Hierba mala

Capítulo XI

Cuando finalmente Kate tenía diecisiete años había escogido su carrera muy a pesar de su padre que se opuso por completo. En los últimos años de adolescencia llevaba una relación un poco más confrontativa con su figura paterna; hacerlo rabiar se había convertido casi en su pan del día a día y eso no la hacía sentir culpable en lo más mínimo, en su lugar la hacía sentir… satisfacción.

Además cada cosa que su padre detestaba que hiciera se volvía una acción que Kate realizaba porque amaba la sensación de oponerse a sus reglas y “buenas costumbres”. Tiño su cabello de color carmesí porque su padre creía que era un color muy violento; había comenzado a salir con amigos que manejaban sin precaución porque sabía el terror que su padre sentiría; comenzó a tomar alcohol porque sabía que su padre no quería que ella también tuviera ese vicio; llegaba tarde a casa porque su padre se retorcía de rabia al no verla temprano en casa, y por sobre todo eso, escogió estudiar psicología porque su padre recordaba a una difunta que también estudió aquella carrera.

-¡Te prohíbo que vayas a esa universidad!— gritaba con rabia y un enorme cuerpo que imponía, pero no a Kate.

-¡Ya hice el examen y fui aceptada!— le echó en cara con una sonrisa de superioridad—. ¡No puedes hacer nada al respecto!

-¡Yo no pagaré esa carrera!— exclamó casi temblando de rabia.

-¡No te necesito!— escupió molesta; había tenido un día estresante por la compañía que frecuentaba y ahora se sentía aún más frustrada que feliz por hacer enojar a su padre—. ¡Nunca te he necesitado!, ¡siempre has estado lamentándote en el alcohol por una estúpida muerta!

Plaf.

-Tal vez… tu madre tuvo razón— la voz de su padre se quebraba—. Eres hierba mala, Kate.

Su mejilla ardía, pero Kate se encontraba anonadada y casi de forma instintiva llevó su mano a su recién abofeteada mejilla. Su padre jamás la había golpeado antes, no importaba qué tanto habían discutido antes ni una sola vez le había alzado la mano aunque fuese para asustarla. Lágrimas amenazaron con salir de sus ojos por la rabia que le generaba la reacción de aquel hombre; por otra parte, él parecía molesto, pero al ver la cara de su hija parecía flaquear por su acción, pesé a que le molestaba que hablará como si la muerte de su madre fuera nada.

-¿Acabas de…?— ni siquiera podía concluir aquella frase.

-Hija, yo…— su padre parecía querer enmendar su decisión, pero Kate dio un paso atrás y extendió su brazo alejándose.

-No…— la decepción en su voz era obvia— ya entiendo que solo era un estorbo… sacrificarías siempre mi vida por la de esa mujer sin titubear. Nunca significaré algo para ti… está bien, igual me iré en tres días para estar más cerca de mi universidad y no tendrás que volver a verme… ¡te odio!— fue lo último que escupió con rencor y salió de la casa.

Se quedó con una amiga en esos días antes de mudarse de aquella ciudad para estudiar la carrera que quería. También fue la última vez que volvió a ver a su padre con vida; porque el dolor de una ausencia más lo hizo caer aún más profundo en su alcoholismo y Kate no lo vió hasta que estaba ahí para confirmar como familiar inmediato que era su padre; lo cual fue casi tres años y medio después, cuando el médico le llamó y tuvo que volver. Muy en el fondo, y aunque ella no lo admitiera en voz alta, era algo que jamás había logrado superar del todo.

[Actualmente]

Después de otra jornada laboral Kate finalmente había logrado llegar sana y salva a su hogar; por inercia lo primero que hacía era respirar aquel aroma familiar de la vieja casa y aunque habían pasado años ella podría jurar que aún quedaba un leve aroma a su padre, Patrick, eso la hacía sonreír. Entraba en una fantasía psicótica en la que le alegraba regresar a casa como si Patrick aún estuviera ahí, con vida, esperando por su puntual llegada y Kate decidió no fallarle con ella a diferencia de su versión adolescente.

Fue a la cocina y puso a hervir un poco de agua para hacer un té que le ayudaría con el clima que hacía en esta temporada del año. Una vez que se sirvió en la taza favorita que dejó su padre, le dio un sorbo y subió casi dando brinquitos las escaleras de su casa; además de ir tarareando aunque no tenía una canción en concreto en mente. Llegó a su habitación donde estaban todas aquellas imágenes religiosas de su padre y sonreía de forma retorcida al verlas, pues más que ser creyente de eso; sentía que al ser de su difunto padre la acercaba de alguna manera a él; quien incluso ahora seguía siendo su fascinación.

Se giró a ver la cruz que su padre más amaba en vida, que estaba a la entrada de la casa y cada noche solía ir a suplicarle por su paz y el descanso de su esposa. Ahora ella le platicaba a dicha cruz como si se tratase de Patrick, porque— aunque jamás le habló así en vida—; comenzó a llamarlo en pensamientos por su nombre desechando “padre” que era la prueba verbal de lo que los unía de forma consanguínea. Kate detestaba esa idea, pero sabía que no era algo permisible en voz alta ante nadie, ni siquiera el propio Patrick; así que decidió guardarlo como un tesoro preciado desde los diecisiete años.

-Patrick…— miraba con devoción aquella cruz— aún sigo cumpliendo mi palabra… no empatizo con ellos en lo más mínimo; sé que es algo que temías porque te arrebató a tu esposa— hizo una pausa para dar otro sorbo a su té—. Tardé algunos años en saber cómo había muerto… esa— el desprecio en su voz era claro—. Por ella es que no querías que fuera psicóloga; no querías que muriera de esa misma manera… a manos de un paciente, pero no te preocupes sé tomar mis precauciones— la recordaba vagamente; siempre estaba perdida en su trabajo y su necesidad de ayudar a todos—. No soy ella… no quiero ayudar a esas personas; solo quiero divertirme con ellos, son mis marionetas. Además a diferencia de ella… yo jamás te voy a descuidar… fue ella la que dejó al lado a “su familia” por unos desconocidos irreparables.




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