Hija de la Niebla

Capítulo 2: El pan de cada día.

—¡Don Facundo! —se oyó a viva voz como si una especie de gallo de monte estuviera cruzando apuradamente entre los pajonales.

—¡Señorita! —replicó con un tono alegre—. ¿Su merced tiene problemas para soltar las sábanas? ¿O es que ya no sois capaz de escuchar el zorzal?

La imagen que presenció Facundo Aureliano fue, cuanto menos, enternecedora: una joven de melena carmesí sacando fuerzas de solo dios sabe dónde para arrastrar un viejo lechero metálico hasta su caravana, traía los mechones cobrizos totalmente alborotados, el poncho hecho girones y el rostro salpicado con restos de fango y otros tipos de mugre.

—No me confunda, la que tiene problemas para levantarse es Mariana, por eso su papá es quien ordeña a las cabras —dijo recuperando el aliento—. Esto me lo hicieron mis ovejas.

—Ya os lo he dicho, mujercita. Ovejas y mulas, dios las hizo más parecidas que a los hombres con sus semejantes; si tratáis con bestias así, vusted ha ser igual de tozuda y brava que esas fieras —Facundo se detuvo a observar de pies a cabeza a la niña; trataba de encontrar, sin suerte, algún rastro de fiereza escondido entre esos huesos y pellejo.

—Ellas terminaron peor… —balbuceó sonrojada.

—¡Hombre! Por esta vez os voy a creer, subid atrás y haced lo posible por adecentaros.

Facundo Aureliano cargó el lechero en su caravana, cuidando de no manchar de barro la camisa finamente planchada por su esposa y que era ya una tradición para la venta de sus productos en la feria; la niña, aún algo agitada por el apuro en su faena, limpió su rostro con una de las franelas que tenían hogar entre las tablas del rustico piso.

Aún con la fortuita revolcada en el fango y la torpe pelea con sus animales, este no era más que un sábado normal en la vida de Miranda, quien, acurrucada entre los quesos, dejaba volar su imaginación al ritmo con que la carreta golpeaba el empedrado. Ella llevaba poco más de dos años acompañando regularmente a Don Facundo en sus visitas a la feria de Buenaventura, una de las muchas ciudades repartidas a lo largo de la cuenca de “El Cortado”, un imponente rio que los mayores decían ser el más importante al sur del continente y una suerte de oasis que nutría la región con una fertilidad solo igualable por las tierras del reino de Natzar, aunque a Miranda esas comparaciones no le hacían nada de ilusión; ante todo, Natzar era un lugar en el que prefería nunca pensar.

Facundo, como era de costumbre, animaba el constante pasar de las horas haciendo gala de un muy buen surtido historias y anécdotas, la gran mayoría provenientes de sus años mozos en la capital de la república y, así también, la gran mayoría relataban hechos fuera de la ley.

—Tenga señorita, que aproveche —dijo ofreciéndole la mitad de su pan relleno con nata.

—Don Facundo, la señora Lucía no estaba hoy en casa, ¿verdad?

—¡Ja! ¿Lo decís por las viandas?

—Bueno… Me gusta mucho compartir el pan con usted, pero esto no es la costumbre cuando cocina su mujer.

—A decir verdad, vos no sois la única que resiente eso; mi Lucía de estar, está en la casa, pero no está bien como es la costumbre.

—¿Se ha puesto mala, eh? ¿Enfermedad de hombres o de la niebla? —Miranda notó como el rostro del hombre se coloreaba ante sus preguntas.

—¡Ea! Que me has descolocao con eso —dijo con una sonrisa burlona—. No, no es enfermedad, si entendéis por “enfermedad” a algo que se pasa con hierbajos del monte. Es más como, bueno, algo de mujeres. ¿Os hacéis una idea?

Miranda puso los ojos como platos, desvió la mirada bruscamente hacia el interior de la carreta en un burdo intento por lidiar con la vergüenza, don Facundo parecía no darle mayor importancia mientras que la niña, por su parte, luchaba con un cúmulo de emociones que le resultaban especialmente abrumadoras.

Ella trataba de mantener conversaciones tan adultas como su infante humanidad se lo permitía, resultaba fácil discutir sobre temas relacionados con su trabajo o el diario vivir de la comunidad, más si era con alguna persona con quien no mantuviera un vínculo cercano. Sin embargo, sostener con regularidad conversaciones como esas la había hecho algo torpe a la hora de compartir su tiempo junto a quienes le tenían aprecio: con don Marcos y doña Carmela podía salvar distancias ya que ambos eran felices al sentirse escuchados, a Mariana la consideraba casi tan lela como a ella misma y nunca se tomaban nada en serio; pero don Facundo y la señorita Priscila, ellos tenían un arte para ponerla contra las cuerdas de cuando en cuando, claro, les encantaba contar historias como al resto de los adultos, pero ellos no se conformaban con recibir un “Oh, que interesante” de vez en cuando, no, ellos le preguntaban sobre su opinión, le increpaban sobre las cosas que le daban curiosidad e incluso parecían preocuparse por que ella tuviera un entendimiento amplio del tema que se estuvieran tratando.

—A veces me gustaría que me traten como si fuera tonta, solo un poquito —dijo para sí misma con la boca llena de pan.

—No es la comida de mi señora, pero. ¿Ah que os está gustando?

—Está bueno, sencillo, pero llena la barriga. Parece comida que haría alguien joven como yo.

—No os equivocáis, señorita, son la clase de tentempiés con que me hacía a la niebla en mis años mozos.

—¿Cómo comerciante?

—Mas bien, como contrabandista… —Facundo lanzó su mirada tan lejos como le fue posible, tratando de alcanzar con ella los tiernos días de su juventud—. No era de muchos más inviernos que voz cuando perdisteis a tu familia, yo nunca conocí a la mía, pero al igual que su merced, yo conocía el hambre. Tiempo a que se hizo de un nombre el viejo Silvestre Zimbardo, dueño de amplias posadas y un mercadillo prospero en la capital; yo a veces robaba comida en los puestos, nunca más de un par de frutas pasadas y panes mohosos.

—Debió ser duro.

—¡Hombre! —alzó las manos en tosco ademán—. Duras eran las retas a golpes con que os reprendían si alguien daba con vuestro pellejo, pero un servidor siempre fue más rápido. Con el tiempo me volví amigo de las verduleras y vendedores marchantes, hacían me encargos de esto y aquello por doquier, gustaba también de ser mozo de carga para los hombres del sur que traían telas y pergaminos. ¿Habéis visto aquellos hombres alguna vez?




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