Hijos De La Desgracia: Preludio, Tomo I.

Capitulo 8

Año 180 desde la fundación del Bastión Verdegrana.
Año 80 desde la fundación del Reino De Khirintorin.
28vo Día De Junio. 

Más tarde, en esa misma noche, nuestro entrañable protagonista se encontró en movimiento una vez más. Descubriría algo impresionante, compartiría una historia, recibiría algo y luego, al mediodía, partiría:

A pesar de la comodidad del aposento y el lecho proporcionado por Horacio en esa velada, Celestino despertó. Uno podría imaginar que en medio de la noche, cuando la oscuridad es total, lo haría inquieto y temeroso, mas tal no fue el caso. Se despertó y se acomodó en su lecho en al menos una decena de ocasiones, pero no logró conciliar el sueño. De pronto, la curiosidad lo asaltó y recordó que aún había vastos rincones del fuerte que no había explorado. Así que posó sus pies descalzos en el suelo de roca, tomó la lámpara de aceite que iluminaba la estancia y se retiró de la misma. Vestía todavía la camisa blanca y los pantalones terrosos que Fulgencio le había conferido en su finca, y así continuaba, con sus rizos algo desordenados, su camisa ligeramente manchada y arrugada. No obstante, lo que siempre se mantenía juvenil y fresco era su bello semblante, resaltado cada vez más por las esmeraldas que servían como sus ojos.

El corredor se veía iluminado por numerosas lámparas suspendidas, su suelo estaba confeccionado con madera de abeto, y en cada rincón reposaban cofres y cajas, todos ellos acompañados por un despliegue de brillantes lámparas. A pesar de la luminosidad que proporcionaban, el sendero se extendía en una longitud considerable, y, aunque las lámparas destellaban su luz, el horizonte permanecía envuelto en una misteriosa penumbra. Sin embargo, algo en la lejanía del pasillo capturó su atención.

— ¿Qué afanes te despiertan a tales horas? —inquirió una voz aguda desde la nada, a las espaldas de Celestino, causando que su corazón diera un brinco.

Celestino llevó su mano sobrante a su pecho y, sumido en un profundo susto, lanzó un veloz puntapié hacia atrás, colisionando plenamente con una delgada tibia.

La persona en cuestión se movió de un lado a otro, sofocando los gritos de dolor, mientras murmuraba "Maldición, maldición". Celestino se volvió y, iluminando con la lámpara, descubrió que era Tom, vestido con holgadas prendas blancas, apropiadas para el reposo, su corto cabello rojo resplandecía bajo la luz amarilla de la lámpara, y su piel pálida adquiría algo de color. Estaba rodando en el suelo, sujetándose la zona golpeada, y mirando a Celestino con expresión de descontento.

—Fuiste tú —dijo el joven—me asustaste —le recriminó y luego lo ayudó a incorporarse.

—No fue mi intención —respondió Tom, poniéndose de pie, pero aún masajeando su tibia—pero no deberías estar despierto a estas horas.

—El duque Horacio dijo que era su huésped. No veo mal un paseo nocturno cuando el sueño se resiste.

—Qué más da, ¿Hacia dónde te dirigías?

—Hacia el final del pasillo, ¿Qué es eso allí colgado?

—Un cuadro —mencionó Tom—el duque Horacio le profesa gran estima.

—Iremos a verlo —dijo Celestino y se encaminó hacia él.

—Celestino... Celestino —susurró Tom, pero no le hizo caso—maldición —exclamó después y lo siguió.

Caminaron con pasos mesurados aunque resueltos, y al llegar, se encontraron con una grandiosa pintura adherida a la pared: un retrato de dos hombres estrechándose las manos con firmeza. Como telón de fondo, una hermosa localidad se desplegaba, y uno de ellos vestía una túnica carmesí adornada con detalles dorados. Su cabellera exuberante y su barba, que descendía hasta la nuez de su cuello, parecían arder como las llamas. El resplandor de su cabello iluminaba su rostro, varonil y de piel alabastrina, con cejas prominentes que conferían un aire helado, aunque en esa ocasión, se dejaba entrever una inusual cordialidad. Con una estatura imponente y una corpulencia que impresionaba, Celestino lo consideró el hombre más impresionante que había cruzado su mirada en sus breves años de existencia. En el extremo opuesto, un caballero de tez trigueña y cabello negro y lacio se presentaba. Aunque más bajo y menos corpulento que su acompañante, no carecía de imponencia. Una barba cuidadosamente peinada y densa adornaba su rostro. Sus ojos, de forma almendrada y profundo tono chocolate, destilaban un misterio palpable. Vestido con una camisa de seda blanca, sobre la cual llevaba un chaleco de tono pardo, irradiaba una cálida benevolencia que contrarrestaba la apariencia temible que compartía con su compañero.

Celestino contempló al segundo varón, al trigueño, con profunda curiosidad. La prominente nariz, la mandíbula aguda y la barba que le resultaba familiar. Percibía en él una gran bondad, una sensación de completa seguridad lo invadía, como si pudiera confiarle su propia vida. No obstante, algo le inquietaba, ¿Por qué le resultaba tan conocido? ¿Por qué le infundía tal confianza?

—Es tu padre—mencionó una voz que surgió del corredor derecho.

La figura avanzó hasta quedar a la vista, iluminada por las tenues lámparas. Era el duque Horacio, quien lucía una túnica de negro liso y sencilla, la cual solía utilizar para el descanso.

—He hecho lo que me ordenó mi señor —expresó Tom, quien se encontraba a la izquierda de Celestino.

—Gracias por velar por él, mi buen amigo —respondió Horacio—. Sabía que despertaría; no todos los jóvenes se quedan encerrados en sus habitaciones en una noche en un castillo tan majestuoso. Ahora puedes descansar, querido Tom. Yo me encargaré de él.

Sin necesidad de emitir más palabras, Tom, el enanillo, inclinó ligeramente su figura y se retiró por el pasillo. Descendió por las escaleras que conducían al primer nivel y se encaminó hacia la sala de estar, donde tenía la costumbre de descansar en el diván.



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En el texto hay: fantasia, aventura, fantasia épica

Editado: 18.01.2024

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