Hierba mala

Capítulo IX

Finalmente— y después de una hora de sesión— , le dio un sorbo a su latte caliente soltando un resoplido de frustración o quizás por aburrimiento de lo último que tuvo que oír de aquel hombrecillo con rasgos narcisos; que seguía refugiándose en aquella coraza de egocentrismo y orgullo con base completamente inestable. Lo único divertido era derrumbar ese ego de tanto en tanto, pero no era el tipo de personalidad o perfil psicológico que a ella le agradaba manipular hasta prácticamente destruirlo.

Aunque le complacía saber quién era su siguiente paciente en su agenda; ese par había sido lo mejor que pudo haber encontrado dentro de sus últimos años dando terapias a pobres almas desafortunadas. Así que solía adorar los viernes en su tarde donde su penúltima sesión hacía que todo ese día hubiese válido la pena.

Las observó en la sala de espera y saludó como siempre, haciendo pasar primero a la pequeña Adela a su consultorio; donde notó un sutil cambió en la pequeña infante, quien parecía algo perdida y a su vez le miraba con aún mayor recelo que antes. Eso casi la hizo sonreír porque sabía bien que Adela sabía algo… otra vez y en su retorcido ser no había cosa que más amará que volver a ese punto inicial y corromperlo, de nuevo.

-¿Cómo estás, Adela?— fue una pregunta sencilla para iniciar la terapia.

-Bien…— hubo una pausa en la que desvió su mirada por completo— me llevó mucho mejor con Oscar.

-Ah, claro tu amigo— checó sus notas y la miró nuevamente—. ¿Se ven todas las tardes?

-Solo entre semana…— tenía cierto lenguaje corporal que le hacía ver nerviosa.

-¿Por qué no cuando está tu mamá?

-No… lo he intentado— mentía; y lo sabía bien.

-¿Por qué no lo intentas?— decidió no evidenciar su falacia— Tal vez a tu mamá le gustaría conocerlo mejor.

-A mi madre…— cada vez era más formal al dirigirse a la señora Cloe, marcando distancia— no le suele agradar la gente desconocida.

-Bueno, uno comienza siendo un desconocido y después se vuelve un conocido o amigo— señaló y vio a Adela morderse el labio de manera muy fugaz.

-Sí… eso creo.

-¿Qué te aterra?, ¿por qué no quieres que se conozcan?— Adela jugó con sus dedos, cada vez la sentía menos a la defensiva y más vulnerable.

-Mi madre… no le agrada mucho que interfieran— parecía querer buscar las palabras— con nuestro día para estar juntas. Solas como madre e hija.

-Podría invitarlo en alguna salida— Adela la miraba insegura—. Quizás tu madre no quiera perder a su niña y sea su manera de protegerte… así lo intentó con tu padre.

-¿Con mi padre?— ahora tenía todo su enfoqué.

-Así es, ¿nunca te habla tu madre de él?

-No… solo que nos dejó por otra mujer— ¡ah, claro! Ese detalle que aún le dolía a Cloe— ¿Mi madre lo amaba mucho?

-Sí, pero… aún así se separaron— Adela quería saber más, pero decidiría dejarlo hasta ahí—. No presiones mucho a tu madre con el tema de Oscar, veré si puedo convencerla de que todo estará bien y es importante para ti— la pequeña la miró confundida, pero luego se alegró.

Kate no podía estar más feliz por lo sucedido y sabía exactamente lo que le diría a su madre al respecto. Claro no sin antes, dejar alguna otra cosa importante en Adela porque esa niña le causaba demasiado placer cada vez que parecía jugar con su mente como si se tratara de un par de botones de alguna máquina.

-Adela…

-¿Si?

-¿Has hecho algún otro amigo además de Oscar?

-No…— dudo mucho al responder.

-Bueno, siempre puedes tener más amigos… yo también tengo, ¿quieres verlos?— la niña la miró confundida desde su asiento. Sacó su celular y le mostró unas fotos—. Éste es Copito, él es Max y ella… es Suky— le mostró la foto de dos canes y una felina en un sillón blanco que casi estaba destruido por ellos.

-Son muy bonitos, pero… son animales— puntualizó y sabía el porqué de ello.

-Ellos también pueden ser amigos, Adela— la pequeña se acercaba curiosa a la foto—; aún si no a todas las personas le agradan… son muy lindos y pueden sentir como nosotros… son muy leales— sonrió y vió que ella le regresó la sonrisa.

-¿No está mal quererlos como a un humano?— Kate negó con la cabeza—, pero son muy desastrosos y ni siquiera pueden hablar.

-Eso es verdad, pero solo en parte— la niña le observa incrédula—. Es cierto que algunos son desastrosos así como mis pequeños…— la pequeña soltó una risa y miró nuevamente la foto de aquel celular—aún así no es como si no se comunicaran… piensa en ellos como un idioma que no comprendés, quizá como el chino…— ella frunció el ceño— eso no significa que los chinos no hablan, solo que no hablan el mismo idioma.

-Entiendo— se alejó a su asiento. Kate miró el reloj; era hora de terminar la sesión— Gracias por explicármelo, Kate.

-No hay de qué, será mejor que ahora hablé con tu madre— Adela asintió y se preparó para irse, pero se detuvo en la salida.

-Kate…

-¿Si?

-Creo que tengo otro amigo, además de Oscar— fue lo último que dijo antes de salir del consultorio.




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