Hierba mala

Capítulo VII

Habían transcurrido un par de meses desde que Adela había ido al cementerio junto a su madre, desde ese día había evitado el tema como nunca antes. Eso solo le solía traer una extraña amargura en el paladar que detestaba sentir. Por otra parte, su amistad con el pequeño Oscar había florecido más y ahora comenzaba a sentirse cómoda con su compañía y obviamente con la de Chuleta también, juntos tenían aventuras bastante interesantes.

Hoy era uno de esos días en los que se reunían para matar el tiempo junto al pequeño can que aún se infiltró con ellos debido a que la señora Ubiytsa aún desconocía la existencia de dicho perro en su casa, aunque todavía no sospechaba nada, pues los pequeños se encargaban de no dejar algún rastro que los incriminan. Así que mientras el cachorro jugaba con una pelota de aquí para allá por todo el departamento; los infantes se encontraban armando casas con los bloques que había traído Oscar.

-Esto ni siquiera tiene forma— se quejaba Adela al ver su amorfa casita, que parecía más un cubo.

-No está tan mal— le dió una sonrisa alentadora, mientras él parecía tener el don de armar una vivienda mucho más compleja—. Si quieres puedo ayudarte.

-No, está bien— Adela sintió la necesidad de burlarse un poco—. Tienes que perfeccionar eso— señaló la casa que Oscar hizo—. Ya decidí que tú vas a construir nuestra casa.

-Bien— aceptó sin quejarse— ¿Algo que quieres agregar?

-Mmh…— analizó la figura a detalle— no, mientras esté lejos de todos estará bien.

-¿En el campo?

-Es una buena idea— tomó una de las galletas que sirvió para ambos en un plato de plástico.

-¿Aún no has convencido a tu mamá de adoptar a Chuleta?— cambió por completo de tema.

-No— hizo una mueca, mientras masticaba su galleta antes de engullirla—. Aún me dice que tiene mucho miedo a los perros y no piensa volver a acercarse a uno.

-¿Sabes por qué le tiene tanto miedo a los perros?— al fin levantó su vista de lo que construía.

-Me contó que tiene que ver con una señora— Oscar la miraba atentamente—. Creo que fue cuando descubrió la infidelidad de mi papá con otra mujer y cuando fue a reclamarles…— hizo una pausa y le ofreció una galleta a Oscar, quien no dudo en aceptarla— esa mujer tenía perros y se los había echado para que la atacarán y así correrla de su casa— suspiró pensando en lo que su mamá tuvo que pasar—. Al final le tuvo tanto pavor a los perros que ya no los ha podido tener cerca desde entonces, incluso se siente incómoda cuando los escucha ladrar.

-Debió haber sido difícil— comió otra galleta que Adela le extendió—. Lo siento mucho por tu mamá.

-Sí… admito que yo también— se giraron ambos a ver a Chuleta—, pero no es su culpa. Necesita un hogar y yo quiero darle ese hogar.

-No estés triste, Adela— le colocó una mano en el hombro. Adela ya comenzaba a acostumbrarse a su tacto—. Verás que pronto veremos cómo convencerla.

-Gracias, Oscar— se levantó decidida a no dejar pasar el resto del día triste— ¿Te parece si jugabas a las escondidas?

-Bueno, está bien.

-Tú cuentas y yo me escondo— el pequeño asintió y se puso de espaldas a la pared para contar, mientras ella corrió a esconderse.

Mientras pensaba en qué sitio esconderse trataba de caminar con sigilo para que Oscar no se pudiera guiar por sus pasos. Finalmente y después de unas cuantas vueltas había decidido que se iba a esconder en la regadera del baño, así que con cuidado cerró la cortina y escuchó a su amigo caminar por el departamento buscándola de aquí a allá.

No podía evitar reírse bajito, mientras escuchaba a Oscar decir su nombre por toda la casa, por un momento se sintió tentada a asustarlo— era un sentimiento de crueldad mínima que a comenzó a aparecer cuando ellos se hicieron amigos—; lo ignoro y escuchó atentamente que él estaba buscándola en su cuarto.

“Deberías asustarlo”— una voz a su lado la sobresaltó.

Al girarse a ver, no vió absolutamente nada y eso la asustaba aún más, pues tenía tiempo sin ver nada extraño; a volver a su relativa tranquilidad tanto así que comenzó a creer que se estaba “curando” de lo que sea que le provocaba esas alucinaciones, pero esa voz no la dejó descansar demasiado tiempo porque le volvió a hablar para confirmar su existencia.

“¿Aún me temes, Adela?”— esa risa del final le dió la noción de quién era— “Creí que comenzamos a ser amigas, eso me duele”.

-¿Qué haces aquí, Susie?— preguntó a la defensiva.

“Soy parte de ti”— continuó la burla, aunque aún no podía verla— “¿No vas a asustarlo? Porque a mí me encantaría hacerlo… es como un suave pastelito que es fácil de asustar”.

-¿No te agrada?— a ciencia cierta, no sabía por qué le importaba aquello.

“Al contrario, Adela… me agrada mucho y por eso me apetece asustarlo tanto”— a pesar de no ver nada sintió una presencia a un lado de ella.

-No creo que…— pero antes de que pudiera concluir escuchó la cortina correrse y se giró a ver a su amigo frente a ella.

-¡Te encontré!— grito emocionado— ¿Con quién hablabas?

-Nadie— él la miró confundido—. Solo recitaba un poco— se excuso.




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