-¡Eres ridículo!— le gritó el niño empujándolo al suelo—. ¿Buscas a tu mami para que te defienda?— lo pateó fuertemente en el estómago—. ¡Maldita gallina!
-Lo-lo siento— murmuraba con temor implorando que aquellas súplicas fueran atendidas.
Aunque eso no sucedió.
-Pareces un marica implorando piedad— se burló de él y volvio a patearlo—. Por eso te juntas con esa rarita, ¡me dan asco!
-No-no hables mal de ella— atinó a decir, aunque sabía que solo le propinaría más golpes por atreverse a mirarlo fijamente.
-¿La defiendes?— se agachó para golpear su rostro enfadado—. ¿Y dónde está ella para defenderte? Le importaba más un estúpido perro que tú.
-N-no importa…— otro golpe a su mejilla y sintió que estaba por desmayarse.
Justo cuando creía que pasaría un buen tiempo inconsciente debido a los golpes; se escucharon unos pasos entrando al callejón y aquella figura fue un salvavidas para Oscar porque sabía lo que su presencia significaba. Adoraba saber que era así de importante para ella y que aunque aún seguía en duelo por Chuleta le seguía prestando atención.
-A-Adela— su voz denotaba el alivio que sentía con tan solo verla.
-¿Te crees mucho molestando a alguien más débil, George?— su comentario mordaz hizo rabiar al mencionado—. ¿Por qué no peleas conmigo?
Adela era muy buena peleando, todas las ocasiones en que ayudaba a Oscar había salido completamente invicta; incluso si era alguien un tanto mayor que ella, jamás había perdido porque era muy buena con los puños. George también lo sabía y por eso solía molestar a Oscar cuando estaba sólo, pero de alguna manera Adela siempre parecía oportuna y corría a rescatarlo de dicho embrollo.
-Eh… yo-yo… no quería— balbucea George nervioso a medida que Adela se acercaba aún más a él.
-¿No querías?— su burla era clara y eso tensó a George—. Pero sí estabas burlándote de él y de mí como si fueras bueno peleando… todos saben que solo molestas a los más débiles y así te demuestras a ti mismo que no eres un debilucho.
-Lo-lo sien-to, Adela yo-...
Ni siquiera pudo terminar de hablar cuando Adela le soltó el primer puñetazo al rostro fuerte y sin titubear. No lo dejó ni responder a dicho golpe porque lo empujó bruscamente al suelo y ahí lo tomó de la camisa para volver a propinar otro golpe a su rostro dejando a George a su merced y tembloroso, que ni siquiera había metido las manos.
-Discúlpate con Oscar— demandó de forma tosca y amenazandolo con darle otro golpe.
-L-lo siento, Oscar— murmuró agachando la mirada para evitar enfadar más a Adela.
-Está bien— respondió cuando notó que Adela esperaba su respuesta—. Solo vámonos.
-Te lo advierto, George, si lo vuelves a molestar te las verás conmigo— tomó su camisa con ambas manos y él solo asintió frenético—. No seré tan piadosa como hoy.
Dicho esto lo empujó nuevamente al suelo y se levantó para ayudar a Oscar a levantarse quién aún estaba quejándose un poco en el suelo. Lo tomó de la mano y salieron del callejón juntos para dirigirse como cada rutinaria tarde al departamento de Adela. Oscar a pesar del dolor tenía una sonrisa llena de alegría y satisfacción, no por ser golpeado sino porque Adela, su mejor amiga, lo había defendido sin dudar y lo cuidaba con esmero.
Antes Oscar solía quejarse de ser tan débil para ser un niño; jamás se había podido defender ni siquiera de algún niño de su edad o a veces menor que él, siempre terminaba con moretones y derrotado. Le parecía patético e incluso ciertos adultos mayores que lo conocían se lo hicieron saber de la manera más “sutil” posible llamándolo “marica” por no saber defenderse o que así jamás se haría “un hombrecito” y que quizás los golpes servirían para “enderesarlo” un poco.
Se sentía completamente defectuoso y el hecho de que su madre lo sobreprotege hasta asfixiarlo solo complicaba más el cómo lo veían los demás. No obstante, cuando conoció a Adela y ella comenzó a preocuparse por él y cuidarlo con esmero justo como lo hacía con Chuleta; no sé sintió inútil o asfixiado. Al contrario de lo que solía pensar, por primera vez esa devoción y protección le satisface como nada en el mundo, porque sabía que Adela no era así con alguien más y que mejor aún era el único humano en aquella lista de personas que su mejor amiga cuidaba y quería.
Desearía que eso jamás se terminará, quería estar con Adela para siempre y que solo lo cuidara a él— bueno también a Chuleta, aunque tristemente ya no estaba—; quería que Adela fuera buena solo con él y fuera suya por el resto de su vida a pesar de lo posesivo que podía llegar a sonar.
[Hace cuatro años]
-¿Entonces sí vienes?— preguntó Diego una vez que salieron de la escuela—. Será divertido, Oscar.
-Tengo que preguntarle a mi mamá— respondió y vio la cara de decepción en su amigo y como el resto del grupo bufo—. No tardaré, ¡se los prometo!
-Claro— Diego respondía por cortesía, pero ya lo daban por perdido—. Nos vemos, Oscar.
Sin más el grupo se fue feliz con un balón hacía el parque que estaba en aquella zona. Iban a jugar fútbol y Diego— el único amigo que había logrado conseguir entrando a la primaria—, lo invitó a jugar un rato con su grupo de amigos. Sin embargo, todos conocían a Victoria, su madre, y lo sobreprotectora que era con él; por eso nadie solía invitarlo a jugar y mucho menos a una fiesta. Aún así Oscar corrió hasta su departamento con una fé ciega de que ese día sería diferente.