Hierro y Espinas

Capitulo 1: La Misión del Emperador

Tras salir de la sala del trono, Frederik caminó por los largos corredores del castillo, cuyas paredes estaban adornadas con retratos de antiguos emperadores y héroes legendarios. Cada cuadro parecía observarlo con ojos severos, recordándole la pesada carga que llevaba sobre sus hombros.
El eco de sus botas resonaba en el pasillo de piedra, mezclándose con el lejano murmullo de voces y el tintinear de armaduras en la lejanía.
A medida que avanzaba, varios sirvientes y guardias se inclinaban respetuosamente, reconociendo en él a uno de los pocos hombres en quienes el Emperador confiaba plenamente.
En una pequeña sala lateral, Frederik se detuvo para revisar un mapa antiguo extendido sobre una mesa de roble. Las marcas y anotaciones indicaban las rutas más peligrosas y las zonas donde se habían reportado avistamientos de monstruos.
Mientras estudiaba el mapa, un joven escudero se acercó con cautela, portando un cofre de madera que contenía el equipo que Frederik necesitaría para su misión.
El escudero, nervioso pero decidido, explicó cada objeto con detalle: desde armas especiales hasta amuletos de protección contra la magia oscura.
Frederik asintió, agradeciendo la dedicación del joven, y comenzó a preparar su equipo con meticulosidad, consciente de que cada herramienta podría significar la diferencia entre la vida y la muerte.
Al caer la noche, el castillo se transformaba. Las antorchas iluminaban los pasillos con una luz temblorosa, y el silencio se hacía más profundo, roto solo por el crujir ocasional de la madera y el susurro del viento.
En sus aposentos, Frederik repasó mentalmente la información recibida, recordando las historias que había escuchado sobre La Tierra de Nadie y los horrores que allí habitaban.
Sabía que el viaje que estaba a punto de emprender no solo pondría a prueba su habilidad como guerrero, sino también su fortaleza mental y su capacidad para liderar.
Frederik se detuvo frente a un ventanal de arco ojival, observando cómo la luna teñía de plata los tejados de la capital. A lo lejos, las torres de la Catedral de San Valerius se alzaban como centinelas de piedra. Recordó las palabras de su padre: "Un caballero no se forja en la victoria, sino en la vigilia previa a la incertidumbre". Aquella frase, que antes le parecía un cliché de viejo soldado, ahora vibraba en sus sienes con la fuerza de una profecía.
Mientras ajustaba las correas de cuero de su guardabrazo izquierdo, un hombre de avanzada edad y porte aristocrático emergió de las sombras del corredor. Era el Archivero Valerius, el guardián de las crónicas imperiales. Su túnica de terciopelo desgastado arrastraba un ligero olor a pergamino viejo y cera de vela. Valerius no habló de inmediato; simplemente observó a Frederik con una mezcla de lástima y expectación, como quien ve a un personaje de un libro marchar hacia un capítulo trágico.
—¿Buscáis respuestas en las estrellas, General, o simplemente estáis despidiéndoos de la luz? —preguntó Valerius con una voz quebradiza. Frederik no se inmutó. Conocía al anciano desde que era un cadete que robaba manzanas de las cocinas.
—Busco silencio, Valerius. Pero parece que en este castillo incluso las sombras tienen algo que decir —respondió el guerrero, sin apartar la vista del horizonte.
El archivero se acercó a la mesa de roble donde descansaba el mapa. Sus dedos largos y nudosos acariciaron el borde de la región marcada como "La Tierra de Nadie". —He pasado cincuenta años traduciendo los diarios de aquellos que cruzaron esa frontera —susurró el anciano—. Ninguno escribió sobre monstruos con garras. Escribieron sobre el viento que suena como voces de niños perdidos y sobre cómo el tiempo se dobla sobre sí mismo. No necesitáis acero para vencer eso, Frederik. Necesitáis recordar quién sois.
Frederik sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la sala. —El Emperador cree que hay algo físico allí, una reliquia o una fuente de poder. Si es solo viento y fantasmas, ¿por qué enviar a un ejército? —interrogó, volviéndose por fin hacia el cronista. Valerius sonrió con una amargura que revelaba demasiados secretos. —El Emperador busca lo que todos los hombres poderosos buscan cuando envejecen: la prueba de que su legado no será devorado por el olvido.
La conversación fue interrumpida por el paso rítmico de la Guardia de Élite. Doce hombres con armaduras pavonadas y capas color sangre cruzaron el pasillo, sus lanzas golpeando el suelo en una sincronía perfecta. Eran la "Legión de Hierro", hombres que habían renunciado a sus nombres para servir al trono. Frederik vio en sus viseras cerradas el reflejo de su propio destino: herramientas de una voluntad superior, despojadas de humanidad en nombre del orden.
Uno de los guardias, el Capitán Kaelen, se detuvo brevemente. A diferencia de los demás, su casco estaba abierto, revelando una cicatriz que le cruzaba el rostro desde la sien hasta la mandíbula, recuerdo de la Campaña de los Pantanos de Azufre. —Los caballos están listos en el patio sur, General —informó Kaelen con una brevedad marcial—. El Gran Maestre de la Orden de la Luz está realizando las bendiciones. Dice que el aire huele a azufre y a magia antigua.
Frederik asintió y despidió al capitán con un gesto. Se quedó a solas con el equipo que el escudero le había entregado. Tomó una pequeña daga de empuñadura de hueso, una pieza que no pertenecía al arsenal estándar del imperio. Era una reliquia familiar, supuestamente forjada con el hierro de un meteorito caído en las Montañas del Norte. Al tacto, el arma siempre estaba fría, una frialdad que parecía calmar el fuego de su ansiedad.
En su mente, Frederik comenzó a trazar la ruta de suministro. No solo debía preocuparse por las bestias de la Tierra de Nadie, sino por la logística de mantener a trescientos hombres alimentados y cuerdos en un territorio donde la agricultura era inexistente y el agua solía estar envenenada por la corrupción alquímica. La subtrama política también pesaba: sabía que el Consejo de Nobles sospechaba de esta misión, viéndola como un gasto innecesario de recursos que preferirían usar para reforzar las fronteras comerciales del este.
"Si fallo, el Consejo usará mi cabeza para golpear el trono del Emperador", pensó Frederik. Su lealtad no era ciega, pero era el único ancla que le quedaba en un mundo que se desmoronaba. Se puso la capa pesada, sintiendo el peso del broche de oro con el emblema del águila bicéfala. Cada detalle de su vestimenta era una declaración de principios, una armadura contra la duda.
Bajó hacia las cocinas antes de dirigirse a los establos, buscando un último contacto con la realidad mundana del castillo. Allí, el ambiente era frenético. Los cocineros preparaban raciones de viaje —carne seca, pan de centeno endurecido y quesos salados—. El calor de los hornos y los gritos de los jefes de cocina contrastaban con la frialdad sepulcral de los niveles superiores. Una joven sirvienta, apenas una niña, le ofreció un cuenco de caldo caliente.
—Para que el camino no sea tan duro, señor —dijo ella, bajando la mirada. Frederik tomó el cuenco y bebió en silencio. Por un momento, no fue el General del Imperio, sino simplemente un hombre que buscaba calor antes de enfrentarse a la tormenta. Aquel pequeño acto de bondad gratuita le dolió más que la posibilidad de morir en combate; le recordaba lo que estaba arriesgando para proteger un orden que a menudo era cruel.
Al salir al patio de armas, el frío de la noche le golpeó el rostro. El sonido de los caballos relinchando y el roce de las piedras de afilar contra el acero llenaban el aire. El olor a cuero, sudor animal y aceite para armas era la fragancia de la guerra. Frederik divisó a su sargento de confianza, Barnaby, un hombre cuya barriga era tan grande como su valor. Barnaby estaba revisando las herraduras de un enorme semental negro, el caballo de batalla de Frederik, apodado "Ceniza".
—¿Cree que las historias son ciertas, General? —preguntó Barnaby sin levantar la vista del casco del animal—. Mi abuela decía que en la Tierra de Nadie, las sombras se despegan de los pies de los hombres y caminan por su cuenta.
—Tu abuela bebía demasiado aguardiente de bayas, Barnaby —replicó Frederik, aunque una parte de él deseaba que el sargento tuviera razón. Las sombras que caminan son preferibles a las que se quedan dentro de uno, susurrando fracasos.
El General montó a Ceniza con una agilidad que desmentía sus años de servicio. Desde lo alto, el mundo parecía diferente. Los muros del castillo, que antes se sentían como una prisión de protocolo, ahora se veían como el último bastión de la civilización antes del abismo. Miró hacia la torre más alta, donde una única luz permanecía encendida: la habitación del Emperador. Se preguntó si el soberano también estaría observando, o si ya se había entregado al sueño, confiando ciegamente en que sus peones harían el trabajo sucio.
—¡Abrid las puertas! —gritó Frederik, su voz cortando el aire nocturno como un látigo.
El mecanismo de las pesadas puertas de hierro comenzó a girar con un estruendo de cadenas y engranajes. El sonido resonó en todo el valle, una señal de que la expedición había comenzado. Mientras cruzaba el puente levadizo, Frederik no miró atrás. Sabía que la nostalgia era un veneno para el liderazgo. Su mirada estaba fija en el horizonte oscuro, donde las montañas se fundían con las nubes, ocultando los secretos de una tierra que reclamaba su tributo en sangre.
A medida que la columna de soldados se alejaba de la protección de las murallas, la oscuridad parecía espesarse. Las antorchas de los jinetes formaban una serpiente de fuego que avanzaba por el camino de tierra. Frederik sentía el ritmo del corazón de su caballo bajo la silla, un recordatorio constante de que la vida, en su forma más pura, era movimiento y voluntad. El viaje hacia lo desconocido acababa de empezar, y el castillo, con todas sus intrigas y su historia, no era más que un punto de luz que se desvanecía en la distancia.




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