El viaje hacia Lingert se extendió por varias semanas, un trayecto que parecía no tener fin y que, para Frederik, era una sucesión interminable de días monótonos y noches silenciosas. Montado sobre su caballo de pelaje oscuro, el Comandante de la Guardia Real mantenía una postura firme, pero en su interior sentía el peso de cada legua recorrida, como si cada paso lo acercara no solo a un destino geográfico, sino a un destino que pondría a prueba su alma y su lealtad.
El sol de la mañana golpeaba con una insistencia implacable sobre su armadura, calentando el metal hasta convertirlo en una carga casi insoportable para sus hombros curtidos por años de servicio. A su lado, el joven Príncipe Jack cabalgaba con una energía que Frederik no podía sino envidiar, aunque fuera solo en el rincón más recóndito de su mente disciplinada. Para el muchacho, cada árbol nuevo, cada riachuelo, cada brisa fresca era motivo de asombro y maravilla; para Frederik, eran posibles escondites de enemigos, lugares donde una emboscada podría estar esperando.
Las primeras semanas transcurrieron entre llanuras interminables, donde el horizonte parecía una línea inalcanzable que retrocedía a medida que avanzaban. El polvo del camino se elevaba en nubes asfixiantes, cubriendo las capas de los guardias y empañando el brillo de los carruajes que transportaban el equipaje real. Frederik apenas hablaba. Sus órdenes eran breves, precisas, dictadas por una necesidad de eficiencia que no dejaba espacio para la camaradería trivial. El hastío no era solo físico; era una fatiga del alma provocada por una misión que consideraba más política que heroica. Sentía que su talento como estratega y guerrero se desperdiciaba escoltando a un príncipe adolescente a través de paisajes pastorales.
Sin embargo, su lealtad a la corona era inquebrantable, una cadena de oro y hierro que lo mantenía atado a su deber sin importar su descontento personal. Con el paso de los días, el terreno comenzó a traicionar su uniformidad, volviéndose más accidentado y exigente para las monturas. Las llanuras, antes planas como un tapete verde, empezaron a ondularse en colinas suaves que recordaban a las olas de un mar estático. Frederik observaba cómo la vegetación cambiaba; los pastos cortos daban paso a arbustos espinosos y árboles de troncos retorcidos que parecían vigilar el camino. El aire, antes cálido y denso, se volvió más fresco y cortante, un preludio de las altitudes que pronto tendrían que alcanzar.
Las noches en el campamento eran largas. Frederik solía quedarse despierto mucho después de que los demás se hubieran retirado a sus tiendas. Sentado junto al fuego, afilaba su espada con una piedra de amolar, el sonido rítmico del metal contra la piedra era la única música que permitía calmar sus nervios. Miraba las estrellas, tratando de encontrar en ellas alguna señal de lo que les deparaba el Reino del Sur, pero el cielo permanecía mudo y distante. Jack solía acercarse a él antes de dormir, buscando alguna historia de batallas antiguas o consejos sobre cómo manejar la espada de entrenamiento. Frederik respondía con la cortesía debida a un príncipe, pero sus palabras eran parcas, evitando alimentar las fantasías románticas del joven sobre la guerra.
—La guerra no es un baile, Alteza —le dijo una noche—. Es barro, sangre y el olor del miedo que no se quita ni con el mejor perfume.El príncipe lo miraba con ojos grandes, asintiendo con una seriedad que duraba apenas unos minutos antes de que su curiosidad saltara a otro tema.
Finalmente, tras semanas de marcha, el perfil de las montañas comenzó a recortarse contra el cielo azul pálido. Eran los imponentes picos que anunciaban el corazón del Reino del Sur, cumbres nevadas que parecían sostener el firmamento sobre sus hombros de piedra. La visión de las montañas trajo consigo un cambio en el ánimo de la comitiva; el final del viaje estaba cerca, y con él, el refugio de los muros de Lingert.
Los caminos se volvieron más estrechos y empinados, serpenteando a través de desfiladeros donde el eco de los cascos de los caballos resonaba como truenos lejanos. Frederik redobló la vigilancia. Los pasos de montaña eran el lugar ideal para los rebeldes que, según los informes, asolaban la región. Escudriñaba cada saliente rocoso, cada sombra en las cuevas laterales, con la mano siempre cerca de la empuñadura de su espada.
Pero los ataques no llegaron. Lo que sí llegó fue la vista de la capital, surgiendo de entre la niebla matutina como un sueño de piedra y cristal. La capital de Lingert se alzaba majestuosa sobre una meseta elevada, rodeada por un abismo que servía como foso natural. Sus torres eran tan altas que parecían perforar las nubes, coronadas con estandartes de seda que ondeaban con orgullo bajo el viento de la montaña. Los muros exteriores eran de una piedra gris clara, pulida por los siglos y los elementos, dándoles un aspecto casi orgánico.
Frederik sintió una punzada de admiración involuntaria. Lingert no era solo una ciudad; era una fortaleza de una belleza aterradora. A medida que se acercaban a las puertas principales, el Comandante notó que los muros parecían susurrar historias antiguas a través del viento que soplaba en sus almenas. Eran leyendas de reyes olvidados, de asedios heroicos y de una magia que, según decían, aún dormitaba en los cimientos de la ciudad.
La comitiva real cruzó el puente levadizo, un prodigio de ingeniería que unía la meseta con el resto del mundo. El sonido de los cascos sobre la madera del puente anunció su llegada formal al Reino del Sur. Las puertas de hierro y roble se abrieron lentamente, revelando la ciudad interior, un laberinto de calles empedradas y edificios de arquitectura exquisita.
El recibimiento fue orquestado con la precisión de un ritual religioso. Guardias de honor con capas de color escarlata flanqueaban el camino hacia el palacio, sus lanzas brillando bajo la luz del sol. Los cortesanos se habían reunido en la plaza principal, vestidos con sus mejores galas para recibir a los visitantes del norte. Hubo reverencias, discursos floridos y el intercambio de regalos que dictaba la etiqueta diplomática.
Frederik, sin embargo, no se dejaba engañar por el brillo de las sedas ni por la dulzura de las palabras de bienvenida. Mientras permanecía detrás del Príncipe Jack, sus ojos escaneaban los rostros de los nobles de Lingert. Notó la tensión latente en sus facciones, las arrugas de preocupación que el maquillaje no alcanzaba a cubrir por completo. Había una rigidez en la forma en que se movían, un nerviosismo que delataba que la paz en la ciudad era más frágil de lo que querían admitir.
Los problemas de los rebeldes no eran meras exageraciones de los espías; eran una realidad que golpeaba las puertas del palacio. Los rumores sobre monstruos en las fronteras también parecían haber cobrado peso, convirtiéndose en una sombra palpable que se cernía sobre la opulencia de la corte. Frederik escuchó murmullos en las esquinas, palabras susurradas sobre aldeas quemadas y criaturas que no deberían existir.
El Rey de Lingert recibió a Jack con una calidez que Frederik consideró ligeramente excesiva, como si buscara desesperadamente una alianza que salvara su trono. Jack, por su parte, estaba en su elemento. La novedad de la ciudad y el bullicio de la gente lo tenían fascinado. El joven príncipe saludaba con la mano, sonriendo a las damas y mostrando una alegría que rozaba la imprudencia.
Para él, todo era una aventura emocionante, una oportunidad para demostrar que ya era un hombre capaz de representar a su padre. Frederik lo observaba con una mezcla de afecto y exasperación. La ingenuidad del príncipe era un recordatorio constante de la carga que Frederik llevaba sobre sus hombros.
—No baje la guardia, Alteza —le susurró mientras caminaban hacia sus aposentos en el palacio—. Las sonrisas aquí tienen dientes.
Jack soltó una carcajada ligera.
—Frederik, siempre eres tan serio. Disfruta un poco, estamos a salvo en el corazón del reino.
Frederik no respondió. Sabía que la seguridad era a menudo una ilusión que se desvanecía en el momento en que uno cerraba los ojos.
Los días siguientes se llenaron de banquetes menores, reuniones de consejo y paseos por los jardines colgantes de Lingert. Frederik aprovechó ese tiempo para estudiar las defensas del palacio, memorizando pasadizos y salidas de emergencia. Se entrevistó con el capitán de la guardia local, un hombre llamado Valerius que parecía tan agotado como Frederik se sentía.
Valerius le confesó, tras unas copas de vino, que la situación en las provincias era crítica.
—Los rebeldes están ganando terreno, y las criaturas... bueno, nunca habíamos visto nada igual —dijo Valerius con voz sombría.
Frederik asintió, comprendiendo que su estancia en Lingert no sería el descanso que el Rey del Norte esperaba.
Mientras tanto, los preparativos para el gran baile de bienvenida alcanzaban su punto máximo. El palacio entero vibraba con la actividad de sirvientes, decoradores y músicos. Frederik revisó personalmente la lista de invitados, buscando nombres que pudieran representar una amenaza. Se aseguró de que sus propios hombres estuvieran apostados en puntos estratégicos, vestidos con uniformes que ocultaran sus armas pero no su capacidad de respuesta.
La noche del baile llegó finalmente con todo su esplendor, transformando el palacio en un faro de luz en medio de la oscuridad de la montaña. Los grandes salones estaban abarrotados de nobles que habían viajado desde todos los rincones del reino. Las sedas de colores vibrantes y las joyas familiares competían por la atención bajo la luz parpadeante de miles de velas de cera de abeja. El aire estaba cargado con el perfume de las flores frescas y el aroma de los manjares que se servían en bandejas de plata.
Un conjunto de cuerdas, oculto en una galería elevada, llenaba el espacio con una música que invitaba tanto al baile como a la intriga. El murmullo de las conversaciones en varios idiomas creaba un ruido de fondo constante, una sinfonía de voces que Frederik intentaba descifrar. Frederik estaba vestido con su uniforme de gala: una casaca azul oscuro con adornos de plata que resaltaba su constitución atlética. A pesar de la elegancia de su atuendo, se sentía profundamente incómodo.
Para él, la opulencia del salón era una distracción peligrosa, una capa de frivolidad que ocultaba los verdaderos problemas del mundo exterior. Se sentía como un lobo en medio de una bandada de pavos reales, su instinto de cazador en alerta máxima mientras los demás se entregaban al placer. Su mirada recorría el salón de forma sistemática, moviéndose de grupo en grupo, analizando manos, ojos y posturas. Vigilaba especialmente a Jack, quien ya se había sumergido en la multitud, rodeado de jóvenes nobles que buscaban su favor.
Entonces, en medio de aquel mar de rostros conocidos y desconocidos, sus ojos se detuvieron en seco. No fue una decisión consciente, sino una reacción instintiva ante algo que rompió el patrón de su vigilancia. En el centro de una animada tertulia, una figura destacaba con una luz que no parecía provenir de las velas. Era una joven mujer, y su presencia tuvo el efecto de un relámpago en una noche despejada.
Por un instante, el entrenamiento de Frederik falló; su mente disciplinada se quedó en blanco, olvidando el código de conducta y la misión que lo traía allí. La belleza de la joven era tan deslumbrante que parecía irreal, un espejismo creado por el cansancio y la música. Llevaba un vestido de un tono esmeralda profundo, una seda tan fina que parecía fluir como agua sobre su cuerpo. El color del vestido acentuaba de forma espectacular la vivacidad de sus ojos, que brillaban con una inteligencia y una alegría contagiosas.
Frederik se encontró estudiando cada detalle de su rostro: la curva de sus cejas, la delicadeza de su nariz y la forma en que su piel parecía brillar desde adentro. Una sonrisa franca y luminosa jugaba en sus labios, una expresión de felicidad genuina que rara vez se veía en los círculos de la corte. Estaba riendo con sus acompañantes, con la cabeza echada hacia atrás en un gesto de despreocupación que a Frederik le pareció casi revolucionario.
En un lugar donde cada gesto era calculado y cada palabra medida, ella se movía con una libertad que lo dejó sin aliento. Su risa, aunque Frederik no podía oírla claramente por encima de la música, parecía ser la melodía más pura del salón. Frederik, el Comandante de la Guardia Real, el hombre de hielo, se dio cuenta de que la estaba observando más tiempo del que la etiqueta permitía. Intentó apartar la mirada, volver a su vigilancia rutinaria, pero sus ojos se negaban a obedecerle.
Había algo en ella que lo atraía magnéticamente, una fuerza que no tenía nada que ver con la espada o la política. No era solo su apariencia física, aunque fuera extraordinaria. Era la chispa en sus ojos, una señal de una mente viva y un espíritu que aún no había sido domado por las expectativas sociales. Se movía con una gracia natural y desenfadada, lejos de la rigidez ensayada de las otras damas de honor. Cada movimiento de sus manos, cada inclinación de su cabeza, parecía contar una historia de vitalidad y esperanza.
Para Frederik, ella era como un rayo de sol que hubiera irrumpido en la penumbra de su propia existencia. Su vida había sido, durante años, una sucesión de sombras, deberes y sacrificios. Había visto la cara más fea de la humanidad en los campos de batalla y en las celdas de interrogatorio. Se había endurecido por necesidad, convirtiendo su corazón en una fortaleza tan inexpugnable como los muros de Lingert.
Pero verla a ella era como si una grieta se abriera en esa armadura, permitiendo que la luz entrara por primera vez en mucho tiempo. Una alegría genuina emanaba de la joven, una vitalidad que le recordó todo lo que él había olvidado sobre ser simplemente humano. Se preguntó quién era ella, qué pensamientos cruzaban su mente y si su mundo era tan brillante como ella lo hacía parecer.
Pronto supo, por los susurros de los cortesanos cercanos, que se trataba de la hija de los Duques de Lingert. Era la joya de la corona del sur, amada por el pueblo y respetada por la nobleza. Frederik sintió una punzada de algo que no pudo identificar: ¿era envidia por su libertad, o un deseo repentino de proteger esa luz de la oscuridad que él conocía tan bien?
El mundo a su alrededor comenzó a desdibujarse; el ruido del baile, la presencia de Jack, los posibles asesinos... todo pasó a un segundo plano. Solo existía ella, el centro de un universo que Frederik acababa de descubrir.
La joven giró la cabeza en su dirección, y por un microsegundo, Frederik temió que sus miradas se cruzaran. Su corazón, usualmente tan regular como el paso de un reloj, dio un vuelco violento contra sus costillas. Ella no lo vio, o si lo hizo, no dio muestras de ello, volviendo su atención a un joven conde que intentaba impresionarla con alguna anécdota.
Frederik apretó los puños a los costados, recuperando el control sobre sí mismo con un esfuerzo de voluntad titánico. Se obligó a recordar quién era: un soldado, un protector, un hombre que no tenía lugar en el mundo de los sueños de esmeralda.
—Concéntrate, Frederik —se dijo a sí mismo, aunque su voz interior sonaba menos convincente que de costumbre.
Volvió a escanear el salón, pero el ejercicio ahora se sentía vacío, una tarea mecánica que carecía del propósito absoluto de antes. Sus ojos, traidores a su voluntad, regresaban a ella cada pocos minutos. La vio aceptar una invitación para bailar, moviéndose hacia la pista con la ligereza de una pluma. Cuando empezó a bailar, su vestido parecía una llama verde girando en el aire, capturando los reflejos de las velas.
Frederik observó cómo sonreía a su pareja, una sonrisa que, aunque amable, no tenía la misma chispa que cuando reía con sus amigos. Eso le dio un extraño consuelo, una idea de que ella también guardaba lo mejor de sí misma para quienes realmente le importaban. El baile continuó, y con cada giro, la fascinación de Frederik crecía. Se dio cuenta de que estaba analizando su seguridad con una intensidad nueva: ¿estaban las puertas de ese lado bien vigiladas? ¿Era seguro el balcón donde ella podría ir a tomar aire?
Su deber se había mezclado con este nuevo sentimiento, creando una amalgama confusa que lo inquietaba profundamente. Jack, mientras tanto, se le acercó, sudoroso y emocionado tras varias danzas.
—¡Frederik! ¡Es increíble! ¿Has visto a la hija del Duque? Dicen que es la mujer más inteligente de Lingert —exclamó el príncipe.
Frederik asintió con rigidez.
—Es... notable, Alteza. Pero no olvide por qué estamos aquí.
Jack rodó los ojos.
—A veces eres tan aburrido. Ni siquiera tú puedes ser inmune a tanta belleza.
El príncipe se alejó de nuevo antes de que Frederik pudiera responder, perdiéndose de nuevo en la multitud. Frederik se quedó solo con sus pensamientos, sintiendo que la noche se volvía cada vez más compleja.
La música cambió a una melodía más lenta, más íntima, y las luces de las velas parecieron atenuarse a medida que se consumían. La hija de los duques se retiró de la pista de baile, buscando un momento de respiro cerca de un gran ventanal que daba a los jardines. Estaba sola por un instante, mirando hacia la oscuridad exterior, y Frederik sintió un impulso casi irresistible de acercarse.
—¿Qué le diría? ¿Cómo se presentaría un hombre marcado por la guerra a una mujer que parecía hecha de luz? —se preguntó.
Se imaginó sus manos, callosas y ásperas, tocando la seda de su vestido, y la idea le pareció una profanación. Se quedó donde estaba, anclado por su sentido de la realidad y por el miedo a romper el hechizo. Ella suspiró, un movimiento casi imperceptible de sus hombros, y por un momento pareció cansada, como si la máscara de alegría también fuera una carga para ella.
Esa vulnerabilidad repentina fue lo que terminó de capturar el corazón del Comandante. Ya no era solo una figura radiante en un salón; era una persona real, con sus propios pesos y sombras. Frederik sintió una conexión extraña y silenciosa, una comprensión que no necesitaba palabras. Ella se volvió hacia el salón, y esta vez, sus ojos sí se encontraron con los de él.
Fue solo un segundo, pero para Frederik el tiempo se detuvo por completo. Sus ojos eran más profundos de lo que había imaginado, un mar de verde y dorado en el que podría perderse fácilmente. Ella no apartó la mirada de inmediato; hubo una curiosidad en su expresión, un reconocimiento de la intensidad del hombre que la observaba. Inclinó levemente la cabeza, un gesto que podía ser un saludo o una pregunta, y luego una pequeña sonrisa, más privada esta vez, apareció en sus labios.
Frederik sintió un calor que se extendía por su pecho, una sensación que no había experimentado en años. Ella rompió el contacto visual cuando una de sus damas se acercó para hablarle, pero el impacto permaneció en Frederik como un eco. El resto de la noche pasó en un estado de semi-consciencia para él. Realizó sus funciones, se aseguró de que Jack regresara sano y salvo a sus aposentos y supervisó el relevo de la guardia. Pero su mente estaba en otra parte, reviviendo aquel segundo en que sus mundos habían chocado.
Al final de la noche, el palacio comenzó a vaciarse, y el silencio volvió a reclamar los grandes pasillos. Frederik caminó por los jardines antes de retirarse, dejando que el aire frío de la montaña despejara su cabeza. La imagen de la joven en esmeralda seguía grabada en su retina, una luz persistente contra la oscuridad. Sabía que su misión en Lingert se había vuelto mucho más peligrosa de lo que esperaba. No por los rebeldes, ni por los monstruos, sino por lo que ella había despertado en él.
Un hombre con algo que perder es un hombre vulnerable, y Frederik siempre se había jactado de no tener nada a lo que aferrarse. Ahora, la idea de que algo le sucediera a ella, o a la ciudad que ella representaba, lo llenaba de una determinación feroz. Se dio cuenta de que ya no protegía a Jack solo por deber, sino que quería proteger este reino para que ella pudiera seguir riendo.