay algunos niños.

-Juegan cosas que no me gustan— recuerda como suelen jugar rudo o jugar con un balón—. No nos llevaríamos bien.

-De nuevo evitas a las personas antes de que puedan lastimarte, al menos según tú— una vez más se acomodo las gafas como un tic—. Inténtalo esta semana, al menos entonces lo sabrás con certeza.

-¿No llevamos ya…— Adela intentaba ser sutil para recaudar información— dos años y medio con esto?

-Qué buena memoria, Adela— Kate le sonrió—. Así es, ¿te parece demasiado?

-No lo sé, ¿he tenido cambios?— fue una pregunta genuina.

-Sí— notó un destelló en la mirada de Kate—. Sí que los has tenido y estoy muy orgullosa de ti por eso— se sonrieron mutuamente—. Creo que es momento de que hablé con tu mami.

Ahora afuera del consultorio Adela le daba vueltas a las palabras de Kate en su cabeza, mientras movía sus piernas de manera repetitiva. Kate básicamente le confirmó que llevaban dos años y medio de conocerse y ella vagamente lo recordaba, pero las cosas antes de eso… no estaba segura de ello. Además ya había olvidado lo que la llevó a terapia en una primera instancia, no recordara que fueran sus nulas habilidades sociales, más bien fue algo más que ya ni siquiera podía recordar.

El viento soplaba de manera más fría y sonora que de costumbre, tanto así que puso le puso la piel chinita a Adela. Sería extraño explicarlo sin que sonara a un brote psicótico, pero la pequeña comenzaba a creer firmemente que el viento quería susurrar algo, algo más que ella realmente no estaba notando. De pronto, su mente pareció comprender la lengua cifrada que utilizaba el viento y le sopló la respuesta.

“Estoy muy orgullosa de ti por eso”.

Esas fueron las palabras de Kate y aunque en un inicio sintió un calor, que nunca antes había conocido, creció en su pecho; algo en ese brillo que reflejaba su mirada la incómodo. Era como si la máscara de Kate volviera a caer por un segundo y su verdadero yo saliera a la luz por un par de segundos. Podría ser tan solo la paranoia de Adela, pero aquella infante comenzó a sentir una incomodidad en el pecho cuando Kate la miró de esa forma, porque a su percepción no parecía la mirada genuina y afectuosa de una psicóloga; la niña no podía dejar de sentir que esa era la clase de mirada que se le da a un objeto de tu pertenencia que acabas de pulir y te puedes reflejar en él.




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