Altos montes que se alzan como guardianes de un apacible valle perdido al sureste del continente, un lugar conocido por nunca negarle cobijo a viajeros, comerciantes y —por sobre todos los demás— a los múltiples exploradores que ahí toman descanso de las largas expediciones a lo largo de la cordillera central. Rostros endurecidos por el continuo maltrato que vivir de raciones y respirar a través de una maltrecha máscara conlleva para el cuerpo, manos hechas polvo en favor de una peligrosa escalada y corazones deseosos por escapar del eterno y blanquecino mundo que aguarda por sobre los 1500 metros, allá donde algunos afirman es la morada de los dioses.
Lo que para muchos hombres significaba el fin del mundo mortal, para otros era una parte cotidiana en su día a día; tal vez una molestia, tal vez un trámite, tal vez un recurso para explotar, la única certeza sobre la niebla es que esta siempre había estado allí. Desde antes que Natzar levantara su ciudad amurallada, antes de que los grandes puertos del Carpio recibieran a los primeros extranjeros, antes incluso de que los Pueblos del Mar cantaran adorando a su diosa en las mareas; antes de todo eso ya existía la niebla.
Densa, espesa e imperturbable, una nívea cortina que abrazaba todo lo que se atreviera a subir más allá de lo que ella misma permitía. Hombres, bestias, los tristes pajonales del páramo y hasta la roca agreste y desnuda, todo lo que osara alzarse de la tierra terminaría engullido entre su blancura infinita, una que muy rara vez devolvía algo al mundo exterior.
Aunque había crecido viéndola a diario, Miranda nunca sintió que su interés y fascinación por ella flaqueasen ni un poco. No importaba si era desde la cabaña de sus padres o entre la ropa recién tendida de doña Carmela, si estaba afanada con el lechero para dárselo al señor Facundo o cuando perseguía alguna oveja malcriada, si estaba sola o en compañía de algún otro ser humano; sea cuando, donde o como fuere, ella siempre terminaba por perderse en ese mundo distante.
—¡Pulga! ¿A dónde es que estás?
—Apenas llego al zaguán, don Marcos.
—Vení acá, vení rápido pulga.
Miranda apuró el paso escaleras arriba, a través del pasillo y directo hacia el cuarto principal donde el viejo había mudado su estudio unos días atrás; otrora esta solía ser la habitación del mayor de sus hijos, un hombre de barba tupida al que un día se le dio por hacerse a la mar junto a una morena de anchas caderas que solo dios sabe cuántas lenguas hablaba. Don Marcos había mantenido ese lugar pulcro e intacto durante casi 3 años, regularmente pedía a la niña que abriera las ventanas y pusiese flores de temporada en el jarrón que años atrás habría de regalar a su difunta esposa, tal vez esperando en que hoy fuera el día del regreso; en que su hijo cruzara el umbral acompañado de la morena para contarle de sus viajes y desventuras, para llenar ese polvoriento zaguán con frutos del mar y grandes percas, para traerle las buenas nuevas y —si era conveniente— algún nieto color canela a quien mimar.
Por casi 3 años Miranda lo vio aferrarse a ese sueño, lo vio vivir recostado en el mueble del pórtico en vigilia constante, lo vio cambiar las sábanas y mandar a encerar el piso cada que su instinto lo sobrecogía con el presagio de su vuelta, lo vio negarse a visitar a sus hijas por no dejar la casa sola, no fuera por mala suerte que el fuera a aparecer en su ausencia.
Por casi 3 años lo vio mantener viva la esperanza en sus ojos, hasta hace muy poco cuando esta pareció escapársele. Miranda no comprendía del todo bien al viejo, su sufrimiento le era evidente y hacía cuanto estaba a su alcance para hacerle compañía los días que limpiaba su casa, pero no podía comprenderle. Ante sus ojos, lo más inteligente habría sido dejar de esperarlo y seguir adelante, entender que el no volvería y que, si por casualidad no era así, podría celebrarlo adecuadamente como una sorpresa del destino; pero consumirse por una esperanza incierta, eso definitivamente no era algo que considerase correcto.
—Ya te has de ir a buscar tus cabras mas tarde. ¿No?
—Las cabras son de Mariana, mis animales son ovejas, don Marcos.
—Lo mismo es, comen arriba en el páramo y luego bajan a hacerle diabluras a uno. Ya mismo es de irte y me dejas la casa a medio barrer.
—No podría, si llega una de sus hijas y encuentra la casa así, créame, el reclamo me duraría de hoy hasta el lunes.
—¿Tanto, por qué?
—Porque detrás de mi tendría a doña Carmela, a don Facundo y claro, a la señorita Priscila recordándome que ninguno de ellos me ha criado vaga o desobligada.
—¿Criarte? —el viejo soltó una risa ahogada mientras se acomodaba en su sillón—. Pero si tu has sido de criarte sola, sola te veo en tu casa, sola te veo con tus cabras, sola cuando venís y te vas.
—Si… ¿Necesita algo don Marcos?
El viejo contemplo, con algo de culpa, el desatino en sus palabras y la forma en que las había usado con la niña. Era cierto que su actitud proyectaba una cierta indiferencia ante esos temas, como si a ella no le importara su soledad, pero él ahora comprendía —a su manera— que esa era una especie de fachada con los demás, una herramienta para hacer más llevadera esa realidad que nunca eligió y que no podía cambiar.
Miranda volvió ese día a su casa con una canasta de panes y unas cuantas monedas extra, le insistió repetidamente al viejo que no hacía falta el compensarle por su aparente falta de cortesía, que ya estaba acostumbrada a cosas así y que no le afectaban mas que un instante; a pesar de sus esfuerzos, ninguna razón pudo con la culpa y aparente necedad del hombre. Ella entendía que lo hacía para subsanar el posible daño que le hubiese causado con sus palabras, lo apreciaba por eso, pero ninguna explicación racional evitaría que un pensamiento cruzase tarde o temprano por su cabeza: ¿Y si lo hacía por lastima?
La niña aprendió —con el tiempo— a manejar los comentarios de la gente y que estos le afectasen lo mínimo posible, sea ignorándolos o dándoles un algún sentido lógico; sin embargo, no era especialmente buena cuando alguien era condescendiente. Se le hacía muy difícil imaginarse a cualquiera poniéndose en sus zapatos sin terminar sintiendo lástima, remordiéndose y desesperándose por soltarle algo de cariño como si fuera un animalito de la calle que necesita un baño y algunos mimos para morir en paz.
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Editado: 26.03.2026