Hierba mala

Capítulo VI

Se encontraban sentados en la sala, en tanto el perrito había decidido quedarse dormido en el sofá de la sala. Así que Oscar y Adela se pusieron a conversar en lo que dejaba de llover. Aún existía algo de incomodidad entre ambos, pero ya no era tan tediosa la situación como cuando tuvieron ese primer encuentro hace un par de horas en la escuela.

-¿Qué sueles hacer en tu tiempo libre?— trató de iniciar la conversación.

-Armar rompecabezas— optó por no ser sarcástica esta vez.

-¿Tienes muchos?

-No en realidad, solo son cuatro— se quedó en silencio y decidió poner de su parte—. ¿Qué hay de ti?, ¿qué te gusta hacer?

-Bueno… me gusta armar cosas— decidió explayarse cuando vió a la niña dudar—. Como casas o figuras con bloques. Tengo muchos en mi casa.

-Ya veo— el silencio llegó nuevamente. Hasta que Adela tuvo una pregunta en mente que no podía dejar—. ¿Tu mamá siempre es tan sobreprotectora?

-Sí, ¿tu madre no es así?— Oscar parecía confundido por la pregunta.

-En lo absoluto— por primera vez sintió una opresión en el pecho al hablar de su madre—. Solo la veo llegar cansada a casa y ni siquiera salimos tanto en sus días de descanso porque suele quedarse dormida hasta tarde. Creo que está bien porque ella trabaja, es normal que no tenga tiempo para mí.

-Mamá está tanto tiempo sobre mí que a veces es asfixiante— por fin parecían tener algo de lo que hablar—. Como mi padre le envía dinero después de que se separaran, ella puede no trabajar fuera de casa, pero… eso la hace estar sobre mí todo el tiempo y supongo que por eso no he podido salir y hacer amigos.

-Eso da igual— por alguna razón ella comenzó a sentir confianza—. Si eres diferente no te aceptarán, mírame a mí, puedo salir y no he conseguido algún amigo.

-Ahora me tienes a mí— le sonrió cálido.

-Supongo— no rechazó la idea—; aunque pareces un “molesto pollito de colores”.

-¿Es así?— se rió sin molestarse en lo absoluto.

-Solo digo la verdad, Oscar.

-Te creo, Adela— se giró a ver el cielo ahora despejado—. Creo que debo irme, mi madre me comenzará a buscar como loca.

-Sí, creo que éste pequeño tendrá que irse también— el cachorro comenzó a despertar ajeno a lo que ocurría—. Mi madre me mataría si lo llegará a ver.

-En ese caso, nos vemos— se despidió feliz—. Nos veremos en la escuela.

-Adiós— Adela tomó a Chuleta para sacarlo de ahí—. Lo lamento, pero debo convencer a mi madre de que me deje quedarme contigo, espero suceda pronto— sin más regresó a su departamento.

[Semanas más tarde]

Hoy era el día de descanso de su madre, y a diferencia de otros tantos sábados, habían decidido que éste saldría a la calle. No a cualquier lugar, irían a visitar a su abuela, al menos porque Adela preguntó a su madre por ella y la señora Ubiytsa se ofreció a llevarla a verla nuevamente. Honestamente no tenía idea de a dónde irían, pero eso no la detendría de poder volver a recordar cosas de su pasado; aunque el tema de su abuela era algo que había querido preguntar a su madre, sin embargo, la señora no parecía muy convencida de querer hablar abiertamente de su madre o al menos no aquel día que le preguntó.

El auto tenía una sensación térmica helada a pesar de tener los vidrios cerrados y que inclusive estaban en plena primavera. Trataba de distraerse observando el paisaje a través de la ventana, pero no dejaba de sentirse ansiosa y querer saber exactamente dónde estaba su abuela pues tenía la ligera impresión que quizá jamás querría saber esa respuesta. Su madre llevaba encendida la radio y conforme se alejaban bastante del área céntrica de la ciudad, la estación que llevaba se iba perdiendo; por tanto, cambió de estación.

Una vez que la música llegó a oídos de Adela ella sintió un escalofrío recordarle toda la espina dorsal; sin explicación alguna sus sentidos se agudizaron y sentía que sus instintos primarios salían a flote, estaba lista para huir de un peligro inexistente. No sabía por qué, pero esa música tan “refinada” le provocaba náuseas y terror absoluto.

-¿Qué… qué música es esa?— preguntó, mientras sintió su pecho comprimirse.

-Es música clásica, cariño— respondió su madre aún atenta en la carretera—. Es Vivaldi, me parece que es “Primavera”— la mira por el retrovisor—. Tu abuela amaba la música clásica y su favorita era “Invierno”.

-¿Podemos apagar la radio?— la sensación finalmente la sobrepasa.

-¿Ocurre algo, cariño?

-No, solo… prefiero ir en silencio.

-De acuerdo— sintió que su madre la analizó por el retrovisor, pero no dijo nada más en el resto del camino.

Decidió cerrar los ojos el resto del camino, al menos hasta que su madre le habló nuevamente para decirle que habían llegado. Cuando la infante abrió los ojos y miró a su alrededor la sensación que la invadió fue confusa, tanto como el lugar al que llegaron que le contaba prácticamente de tajo que ya todo había llegado a su fin.

-¿Vamos?— su madre le extendió la mano y Adela la aceptó.

Caminaron de manera letárgica entre cada lápida, hasta que finalmente llegaron a la que ambas estaban buscando. Al ver la tumba de su abuela, Adela tuvo— muy en el fondo de ella— una sensación inexplicable de dicha.




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