Hierba mala

Capítulo XII

-¿Qué has dicho?— la voz le salió quebrada después de lo que Kate le aseguró.

-Adela va a abandonarte, Cloe— reiteró con lástima en sus ojos—. Lo lamento.

-N-no… mi-mi niña no va a dejarme… ¡ella no puede abandonarme!— dejó de ver a Kate a los ojos; aunque parecía ver sus manos puestas en su regazo, estaba pensando en Adela—. No ella no lo hará, no lo hará… estás confundida— Kate la vio soltar lágrimas, mientras la veía con desesperación—. Solo estás confundida, ¿verdad?

-Lo siento, Cloe— Kate desvió la mirada y Cloe sentía que perdía contacto con la realidad—. Adela… está algo agobiada de ti.

-¿A qué te re-...?

-Me lo dijo hace un momento— las manos de Cloe temblaron al oír cada palabra que salía de Kate—. Se está cansando de ti porque la quieres solo para ti, ¿no es así?

-Adela me va a abandonar por alguien más… tú sabes que Edgard también lo hizo; no soy lo suficientemente buena para que no me dejé por alguien más y…— se cubrió el rostro dejando salir sollozos de su boca— ¿por qué mamá tiene razón, Kate?, ¿por qué siempre me abandonan sin importar cuánto lo intente?

Unas manos cálidas se pasaron alrededor de sus mejillas y eso se sintió como un ancla cuando creyó estar flotando porque perdía el suelo. Alzó su vista y tenía a Kate mirándola fijamente y obligándola a regresar le esa mirada; sus manos se sentían como todo lo que había anhelado desde pequeña, sentía un extraño afecto que siempre le había sido negado y por primera vez no estaba a la sombra de su hermana. Disfrutó de la sensación que el toque de Kate le ofrecía y aunque ella no lo supiera Kate también disfrutó de dicho contacto.

-Cloe— su voz fue bastante dulce—, yo no te voy a abandonar nunca— aquellas miradas parecían decirse toda clase de cosas sin siquiera hablar—. Por ello, tu madre no tiene razón…

-Kate…— la devoción que irradiaba Cloe fue absoluta.

-Sabes…— Kate le sonrió y comenzó a acariciar sus mejillas como si fuera un can— tal vez en otro universo… en dónde Adela no conoció a Oscar o ese perro… en donde Lucrecia no exista; tú eres elegida…

Aquella idea se plantó en Cloe justo como Kate había querido; ahora rumiando en la fantasía retorcida de desaparecer a los que culpaba de su desgracia y abandono.

[Hace treinta años]

Cloe estaba jugando con muñecas y un jueguito de té que le habían regalado hace tres navidades. Su imaginación era tan vívida como la de una pequeña de ocho años que era; decidió poner un mantel que le robó a su madre sobre su mesita de plástico y también un par de galletas que ultrajo de la cocina. Estaba disfrutando tanto su “Día del té”, pero una visita inesperada fue lo que arruinó por completo su momento. Oír esos pequeños y apresurados pasos que entraron torpemente a su habitación; la respiración agitada por correr y la vocecita chillona y entrecortada de Lucrecia le provocó una irritación que se expresó con la mueca que hizo.

-¿Qué quieres?— preguntó de forma tosca.

-¿Puedo jugar?— preguntó la pequeña dos años menor que su hermana—. También quiero galletas y té.

-Es que…— quería negarse rotundamente, pero vio a su hermana hacer un puchero.

-¿No quieres jugar conmigo, hermanita?— comenzó a sollozar y supo que eso despertará a su mamá y sería una mala idea hacerla enojar—. No me quieres, le diré a ma-…

-Está bien— suspiró rendida—, pero no rompas nada como la última vez…

-Está bien— se sentó alegremente junto a Susie y la tomó para sentarla en su regazo—. ¿Qué hace ella aquí?

-Es mi muñeca— respondió irritada—; deja a Susie en su lugar, quiere tomar el té.

-Claro que no, ella quiere estar conmigo— la apretó aún más contra ella—. Además ella odia ese nombre… es tonto, le pondré otro.

-Es mi muñeca, Lucrecia— tomó uno de los brazos de Sussy para quitársela—. Yo decidí su nombre y es Susie.

-No, es horrible— la tiró hacía ella y miró los ojos plásticos y sin vida fijamente—. Ella quiere otro nombre y será… ¡Adela! Es un nombre perfecto para ella; tiene cara de Adela.

-¿Adela?— se la arrebató de un tirón—. Ese nombre es ridículo, no se va a llamar así; te digo que es mía y es Susie.

-¡Adela!— intentó tomar nuevamente a la muñeca, pero Cloe no se lo permitía—. ¡Deberías hacer lo que yo digo!

-¿Por qué debería?

-¡Mamá lo dijo!— le arrebató nuevamente la muñeca—. Yo soy la más pequeña, ¿recuerdas?

Le hacía rabiar el saber que su hermana tenía razón, en más de una ocasión su madre le repetía de manera incesante “Lucrecia es más chica, haz lo que ella quiera”. Odiaba tanto esa frase que por todos los medios evitaba jugar con su hermana; además sus juegos siempre concluían con alguno de sus juguetes rotos y un regañó atroz de su madre porque había hecho llorar a su pequeña niña. Definitivamente Lucrecia era insufrible y detestable.

-Solo toma tu té— le acercó una taza con agua que había servido de la tetera.




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